Notas sobre Magnifica humanitas
Que la humanidad de hoy sea magnífica, y quizá también la de ayer, no parece algo fácil de sostener a simple vista. Y, sin embargo, para el Papa León, desde la lógica de la fe, de la esperanza y de la caridad cristianas, esta humanidad sigue siendo magnífica porque sigue siendo amada. Amada por un Dios que no se arrepiente de haberla creado, ni siquiera con toda su fragilidad; también con esa fragilidad que la desorienta, que la hace perder el rumbo y confundirse consigo misma. Precisamente por eso, para reencontrar la dirección del Evangelio y esa fuerza originaria que nunca termina de agotarse, la primera encíclica del pontificado aparece como el plano de una obra en construcción, una cartografía moral desde la que decidir si queremos levantar la ciudad de Dios o resignarnos a habitar la confusión de Babel.
Pero Babel no fue únicamente el fracaso de una ambición desmedida. La pluralidad de las lenguas terminó convirtiéndose también en una posibilidad, la de descubrir la belleza de las diferencias y el esfuerzo - siempre imperfecto - de comprender al otro aprendiendo su lengua. Sin embargo, para entenderse verdaderamente hace falta el Espíritu de Pentecostés; de lo contrario, la multiplicidad degenera en ruido, en distancia, en incomunicación. La pregunta, entonces, permanece abierta: «Estamos llamados a interrogarnos sobre el gran taller de nuestra época: ¿qué estamos construyendo?» (n. 90).
La referencia a la Rerum novarum de León XIII (1891) no es casual. Tiene el peso simbólico de aquello que la tradición cristiana llamó “los signos de los tiempos”, las novedades históricas obligan a la Iglesia a pensar de nuevo su presencia en el mundo. El Concilio Vaticano II ya lo había comprendido con valentía en la Gaudium et spes. Y también ahora, como ocurrió con la Laudato si’ de Francisco (2015), la Iglesia intenta mirar hacia adelante. No es un movimiento obvio. Con frecuencia, el magisterio vuelve hacia la tradición y hacia el Evangelio para hablar al hombre contemporáneo desde las fuentes de la fe. Pero aquí sucede algo más, la Iglesia acepta entrar en territorios todavía inestables, en escenarios que aún no tienen forma definitiva.
Con Laudato si’ ocurrió algo parecido. Muchos la leyeron como una encíclica “ecologista”, cuando en realidad era un gran documento social, plenamente inscrito en la Doctrina social de la Iglesia. Ahí residía precisamente el núcleo de la ecología integral. También Magnifica humanitas corre el riesgo de ser reducida a un texto sobre inteligencia artificial, cuando en realidad es, sobre todo, una reflexión antropológica, una mirada cristiana sobre el ser humano, sobre la dignidad de la persona y sobre el futuro que estamos construyendo. Lo que une ambas encíclicas es la preocupación por «la creciente afirmación de un paradigma tecnocrático en el mundo globalizado: la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del beneficio gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas» (n. 92).
La urgencia del tema - «la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», como señala el subtítulo - ya había aparecido en recientes documentos eclesiales. Primero en Antiqua et nova, elaborado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación (14 de enero de 2025); después en Quo vadis humanitas?, de la Comisión Teológica Internacional (4 de marzo de 2026). Ahora el Papa vuelve sobre las cuestiones del posthumanismo y del transhumanismo, entendidos no como hipótesis remotas, sino como imaginarios culturales que ya están modelando el presente.
Y lo hace recurriendo a los principios clásicos de la Doctrina social de la Iglesia - bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia social - para recordar algo esencial, que la encarnación del Hijo de Dios revela al hombre el sentido pleno de su dignidad y de su vocación.
Muchos se han detenido en el verbo “desarmar”, tan presente en el pontificado de León XIV desde sus primeras intervenciones sobre las guerras contemporáneas. Pero aquí el Papa habla de «desarmar la inteligencia artificial». La expresión no es retórica. También la inteligencia artificial, como toda creación humana, posee una ambivalencia constitutiva, puede ponerse al servicio del bien común o convertirse en instrumento de dominio de unos pocos sobre muchos. Ahí se encuentra el verdadero problema.
No se trata simplemente de una reflexión sobre armas tecnológicas. Las armas, en realidad, no deberían existir jamás; del mismo modo que ninguna guerra termina siendo verdaderamente justa. La inteligencia artificial se convierte en arma cuando concentra poder, dependencia y control en pocas manos. Y en este punto la encíclica contiene una advertencia política muy severa dirigida a quienes gobiernan los Estados.
«En muchos casos, dentro del contexto digital, el control de las plataformas, de las infraestructuras, de los datos y de la capacidad de cálculo no pertenece a los Estados, sino a grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, fijan las condiciones de acceso, las reglas de la visibilidad y las propias posibilidades de participación. Cuando un poder de semejante alcance se concentra en pocas manos, tiende a volverse opaco y a escapar al control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que genera nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades» (n. 95).
Detrás de esta deriva aparece una vieja tentación, la ilusión de fabricar una humanidad nueva. Pero difícilmente puede surgir una humanidad mejor cuando el único criterio termina siendo la potencia. Porque la lógica de la potencia siempre selecciona, descarta y abandona a los más débiles. Por eso el Papa escribe: «edificar en el bien significa aceptar el límite y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que deba corregirse» (n. 12).
A propósito del transhumanismo y del posthumanismo, León XIV insiste en una distinción decisiva: «El punto crítico, a la luz de la Doctrina social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que la sustenta: si el ser humano es tratado como un material que debe perfeccionarse o superarse, entonces resulta más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. […] Por ello es necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra muy distinta es dejarse guiar por un imaginario que devalúa el límite y promete una “salvación” puramente técnica» (n. 117).
Hay una idea especialmente poderosa en el texto, la humanidad no resplandece a pesar de sus heridas, sino también a través de ellas. Las heridas no son algo que deba ocultarse o eliminarse, sino algo que exige cuidado. Son las mismas heridas que Cristo resucitado conserva ante sus discípulos. Y siguen presentes hoy en tantos hombres y mujeres reducidos a funciones, datos o descartes.
Por eso la encíclica concluye con una afirmación que quizá sea su núcleo más profundo: «En el tiempo de la inteligencia artificial, en el que la dignidad humana corre el riesgo de quedar oscurecida por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que nos ha sido dada y mostrada en su plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor» (n. 15).
*Maurizio Gronchi es teólogo italiano, catedrático de la Pontificia Universidad Urbaniana