Editorial: Donald Trump castiga a Canadá y pone en riesgo una alianza histórica
En materia geopolítica y geoeconómica, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha puesto de manifiesto, reiteradamente, una inquietante inclinación: apaciguar o elogiar a los enemigos, mientras presiona, castiga o critica sin piedad a los amigos. Lo atestiguan, en la primera categoría, Rusia, Corea del Norte y, esporádicamente, China. La segunda incluye, entre otros, a la Unión Europea, Corea del Sur, Brasil, Dinamarca y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pieza clave de la seguridad occidental.
Pero ningún país amigo ha sido golpeado de manera tan fuerte, sistemática e inmerecida como Canadá. Los nuevos aranceles impuestos en su contra a partir del 22 de agosto, y la amenaza de otros más desde el próximo 1.° de enero, reflejan la crudeza y la arbitrariedad de esta tendencia.
Como correspondía, el gobierno del primer ministro Mark Carney anunció aranceles compensatorios. Las relaciones se han tensado peligrosamente. La guerra comercial ha asomado su rostro y han crecido las tensiones políticas. Trump ha llegado al extremo de rebautizar el lago Ontario –que comparten ambos países– como “lago América”: un gesto delirante, sin duda destinado a desviar la atención de temas críticos que drenan su popularidad, como la guerra en Irán y la inflación interna. Paradójicamente, los aranceles incidirán en que aumente.
Es difícil encontrar una explicación racional a este comportamiento hacia un vecino que, además, es el país que goza de mayor estima entre los estadounidenses.
Históricamente, Canadá ha sido uno de los aliados más estables, confiables y consecuentes de Estados Unidos. Comparten la frontera terrestre más larga del mundo (8.893 kilómetros), por lo que su interdependencia estratégica tiene carácter existencial. Sus mecanismos de defensa han estado integrados por décadas, lo mismo que sus economías. Su intenso y fluido intercambio de personas, bienes y servicios ha mantenido una tendencia creciente. Pero todo esto ha sido debilitado de manera creciente por el presidente Trump. Ahora ha llegado a un clímax de gran peligro.
La actual disputa comenzó a gestarse a finales de julio. En el contexto de las negociaciones –hasta ahora infructuosas– sobre la renovación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, México y Canadá (USMCA, por sus siglas en inglés), Trump amenazó con elevar los aranceles a una serie de productos canadienses, incluso algunos cubiertos por el acuerdo trilateral.
Dijo que alcanzarían hasta el 50% de su valor y reclamó la supuesta discriminación de su socio hacia automóviles, bebidas alcohólicas y productos lácteos. Fijó el 19 de agosto como fecha para que entraran en vigor. Sin embargo, muy pronto anunció que los postergaría hasta el 22, mientras se abría un periodo de negociaciones bilaterales.
Hasta el día 21 en la tarde, las conversaciones parecían encaminarse hacia un acuerdo. Sin embargo, a última hora, la delegación estadounidense planteó nuevas exigencias. Incluyeron, según fuentes vinculadas al proceso, el acceso exclusivo a minerales críticos, la restricción a acuerdos de libre comercio de Canadá con otros países y el debilitamiento de disposiciones para proteger el uso del francés, uno de los dos idiomas oficiales, usado mayoritariamente en la provincia de Quebec.
Canadá, con razón, las consideró inaceptables y rompió las negociaciones. Al día siguiente entraron en vigor aranceles del 50% sobre aproximadamente el 5% de sus exportaciones a Estados Unidos. De inmediato, Carney anunció que los igualaría “dólar por dólar” a partir del 8 de setiembre. “Son días oscuros, provocados por un país en el que ya no podemos confiar”, dijo en su primer discurso tras la ruptura. El 75% de la población apoya su posición.
“¡Canadá quiere disfrutar de las ventajas de ser un estado, sin serlo! Además, llevan muchos años imponiendo aranceles exorbitantes a nuestros magníficos agricultores. ¡Ya basta!”, fue una de las múltiples reacciones de Trump en su red Truth Social.
El riesgo de una verdadera guerra comercial entre ambos países es alto. Sería perjudicial para ambos, sobre todo por lo integradas que están muchas de sus cadenas de producción. Pero Canadá sufrirá el mayor impacto. Su economía es casi 13 veces menor que la estadounidense, a la que envía dos tercios de sus exportaciones. Y si bien el gobierno ha lanzado un intenso programa para diversificar mercados, tardará años en rendir suficientes frutos.
De aquí al 8 de este mes, aún queda un margen para negociar un acuerdo digno. Pero este solo será posible mediante el respeto mutuo. Porque, para los canadienses, no solo cuentan aspectos económicos, sino –y sobre todo– de dignidad nacional.