Cambiar el pasado en un cuento de Borges
El narrador recibe la visita de Dionisio Tabares, un veterano de la batalla de Masoller de 1904, última guerra civil uruguaya, quien le habla de un soldado llamado Pedro Damián, un gaucho que en esa contienda se comportó cobardemente bajo el fuego y huyó. Años después, Damián murió tranquilamente en su casa, de vejez o enfermedad. Hasta aquí, nada extraordinario. Pero el narrador, curioso por aquella historia y aquel personaje, empieza a investigar y encuentra contradicciones inexplicables. Otras personas que conocieron a Damián recuerdan que murió heroicamente en batalla, en la carga. Las memorias no coinciden. Y lo más perturbador, que las contradicciones no son discrepancias de memoria, sino que parecen estar en la realidad misma, como si el pasado hubiera cambiado.
Un pasado nuevo
El narrador concluye que Pedro Damián pasó los años siguientes a su cobardía consumido por la vergüenza y el bochorno. En el momento de su muerte, su deseo de haber muerto valerosamente, de modo épico, fue tan intenso que Dios le concedió esa otra muerte: la muerte heroica en Masoller que tanto habría deseado. El presente se reordenó entonces para acomodar ese pasado nuevo. Por eso las memorias discrepan. En efecto, algunas personas recuerdan el pasado real, otras el pasado corregido.
Pero claro, ¿puede Dios realmente modificar el pasado? La ortodoxia dice que no, porque el pasado ya ocurrió y cambiarlo sería contradictorio. Pero resulta que un teólogo italiano del siglo XI, Pier Damiani, sostuvo que la omnipotencia divina no puede estar limitada ni por el principio de no contradicción: Dios entonces podría hacer que lo que ocurrió no hubiera ocurrido. Tolstoi, en cambio, en su obra Guerra y Paz, recordó el propio Borges en alguna entrevista, sostiene lo contrario. Nuestro escritor toma esta disputa y la convierte en argumento narrativo. Renombra a Per Damiani como Pedro Damián y lo hace protagonista en primera persona.
Lo fantástico no irrumpe como ruptura, sino como consecuencia lógica de una premisa teológica llevada hasta el final. Encontramos aquí, por un lado, una meditación sobre la culpa y la redención. Damián no puede vivir con lo que hizo. Su deseo de corrección es tan poderoso, tan absoluto, que altera la estructura del tiempo. La cobardía es el pecado y «la otra muerte» es por tanto una absolución retroactiva. Borges teoriza también sobre el pasado, que no es más sólido que el futuro. Ambos son construcciones, y ambos son vulnerables. En ocasiones, el futuro se ramifica, pero aquí y ahora, el pasado se reescribe. Y luego, por último, hay una dimensión muy borgiana sobre la memoria como realidad. Que es un argumento, todo sea dicho, muy actual. Es decir, si todos recuerdan que Damián murió heroicamente, ¿en qué sentido murió cobardemente? ¿Qué es el pasado sino lo que se recuerda?
En «El Sur», en «Guayaquil» y también en «La otra muerte», Borges nos presenta una estructura profunda sobre un hombre que no es lo que quería ser, o que no hizo lo que debería haber hecho, y una resolución que le devuelve o le niega esa identidad. Dahlmann muere la muerte que merecía su linaje. El narrador de «Guayaquil» cede como San Martín también cedió. En La otra muerte, Damián recibe póstumamente la muerte que no supo tener. En los tres casos, la identidad verdadera llega tarde, o en sueño, o por gracia divina.