Un chozo de pastor recibe al recién llegado a Prioro, en León. Esta construcción de piedras y ramas es el vestigio de una tradición vinculada a la zona durante siglos. Situado a unos 30 kilómetros de la vertiente meridional de los Picos de Europa, Prioro ha sido lugar de paso habitual de las rutas de trashumancia y, aún hoy, quienes practican esta modalidad de pastoreo atraviesan sus calles y caminos, persiguiendo con sus rebaños el frescor de la primavera. Hasta allí está a punto de llegar Paco Morgado, pastor de 65 años, para quien estos senderos son, tras décadas de vivencias, su casa. Intentamos contactar con él pero la cobertura es escasa. Probamos suerte en el bar El Pando, centro neurálgico de la villa. En Prioro le siguen la pista y la expectación por su llegada es alta. Los parroquianos nos cuentan que ya está cerca. Saben que parará un par de kilómetros al sur, en una explanada junto al río Cea. Acudimos a su encuentro y, en el lugar indicado, nos topamos con unas 1.500 ovejas que confirman el éxito de nuestra búsqueda. Paco nos recibe afectuosamente, aunque con un asunto más urgente en la cabeza: se aproxima la lluvia y debe decidir dónde desplegar su campamento. Paco no viaja solo, le acompañan varias personas. Algunos son ovejeros experimentados, como su hermano Pedro Morgado y el sevillano Juan Daniel Díaz; otros, apasionados de los animales y la naturaleza dispuestos a ayudar en lo necesario. Entre todos montan el redil para guardar las ovejas y una carpa donde resguardarse del agua y preparar la cena. Durante la siguiente jornada, ABC acompañará a Paco para conocer los detalles del oficio de pastor y cómo afronta este viaje, que para él no es uno más. Esta es su última trashumancia, la última vez que se desplaza con su rebaño desde Extremadura hasta las montañas del norte. En otoño desandará el camino y después se retirará. Abordar con Paco su carrera profesional es echar la vista atrás más de medio siglo. «La primera vez no se olvida nunca, ni la segunda... No se olvida ninguna», rememora cuando se le pregunta por su primera experiencia al frente de un rebaño, junto a un mayoral, su tío materno Cristóbal, en 1975. «Yo nací con ellos y tuve muy claro lo que iba a ser. Hay gente que con 40 años no tiene las cosas claras. Pues yo siempre las he tenido claras. A mi me gustaba esto». «Las primeras trashumancias fueron to' diferentes a ahora. Antes no teníamos los vehículos que hay ahora». Era habitual que cada rebaño llevara tres o cuatro pastores y junto a ellos tres o cuatro caballos, burros o mulos para las labores de porteo, detalla. «Llevábamos mu' poca cosa. Algo de ropa, poca comida, mantas y poco más. Todo era a base de burro, ida y vuelta». «Fuimos con carros, luego con coches y ahora ya, mira», comenta en referencia a la camioneta de tipo ranchera que utilizan en estos momentos. Además, en el transporte siempre hay hueco para sus animales cuando caen enfermos o sufren algún percance, «sea perro o sea oveja, para curarlo y que vaya ahí descansao, un día, dos... hasta que se ponga bueno. El animal va bien cuidadito, eso siempre». El camino de ida y vuelta desde su Torremocha natal, en la provincia de Cáceres, hasta los Picos de Europa leoneses supera los 1.200 kilómetros recorridos por temporada, una travesía que puede hacer mella tanto en las personas como en el ganado. A lo largo de sus cinco décadas como pastor trashumante, Paco se ha desenvuelto por cañadas, cordeles y veredas que en su mayoría discurren a lo largo de la Cañada Real Leonesa Occidental, un conjunto de vías pecuarias que en su totalidad supera el millar de kilómetros de longitud. Buena parte de las cañadas ya existían, pero se enorgullece al contar que alguna de ellas la abrió él: «Yo fui el primero que las anduve. Después han venido más rebaños», un legado que le «gustaría que no se perdiera». «Mientras haya un rebaño por aquí ya puedo decir que hemos hecho algo por la trashumancia». Creadas en la Edad Media por el Concejo de la Mesta durante el reinado de Alfonso X, en 1273, las cañadas reales son rutas tradicionales por las que históricamente ha transitado el ganado trashumante. Reconocidas y protegidas legalmente, estas vías pecuarias son los caminos de paso obligado para desplazar rebaños a lo largo de la península ibérica. En la actualidad la Red Nacional de Vías Pecuarias la componen las cañadas reales de la Mesta, vías interautonómicas y otras cañadas, cordeles