Jonathan Maicelopeleadoral rescate
<p>–Vamo' a cazar pokemones.</p><p>Dice Jonathan Maicelo (33) sacando su celular del bolsillo y matándose de risa. No parece una buena idea andar buscando pokemones en los Barracones del Callao, por más que te llames Jonathan Maicelo y seas boxeador de profesión, pero estamos en San Judas Tadeo y este es su barrio.</p><p>—Allá hay unos, mira, nos dice sonriendo con malicia.</p><p>Sentados al pie de los cerros de desmonte que separan la Costanera del mar –la Mar Brava–, un grupo de fumones nos mira pasar. Cualquier amenaza de peligro para estos periodistas desaparece cuando reconocen a Maicelo y lo saludan.</p><p>–¡Maicelo!</p><p>El boxeador les responde moviendo la cabeza.</p><p>–Habla, causa.</p><p>Una mujer sale del grupo y se le acerca. Está sucia y despeinada y sonríe con coquetería. Le dice unas palabras y después le pide un sencillo.</p><p>—¿Pa' qué quieres?, le pregunta él. —¿Pa'l humo?</p><p>—Pa'l humo, pa' un traguito, pue', responde ella sin dejar de sonreír. Maicelo no le da nada y se va. Nos vamos.</p><p>'La Cobra' vivió en San Judas desde que nació. Varios de sus amigos del barrio y del colegio son drogadictos, están presos o están muertos. Él pudo terminar como cualquiera de ellos. Él pudo ser uno de los espectros que están allí, fumando 'pastel', junto al desmonte y la basura.</p><p>Pero el deporte lo salvó.</p><p>El boxeo lo salvó.</p><p>Y ahora quiere que el boxeo salve a otros como él.</p><p><h3>Las dietas y el "aguayu"</h3></p><p>Maicelo está de visita en Lima. Hace seis años que vive en Nueva Jersey, peleando –literalmente, peleando– por ser campeón mundial ligero. Tuvo la oportunidad en enero del año pasado, cuando enfrentó al colombiano Darleys Pérez por el título interino de la AMB. Pero perdió. Desde esa noche nefasta ha encadenado tres victorias seguidas, la última sobre el puertorriqueño Ramesis Gil. Pero no es suficiente. Si quiere volver a pelear por el título necesita ganarle a alguien del <span style="font-style: italic; ">top ten</span>. En esas está.</p><p>Vive con su mujer y su hijo en un minidepartamento en Jersey City. Su vida es simple: corre todos los días a las 6 de la mañana, por hora y media, y entrena boxeo a partir de las 4 de la tarde, en un gimnasio de la ciudad de Hackensack, con sus entrenadores, los boricuas 'Butch' Sánchez y Ángel 'Pin' de Jesús. No bebe ni fuma. Come sano y descansa mucho.</p><p>En el último año, sin proponérselo, se ha convertido en un referente de la alimentación saludable. Todo comenzó en setiembre pasado, cuando llegó de visita a la casa de su madre y la encontró con el colesterol alto. Maicelo le dijo que ese día cocinarían a su estilo: carne a la plancha sin aceite ni sal, camotes sancochados y ensalada de tomate y cebolla. Y su botellón de "aguayu". Más nada. Le tomó una foto a los platos y la subió a su Facebook. Y tuvo tantos likes y comentarios positivos que desde ese día empezó a subir más fotos de sus recetas, acompañándolos de consejos y tips en ese lenguaje achorado que es parte inseparable de su personaje. Se volvió un fenómeno y hasta le hicieron reportajes en la tele. Se convirtió en "Maicelo, el nutricionista del pueblo".</p><p>Y fue en esos días, cuando todo el mundo hablaba del "aguayu", del "chacalato" y del "cague de risa", que conoció a Fernando Tamayo (27). El hombre que lo ayudará a alcanzar un viejo sueño. El sueño del gimnasio propio.</p><p><h3>Un socio solidario</h3></p><p>Fernando Tamayo es el dueño de Yaqua. Una marca de agua embotellada sin fines de lucro: invierte todas sus ganancias en proyectos para llevar agua y saneamiento a los pueblos más pobres del país. El año pasado destinó 100 mil soles en la instalación de conexiones en La Libertad, una pobrísima localidad de Huancavelica. Lo que hace en verdad es excepcional y por eso necesitaba un aliado excepcional.