‘Farmear aura’: ¿qué buscan los adolescentes con esta nueva práctica?
Niños, adolescentes y jóvenes están practicando en meses recientes algo que, a primera vista, puede parecernos a los adultos una simple moda, un juego o hasta una vagabundería. Sin embargo, antes de criticarlo o desvalorizarlo, vale la pena detenernos a comprender qué significa para sus participantes, cuál es su atractivo y qué necesidades pueden estar expresando.
Me refiero a lo que llaman farmear aura, una expresión surgida de la cultura digital y popularizada en Internet, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Se utiliza para describir acciones mediante las cuales una persona busca proyectar carisma, seguridad, presencia o estilo, generalmente de una manera deliberadamente despreocupada, llamativa o inesperada.
Analicemos el término. Farmear es un anglicismo derivado de to farm, utilizado originalmente en la cultura de los videojuegos para referirse a la acción de acumular recursos, experiencia o puntos. Aura, por su parte, se emplea en el lenguaje coloquial de las redes sociales para aludir a aquellas características que hacen que una persona proyecte presencia, carisma, seguridad u originalidad.
Así, se trata de proyectar carisma, confianza y estilo mediante gestos, poses o acciones capaces de llamar la atención, provocar sorpresa o despertar admiración en los demás.
Una vez comprendido el término, resulta interesante analizarlo desde una perspectiva psicosocial. ¿Qué lleva a los adolescentes y jóvenes a participar en estas dinámicas? Más allá de la tendencia o del entretenimiento, estas conductas pueden estar relacionadas con aspectos propios de su desarrollo psicoemocional y con necesidades características de esta etapa de la vida.
1. Confianza y búsqueda de autenticidad
Una de las dimensiones que podemos observar es la construcción de la confianza en sí mismos. Cuando un adolescente se expone frente a otras personas mediante poses o acciones que pueden resultar exageradas, llamativas o incluso ridículas, también está poniendo a prueba su capacidad para tolerar la mirada ajena y manejar el temor al juicio de los demás. No olvidemos que la adolescencia es una etapa en la que adquiere especial importancia la construcción de la identidad y la percepción que se tiene de sí mismo.
2. Pertenencia a una cultura y a un lenguaje generacional
Esta generación creció inmersa en la cultura digital y, en este caso, lleva determinados códigos de ese mundo a los espacios de interacción presencial. Participar en estas dinámicas implica reconocer referencias, chistes, expresiones y tendencias que forman parte de un lenguaje compartido.
Ese conocimiento también cumple una función de pertenencia: participar significa comprender los códigos del grupo y formar parte de una comunidad que los comparte.
Cuando los adultos calificamos de inmediato estas prácticas como absurdas o carentes de sentido, corremos el riesgo de perder una oportunidad para comprender el mundo simbólico en el que se están desenvolviendo nuestros hijos.
3. Conexión social y expresión emocional
Estas actividades también pueden convertirse en espacios de diversión y desahogo frente al estrés académico, social o familiar. El juego, el humor y la interacción con los pares cumplen funciones importantes durante la adolescencia y pueden contribuir a generar momentos de distensión.
Aunque la tendencia surge de la cultura digital, se traslada al espacio físico y se convierte en una actividad compartida cara a cara. Esto pone de manifiesto que, detrás de muchas prácticas digitales, continúa existiendo una necesidad profundamente humana de interacción, reconocimiento y pertenencia.
Por eso, es importante evitar interpretaciones adultocéntricas que reduzcan estas conductas a una simple búsqueda de atención. Para muchos adolescentes y jóvenes, estas dinámicas pueden representar una forma de jugar, experimentar con su identidad, relacionarse con sus pares y sentirse parte de un grupo que comparte determinados códigos.
Esto no significa que toda conducta asociada con estas tendencias sea necesariamente positiva ni que debamos ignorar posibles riesgos. Como ocurre con cualquier práctica, el contexto, la frecuencia, la presión del grupo y la exposición en redes sociales son elementos que los adultos debemos observar. La clave no está en prohibir o ridiculizar aquello que no comprendemos, sino en acompañar y establecer límites cuando sea necesario.
Comprender una tendencia no significa aprobarla sin cuestionamientos. Significa acercarnos al mundo de niños, adolescentes y jóvenes con suficiente curiosidad y apertura para preguntarnos qué hay detrás de lo que hacen.
Solo desde ahí podremos acompañarlos de manera adecuada, en lugar de juzgar desde una distancia que muchas veces termina cerrando las puertas de la comunicación.
rsolismep@gmail.com
Rocío Solís Gamboa es psicóloga con más de 40 años de experiencia en educación, niñez y adolescencia y violencia escolar. Fundó y dirigió la Contraloría de los Derechos Estudiantiles del MEP. Fue viceministra administrativa y viceministra académica del MEP, presidenta de la Comisión Unesco Costa Rica y miembro de la Junta Directiva del PANI.