y veredas consideradas de «especial interés» por el Ministerio de Transición Ecológica junto a las Comunidades Autónomas. En total, 11.394 kilómetros de bienes de dominio público considerados patrimonio natural y cultural. La travesía de Paco se completa en unas 40 jornadas en cada sentido del viaje, que tienen lugar en los meses de mayo-junio (ida) y septiembre-octubre (vuelta). A ellas hay que sumarle una estancia en los prados del puerto de Pandetrave, junto a los Picos de Europa, donde las ovejas pacerán durante tres meses. ¿Cómo es la ruta? ¿En qué consiste la jornada de un pastor trashumante? Morgado lo cuenta en primera persona. La vida como trashumante ha forjado el carácter de Paco. «Aprendí a sociabilizar, a hablar. Antes parecía que huía de la gente. Era como un primitivo». Confiesa que en sus inicios tendía a huir del contacto humano. Sin embargo, el paso de los años su curiosidad, sus ganas de aprender y desarrolló su gusto por la gente. «Me gusta conocerla». «Y me he dado cuenta de que no porque uno estudie sabe más que otros», advierte al tiempo que pone en valor la sabiduría adquirida durante su vida. «Puedo aportar muchas cosas a una persona estudiada. Conmigo han venido médicos, biólogos, veterinarios... Han estado día a día conmigo y yo les he aportado, creo, a ellos más cosas que ellos a mí». El miedo es otra de las reflexiones que comparte, un mal que achaca a las ciudades, a las que contrapone frente a la vida en el campo. Aquí el único temor podrían ser los animales salvajes: serpientes, lobos y osos, pero para ello tiene a sus perros, tanto de carea como mastines, más de una decena en total. Alguno de ellos ha caído en enfrentamientos, como sucedió hace unos veranos en tierras de Palencia, cuando uno de sus canes, envalentonado, murió por el ataque de un oso. Las ovejas con las que Paco trabaja son merinas, «raza merina pura». No son de leche, «aunque puedes hacer un poco de queso para tu gasto. Dan muy poca cantidad de leche, pero de muchísima calidad». Más allá de los lácteos para autoconsumo, el beneficio económico llega por la venta de corderos a otros ganaderos, así como la de carne. Hay un tercer aprovechamiento, la lana, «aunque vale poco». «La lana merina es la que suele tener mejor calidad, pero se vende barata», a unos precios que sirven para cubrir los costes del trabajo de esquila. «Con eso ya más o menos hay que darse por contento». Como es habitual en tantas relaciones entre humanos y otras especies animales, la que hay entre el pastor y su ganado cuenta también con sus propios códigos de comunicación. En este caso Paco juega con silbidos para construir una especie de lenguaje con el que dirigirse al rebaño. Más allá de las especies salvajes, hay otro peligro que acecha a las ovejas, incluso de mayor mortalidad. Se trata de los agricultores, en concreto de la práctica consistente en extender los cultivos más allá de los terrenos privados hasta superar la linde con las cañadas, además de tratar en ocasiones lo sembrado con productos fitosanitarios. Paco pide respeto por los suelos reservados para el tránsito del ganado. «Si las medidas reservadas son de 75, 37 o 12 metros [en función del tipo de vía pecuaria] , que no siembren. Y mucho menos que los productos que utiliza el agricultor los echen en la cañada». Aborda este tema de forma enérgica, con cierto malestar en sus palabras. Todavía está reciente la experiencia vivida unas semanas antes, cuando perdió 15 ejemplares y a uno de sus mastines, entre Tordesillas y Torrelobatón, en Valladolid. Está convencido de que la causa de la muerte fue por envenenamiento al comer cultivos que habían sido tratados con químicos, un hecho denunciado ante la Guardia Civil. Más allá de los bovinos y el perro fallecidos a primeros de junio, el incidente dejó un poso de tristeza en Paco. Al notificarse las pérdidas, el rebaño quedó inmovilizado durante días en una suerte de cuarentena por indicación veterinaria. Con varios días de marcha perdidos y parte de la cabaña debilitada tras haber caído enferma, Morgado decidió cargar al rebaño en camiones y trasladarlo hasta la provincia de León. Las seis etapas que no pudo hacer a pie vuelven a su memoria cuando se le pregunta por los planes una vez llegue la jubilación. No descarta volver algún año en camión y hacer andando esas jornadas de las que no pudo despedirse en su último viaje completo caminando, «por quitarme las espinas de esos días».