La Vuelta a España ha vivido hoy una de sus jornadas más memorables en la penúltima etapa, un día de gloria compartida que consagra a un valiente y corona a un nuevo rey. Mikel Landa ha firmado una exhibición de época para llevarse la victoria parcial, mientras que Enric Mas ha resistido con casta, mostrándosde más fuerte que Primoz Roglic, para convertirse en el virtual campeón de la ronda española. El gran protagonista del día en lo que a la lucha por la etapa se refiere ha sido Mikel Landa. El ciclista alavés, puro instinto y pundonor, ha desatado la locura entre los aficionados con un demarraje espectacular en las rampas más duras del temible Collado del Alguacil. A falta de siete kilómetros para la línea de meta, Landa ha lanzado un ataque demoledor que nadie ha sido capaz de responder. Su cabalgada en solitario hasta la cima ha sido un recital de fuerza y fe. Hacía siete años que no ganaba una etapa. Por detrás, la batalla por el maillot rojo echaba chispas, pero Enric Mas ha sabido templar los nervios con una madurez impecable. El balear no se ha separado ni un solo centímetro de la rueda de su gran rival, Primoz Roglic. Mas ha sabido sufrir junto al esloveno para cruzar la meta aumentando incluso su ventaja en la clasificación general en 38 segundos. El ciclista del Movistar lidera con 2:15 sobre el del Red Bull-Bora. A falta de la intrascendente etapa del domingo en Granada, un mero trámite de homenaje y champán, Enric Mas se proclama virtual campeón de la Vuelta. La historia no solo se escribe en los libros; a veces se esculpe a golpe de pedal sobre el asfalto ardiente y las pendientes imposibles. La etapa 20, con un trazado descomunal de 186,8 kilómetros, estaba marcada en rojo como el juicio final de la ronda española. No era para menos. Con más de 5.120 metros de desnivel positivo acumulado, el pelotón se enfrentaba a una auténtica jornada de supervivencia y sorpresas. Sobre la mesa, un duelo entre el balear Enric Mas, portador del maillot rojo con una renta de un minuto y 37 segundos, frente a la mirada desafiante de Primoz Roglic. Para el esloveno, era la última oportunidad de desbancar al líder; para Mas, el día más largo de su vida. El escenario para el inicio de esta epopeya no podía ser más majestuoso. La Calahorra, antigua capital del señorío del marqués del Zenete, despidió a los ciclistas bajo la atenta mirada de su imponente castillo-palacio renacentista. Esta fortaleza, erigida en el siglo XVI por Rodrigo de Mendoza para dominar el territorio y vigilar el paso estratégico hacia la Alpujarra, parecía recordar a los corredores que solo los más fuertes conquistan los imperios. La calma de este enclave serrano se rompió bien temprano con el estallido de una batalla que no daría tregua. Desde los primeros kilómetros, el ritmo fue salvaje (la primera hora se rodó a 49,2 kilómetros por hora). Wout van Aert (Visma) atacó desde el primer metro, con Ivo Oliveira (UAE) soldado a su rueda. La fuga se amplió a 14 ciclistas. El encadenado montañoso diseñado para este penúltimo día era un monstruo de varias cabezas. Tras superar el Puerto de Los Blancares (lo corona el catalán Pau Miquel -Bahrain Victorious-), la carrera se adentró en un terreno de desgaste puro con la doble ascensión al temible Puerto de El Purche y el paso por el exigente Puerto de El Duque, introducido a última hora debido a los desprendimientos invernales. Los 14 escapados afrontaban las primeras rampas del Puerto de El Purche (una ascensión de 8,2 kilómetros a un desnivel medio del 8,2%) con el pelotón a más de diez minutos. Van Aert era el primero en coronar. El líder del Visma también era el primero en el segundo paso y se aseguraba matemáticamente el maillot verde poco antes de iniciar el ascenso al Puerto de El Duque. La cabeza impuso un ritmo asfixiante mientras la estrecha carretera se retorcía hacia el cielo. Roglic pergeñaba cómo poner a prueba a Enric Mas. El español transmitía tranquilidad con sus pedaladas cadenciosas. Daba la sensación de ir silbando mientras el resto agonizaba. Pero el verdadero juez de la Vuelta aguardaba al final. La última gran etapa de montaña de la ronda española tenía como colofón una subida inédita: el Collado del Alguacil. Un coloso catalogado de categoría especial cuyas credenciales provocaban escalofríos: 8,3 kilómetros de ascensión a una media demoledora del 9,8% de inclinación. Un muro indomable, estrecho y sin un solo respiro, ideal para las gestas heroicas o las crisis más dramáticas. Al llegar a las primeras rampas del Alguacil, la ventaja de Mas se mantenía controlada. La sorpresa la daba Mikel Landa, que lideraba la carrera y se marchaba hacia meta a siete kilómetros del final, dejando atrás a Johannessen (Uno-X Mobility) y a Debruyne (Alpecin-Premier Tech). La subida se convirtió en un calvario agónico rodeado por una marea humana que empujaba con sus gritos a los corredores. Fue a falta de tres kilómetros para la cima cuando Felix Gall lanzó su órdago definitivo. Un cambio de ritmo brutal que rompió al grupo de favoritos. Mas no cedió; reguló su esfuerzo, clavando la mirada en la rueda trasera del austriaco del Decathlon, consciente de que cada metro era un paso hacia la gloria. Roglic y Carapaz se quedaban atrás. Roglic parecía conformarse con el subcampeonato. El fantasma de las remontadas moría en las cumbres granadinas. Finalmente, la línea de meta del Collado del Alguacil dictó sentencia. Mikel Landa, ganador de la etapa, cruzaba la meta exhausto y emocionado. «Puede que sea el mejor día de mi carrera deportiva», reconoció. 6 minutos y 54 segundos después entró Enric Mas, 38 segundos por delante de Roglic, sabiéndose virtual ganador de la Vuelta a España. «Son emociones nuevas para mí. Me veía campeón desde principio de etapa. Cada vez me lo creía más e iba descontando kilómetros», explicaba un emocionado Enric Mas.