71 años en la misma casa y un cruel desalojo a los 87
Maricarmen Abascal tenía 87 años. Desde 1956 vivía en el mismo apartamento de Madrid. Con una pensión de 1.400 euros, pagaba unos 500 de alquiler y facturas. Después de años de disputa judicial, fue desalojada el 23 de setiembre. Murió el 7 de octubre, tras permanecer hospitalizada. No sabemos si el desalojo tuvo relación con su muerte, y no voy a afirmarlo. Me quedé pensando en todo lo que cabe dentro de una casa después de 71 años: una vida entera de recuerdos.
Cuando una persona pierde su hogar, no pierde solo una dirección. Puede perder sus rutinas, los objetos que la acompañaron durante décadas y la familiaridad de su barrio. Irene Vallejo lo dijo en Costa Rica: “Cuidar a los más frágiles nos hace más fuertes”.
Creo que la mayoría de las personas no quiere depender de ayudas regaladas. Quiere oportunidades para salir adelante. Un Estado solidario debe estar cuando alguien necesita apoyo y también asegurar las condiciones para que cada persona pueda construir su camino. Ese camino empieza con acceso a la salud y una educación de calidad; después, debe abrir la posibilidad de conseguir un trabajo digno.
Por eso los recortes importan. Recortar en salud debilita la prevención y la atención; recortar en educación estrecha el futuro de niñas, niños y jóvenes. La exclusión escolar, la falta de opciones laborales y el consumo de drogas pueden coincidir en entornos vulnerables, como ha advertido Unicef para nuestro país. Cuando se debilitan los apoyos y las oportunidades, se deja más espacio a la violencia, al reclutamiento criminal y a las adicciones.
Costa Rica no es España, pero la problemática por la vivienda también es nuestra. Un informe reciente calcula que, al incluir las casas en condición regular, las necesidades habitacionales alcanzan a cerca del 40% de los hogares. No es una cifra de desahucios: muestra cuántas familias enfrentan dificultades para tener una vivienda adecuada. Vivir bien también depende del entorno: de barrios seguros, saludables, con espacio para la vida, no solo de más concreto.
Charly García cantó: “Una vejez sin temores, una vida reposada”. Así murió mi papá, rodeado de sus recuerdos. Así espero que muera mi mamá. Y así espero morir yo.
Quiero que envejecer así no dependa de la suerte ni del bolsillo. Para mí, una sociedad más justa prefiere la solidaridad sobre el capital, la protección sobre la fortuna y el entorno saludable sobre la selva de concreto.
Eso, a algunos les suena a muy de zurdos; entonces, sí: deberíamos ser más zurdos, pero no de discurso, sino de corazón.
avilaaguero@gmail.com
María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.