Cuando los vikingos llegaron hasta al-Ándalus
Sabemos que los vikingos realizaron numerosas incursiones hasta la Península Ibérica entre los siglos IX y XI. Está documentado. De hecho, más allá de las costas gallegas, de Navarra y de Zaragoza, donde llegaban remontando el río Ebro, uno de los destinos habituales de estos guerreros escandinavos era al-Ándalus, donde tenían un trato fluido de esclavos con el Califato de Córdoba. Cambiaban esclavos del norte de Europa –de ahí la palabra eslavo– por esclavos africanos y musulmanes que luego vendían de regreso al Mar del Norte, especialmente en Irlanda. Cabe decir que, al igual que los reinos cristianos tenían prohibido esclavizar cristianos, los musulmanes tenían vetado ejercer el esclavismo con fieles de su misma religión. Por tanto, este acuerdo es lo que se diría hoy un «win-win».
La del comercio de esclavos, además de la del saqueo y del chantaje, era una de las principales vías de financiación de los pueblos vikingos. No se quedaba atrás en la materia al-Ándalus o el Califato de Córdoba que, en palabras del historiador noruego Tore Skeie, era «una brutal sociedad esclavista con una economía de la esclavitud superior a la de cualquier otro reino europeo».
Aunque, después, repreguntado por ello, matice que «la del Califato era una sociedad muy sofisticada» y, precisamente, de ahí viene «su capacidad para librar guerras muy terroríficas». «Son dos caras de la misma moneda», resume el autor de «La era del lobo». Pero no siempre las expediciones vikingas a la Península Ibérica fueron con objetivos comerciales. De hecho, estos brutales navegantes nórdicos, en sus primeras aproximaciones por nuestras costas, pretendieron sojuzgar a los pobladores de Castilla, León y al-Ándalus como habían hecho con Inglaterra o en el norte de Francia (Normandía).
Recoge Tore Skeie en su ensayo «La era del lobo» (Ático de los Libros) el salvaje asalto vikingo a Santiago de Compostela por parte del rey nórdico Gundered en el año 968, que fue repelido con éxito, aunque con numerosas bajas, por el conde Fernán González. Asimismo, más de un siglo atrás, en el 844, los piratas nórdicos entraron «a saco» en Sevilla, plaza fuerte del Califato omeya, sembrando el caos y la destrucción, quemando la mezquita de la ciudad. No pudieron hacerse con el dominio porque el emir Abderraman II los derrotó en la Batalla de Tablada, ejerciendo un castigo ejemplar, clavando las cabezas de los vikingos en picas y sembrando el camino hasta Córdoba de las mismas. «La brutalidad era parte de cómo gobernar en esta época, esencial. Hay épocas en las que todo el mundo libra guerras brutales. Ninguna cultura era más brutal que otra en este sentido», explica Skeie.
De Cádiz a rey de Noruega
Una de las últimas incursiones vikingas en nuestra tierra fue la protagonizada o encabezada por Olaf Haraldsson, por entonces un caudillo nórdico entregado al pillaje y al saqueo, en 1012. ¿Quién le diría que a su muerte sería canonizado como Santo? Tras el sonado episodio del secuestro del obispo de Tui en Galicia, por el que pidieron un carísimo rescate, sus barcos navegaron Costa da Morte abajo, pasando por la Lisboa andalusí, hasta desembarcar en la Bahía de Cádiz. «En Galicia apresó al obispo de Tui para exigir rescate, y continuó navegando hasta las cercanías de Cádiz, donde los escandinavos quedaron impresionados por los vestigios monumentales del pasado clásico», leemos en el quinto capítulo.
Allí, cuenta Skeie, recogiendo las palabras del cronista Snorri, que «Olaf se hallaba fondeado en Karlså (Cádiz), esperando los vientos favorables en su camino hacia Norvasund (Gibraltar), y su intención era continuar viaje hasta Jorsalaheim, es decir, Jerusalén. Pero una noche se le apareció la figura de un hombre (las columnas de Hércules) que señaló hacia el norte, y Olaf comprendió que aquello era una señal: su destino era convertirse en rey de Noruega». «No podemos estar seguros de que Olaf estuviera en Cádiz. No está documentado», nos agua la fiesta el autor de «La era del lobo» con el afán de exactitud propio del historiador. Sin embargo, habla de que «es el consenso de los expertos actuales: que estuvo en Cádiz, yo creo que estuvo», apuesta. Eso sí, lo del sueño providencial en Cádiz «es invención literaria de las sagas. El sueño o los diálogos con Dios son técnicas literarias para llegar a la audiencia medieval».
Por seguir con Olaf Haraldsson, podemos decir que Canuto el Grande, quien reinase en Dinamarca, Inglaterra y Noruega, era su contraparte. Ambos fueron coetáneos. Se pregunta Tore Skei en su ensayo por la relación entre estos dos líderes. Algo que él mismo nos responde sin contemplaciones que «era muy mala». Y explica el motivo: «Tradicionalmente, la familia danesa de Canuto había gobernado Noruega. Cuando Olaf regresa a Noruega para tomar el poder, rompe el dominio de estos reyes. La carrera de Olaf pasó de estar al servicio a convertirse en rival de los reyes daneses».
Sobre Canuto, este historiador dice que «era extremadamente interesante porque se convirtió en un rey muy exitoso del tipo cristiano europeo. Para poder gobernar en esta época tenías que usar los recursos de forma muy sabia. Los reyes cristianos y los noruegos –continúa Tore Skeie– ejercían la violencia entonces como ahora lo hace el ISIS, de forma muy teatral y extrema, para dar ejemplo. Hacían equilibrios para ser reyes generosos y píos y también despiadados y temidos. Canuto tuvo la capacidad de equilibrar estos aspectos». No sabe decir quién fue más «cabrón», pero sí que «fue mejor político Canuto que Olaf».
Casi un milenio después de la desaparición de los vikingos, todavía nos preguntamos por las razones concretas de su desaparición. ¿Acaso murieron de éxito? Este historiador noruego apunta a que «hay varios motores en el final de los vikingos. Pero el principal es que la sociedad escandinava se estaba transformando en una sociedad tradicional agraria –el pueblo nómada se asienta–. Durante este proceso de 200 años desarrollan instituciones propias. Y esto no era compatible con el modo de vida vikingo, con los asaltos».
La romantización
Mil años más tarde cabe preguntarnos qué nos legaron los vikingos, qué queda de ellos. O, más bien, preguntárselo a Tore Skeie. «Para serte honesto, creo que hoy queda muy poco de los vikingos. Yo no me siento relacionado con los vikingos históricos reales, aunque su imagen ha influido en cómo los escandinavos somos vistos en el mundo. En el pasado Mundial de fútbol la selección noruega se presentó como los vikingos. Hay una campaña de relaciones públicas muy poderosa».
Esto nos lleva a la romantización actual de la cultura vikinga. «Es paradójico que los vikingos sean muy populares hoy –reflexiona el autor de «La era del lobo»–. Romantizar algo tan agresivo en una sociedad tan pacífica como la nuestra es curioso. En Noruega, hasta un momento reciente, se ha visto como un tema difícil en la vida pública, ya que los nazis, que gobernaron aquí durante la Segunda Guerra Mundial, les tenían mucho cariño. Parece que la cuestión se ha relajado y que ahora está bien jugar con la imagen de los vikingos». Para que luego vaya el niño, bético de Puertollano, y se haga el peinado de Haaland.