</p><p>Tamayo buscó a Maicelo y le contó su historia de vida y la misión de su empresa. Pronto, 'La Cobra' ya estaba recomendando en Facebook que había que tomar el "aguayu" de la marca Yaqua. Pero hasta ese momento, Tamayo era un auspiciador más.</p><p>En marzo de este año, Maicelo contó en una entrevista que su máximo sueño es tener un gimnasio propio. Enseñar boxeo a chicos como los de su barrio. Salvarlos de la calle como sus entrenadores lo salvaron cuando él tenía 13 años. </p><p>Días después, Tamayo le contó que su familia tenía una propiedad en Los Olivos y que no sabía qué hacer con ella.</p><p>—¿Por qué no somos socios?, le propuso el boxeador.</p><p>Fue así que nació Fighter Club. Un centro de entrenamiento. Una escuela de artes marciales. Un proyecto social.</p><p><h3>Cambiar el chip</h3></p><p>Fighter Club es, por ahora, un espacio de 260 metros cuadrados en plena implementación. Esta mañana, mientras un grupo de obreros cambiaba el piso de la entrada, Maicelo y Tamayo nos enseñaron dónde estará el área de entrenamienyo funcional, el ring de boxeo y muay thai y la jaula de artes marciales mixtas. A un costado, la sala de yoga, los baños, las oficinas y la cafetería, donde el boxeador aplicará sus conocimientos de nutrición.</p><p>El centro de entrenamiento tendrá dos tipos de público. Por un lado, gente que quiere ejercitarse (fortalecer los músculos, bajar de peso, aprender artes marciales, etc.). Ellos pagarán una membresía, que será mensual o trimestral.</p><p>Por el otro, los niños y jóvenes que serán becados. Se trata de chicos de las zonas más pobres y peligrosas de Lima Norte y el Callao. El propio Maicelo irá a buscarlos a sus barrios y a sus colegios. Y él mismo, ya instalado de regreso en Lima, los entrenará hasta convertirlos en atletas de primer nivel. O, por lo menos, en ciudadanos de bien.</p><p>—Los colegios son importantes porque estar en un colegio no quiere decir que vayas a salir con una mentalidad diferente, dice Maicelo. </p><p>—Amigos que han estado conmigo en el colegio terminaron presos o están en drogas. Sabemos que allí vamos a encontrar chicos con condiciones para entrenar y con ese chip negativo que vamos a cambiar.</p><p>Tamayo está de acuerdo. Busca en su tablet y me cita algunas estadísticas.</p><p>–Dos de cada tres adolescentes que cometieron delitos son privados de su libertad. ¿Cuál es el problema con eso? Que el castigo no cambia la conducta. De hecho, incrementa la trayectoria delictiva. Nosotros, como sociedad, tenemos que darles herramientas sociales para que ellos cambien.</p><p>—La única condición que les pondremos es que tengan la predisposición a venir a entrenar día por día, complementa su socio. —Si no, pa' la calle.</p><p><h3>Buscando aliados</h3></p><p>Terminando el paseo en San Judas Tadeo, Maicelo se encuentra con un amigo al que no ha visto en años. Le contamos que andamos buscando niños para retratarlos junto al boxeador y nos lleva donde sus sobrinos. De un pasaje que de noche ha de ser intransitable sale media docena de familias con chicos de todas las edades. </p><p>–¡Maicelo! ¡Maicelo!– saludan al ex vecino, al hijo de San Judas que sale en la tele, es amigo de Beto Ortiz y pelea en el extranjero llevando la bandera del Perú en la espalda.</p><p>Maicelo me contará después que el amigo que nos presentó a sus sobrinos era un muchacho al que él llevó a entrenar al estadio Telmo Carbajo. Ahora, aunque no boxea más, trabaja honestamente y no le hace daño a nadie.</p><p>—Él vive ahí, frente al mar, donde fuman todos los días. Pero es sano, ¿ves? Por eso necesitamos hacer este proyecto.</p><p>Por ahora, Maicelo y Tamayo tienen un par de auspiciadores, la Universidad César Vallejo y la tienda El Gallo Más Gallo. Les faltan dos más para que Fighter Club sea una realidad. El proyecto lo vale.</p>
<p><span style="font-size: 20pt; ">El boxeador más achorado y carismático del país está armando un centro de entrenamiento que becará a chicos de zonas pobres y peligrosas de Lima Norte y Callao. El boxeo los rescatará de las calles, como hace 20 años lo rescató a él.</span></p>