Detrás de las cifras: tres años después del 7 de octubre
Viví el 7 de octubre a través de llamadas llenas de terror con mi cuñada, que creció en el kibutz Be’eri. Horas después del ataque, aún no sabía qué había sido de su familia. Su madre permanecía encerrada en su casa, esperando ser rescatada. Mientras aguardábamos una señal de vida, un día de celebración se convirtió en una pesadilla. Terroristas de Hamás irrumpieron en Israel desde Gaza, asesinaron a más de 1.200 personas y secuestraron a 251.
Meses después, caminé con mi cuñada frente a un muro cubierto con las fotografías de los secuestrados. Ella iba de rostro en rostro: “A él lo conozco. Ella es de Be’eri. Esta es su familia”. Aquel momento me recordó algo que los números nunca pueden transmitir: detrás de cada cifra, hay un nombre, una familia y una vida entera. Entre las comunidades más golpeadas, había personas que durante años habían creído en la convivencia y en la posibilidad de vivir en paz con sus vecinos.
En ese entonces, me desempeñaba como diplomática en Viena y nuestra comunidad adoptó el kibutz Nahal Oz. Recuerdo especialmente a una niña pequeña que me contó cuánto extrañaba a su niñera, una adolescente de 15 años que había sido secuestrada en Gaza.
También acompañé a la familia de Tal Shoham, ciudadano austríaco; secuestrado en Be’eri, Tal permaneció secuestrado durante 505 días. Miré a sus pequeños hijos, quienes también estuvieron cautivos durante 50 días; sentados frente a las cámaras, pidiéndole al mundo que ayudara a traer a su papá de vuelta a casa. En medio de la magnitud de aquella tragedia, fueron precisamente estos anhelos tan sencillos los que me hicieron comprender hasta qué punto el 7 de octubre había cambiado de golpe el mundo de esos niños.
Y, sin embargo, mientras intentábamos comprender la magnitud de la tragedia, la claridad moral de una buena parte del mundo comenzó a desvanecerse. Hubo quienes celebraron la masacre; la violencia sexual fue negada o minimizada, y los secuestrados fueron desapareciendo poco a poco de la conversación pública.
Si bien es legítimo debatir el contexto de cualquier conflicto geopolítico, nunca es legítimo justificar el asesinato, la tortura o el secuestro deliberado de civiles.
Estos tres años también demostraron que el 7 de octubre no fue un hecho aislado. Fue el comienzo de una confrontación regional mucho más amplia, impulsada por Irán y su eje del mal, a través de organizaciones terroristas que operan en distintos frentes. Desde Gaza, el Líbano y hasta Yemen, Israel se vio obligada a defender a sus ciudadanos simultáneamente en varios frentes.
En este tiempo, Israel ha golpeado duramente a Hamás y a otras organizaciones terroristas, debilitando de manera significativa sus capacidades militares y alterando el equilibrio de poder regional.
Sin embargo, persiste una amenaza más profunda: la ideología extremista que niega el derecho mismo de Israel a existir y que continúa alimentándose del eje terrorista liderado por Irán.
Mientras esa ideología persista, esta lucha no le concierne únicamente a Israel; es también una prueba para las sociedades libres, llamadas a trazar una línea clara frente al terrorismo y el extremismo, y también para los propios palestinos, que continúan siendo víctimas de la radicalización, la violencia y el dominio de Hamás.
La guerra dejó, además, otra herida: la normalización del odio. Según el J7, los incidentes antisemitas en las siete mayores comunidades judías de la diáspora aumentaron un 136% en 2025 respecto de 2022. Demasiados judíos e israelíes vuelven a preguntarse si es seguro mostrar públicamente quiénes son.
Tres años después de aquella oscura mañana, todos los secuestrados, vivos y fallecidos, han regresado a Israel. Pero el 7 de octubre no puede convertirse simplemente en otra fecha del calendario. Recordarlo significa recordar a las personas: a las familias de Be’eri, a los niños de Nahal Oz y a quienes fueron asesinados, secuestrados y arrancados de sus hogares.
Y significa también defender una verdad sencilla: ninguna causa convierte en aceptable la masacre deliberada de civiles. La memoria exige reconocer el mal por lo que es, combatir el antisemitismo y rechazar la deshumanización. Porque cuando dejamos de ver seres humanos y empezamos a ver solo cifras, consignas o bandos, permitimos que avance un odio que, tarde o temprano, nos alcanzará a todos.
eltenor@gmail.com
Maya Karmely Sommer es la embajadora de Israel en Costa Rica.