Más drogas, más ciberdelitos, menos resiliencia: el preocupante mapa que muestra el Índice Global de Crimen Organizado 2025
Cada vez que sale una edición del Índice Global de Crimen Organizado me pasa lo mismo: lo leo despacio, subrayo, anoto al margen y, en algún punto, dejo de leer el documento y empiezo a leer el país. El propio. El de al lado. El que creíamos que no era como los demás.
El Índice no es solo una herramienta de medición; sus propios autores lo describen como un espejo. Y los espejos no mienten. Esta es la tercera edición consecutiva: cinco años de datos comparables, trayectorias reales, tendencias que no son accidentales. Y lo que muestran no es tranquilizador.
El narcotráfico sigue siendo el mercado criminal dominante a nivel global; eso no sorprende. Lo que sí cambia, y hay que nombrarlo, es su composición interna. La cocaína subió de 4,52 en 2021 a 4,89 en 2025. Las drogas sintéticas pasaron de 4,62 a 5,14 en el mismo periodo, el mayor crecimiento de todos los mercados criminales desde que el Índice existe.
Y el dato que más debería incomodarnos: según el Informe Mundial sobre las Drogas 2025, 316 millones de personas consumieron sustancias ilícitas en 2023. Un 28% más que hace diez años. Más rápido que el crecimiento de la población mundial. Eso no es un problema de las esquinas. Es un problema de escala planetaria.
Pero hay algo que el Índice 2025 señala con insistencia y que en el debate público casi no aparece: el crecimiento de los delitos no violentos. Crímenes financieros, ciberdelitos, falsificaciones. No dejan cuerpos en las calles ni generan los mismos titulares, pero generan daños igual de profundos.
El crimen invisible es tan costoso como el visible. La diferencia es que uno nos alarma y el otro nos duerme.
El Índice mide cinco tipos de actores criminales: grupos de tipo mafioso, redes criminales, actores integrados en el Estado, actores extranjeros y actores del sector privado. Los tres primeros dominan el panorama global; eso ya lo sabíamos.
Lo que la edición 2025 añade es relevante: los actores extranjeros registraron el mayor aumento general entre 2021 y 2025, con 0,40 puntos de incremento. África Occidental lidera, con 6,67. Y los actores del sector privado, empresas, operadores logísticos, facilitadores financieros, tuvieron el mayor crecimiento interanual, con Asia Occidental a la cabeza.
¿Qué explica ese avance? La fractura de las relaciones internacionales. Cuando la cooperación global se reduce, las redes ilícitas crecen; no es casualidad, es causalidad documentada, como digo siempre. Sus alianzas se sostienen en pragmatismo, no en lealtad. Su capacidad de eludir barreras jurídicas con más agilidad que los sistemas estatales es ya una ventaja estructural.
Los actores integrados en el Estado siguen siendo los más influyentes. Pero ya no trabajan solos. Y eso, desde la criminología, cambia todo el análisis.
La resiliencia es lo que un Estado puede hacer frente al crimen organizado: detectarlo, contenerlo, reducirlo. El Índice la mide con 12 indicadores: independencia judicial, transparencia gubernamental, eficacia de los cuerpos de seguridad, solidez de la sociedad civil y cooperación internacional. Y su conclusión de 2025 es la que más me preocupa: los mercados criminales crecen. La resiliencia se estancó. Esa brecha no es un número. Es el espacio real que el crimen organizado necesita para consolidarse.
El indicador de cooperación internacional, históricamente el más sólido de los 12, creció apenas 0,03 puntos. El sistema multilateral se fractura justo cuando más lo necesitamos.
Solo el 24% de los países logra ubicarse en el cuadrante deseable: baja criminalidad, alta resiliencia. El resto tiene trabajo pendiente. Y el Índice demuestra con datos que fortalecer los indicadores de resiliencia reduce la influencia de los actores integrados en el Estado. No es una hipótesis. Es un resultado estadístico de tres ediciones consecutivas.
El título de esta edición lo dice sin rodeos: “La criminalidad en una encrucijada”. No porque el problema sea nuevo. Sino porque estamos en un momento de redefinición.
Las trayectorias que se consoliden en los próximos años determinarán si el crimen logra colonizar estructuras estatales de manera difícilmente reversible, o si los Estados recuperan terreno fortaleciendo sus instituciones y su voluntad de cooperar.
El Índice no ofrece recetas universales o modelos mesiánicos y eso es su mayor honestidad intelectual. Cada país tiene sus propias vulnerabilidades, su propio contexto. Lo que el Índice ofrece es un mapa. Y un mapa solo sirve si alguien decide usarlo.
El crimen organizado se adapta más rápido de lo que los Estados reaccionan; eso siempre ha sido así. La diferencia hoy es que la velocidad de esa adaptación aumentó y los márgenes para reaccionar se estrechan. Anticipar ya no es una opción estratégica; es la condición mínima.
El Índice no nos dice solo dónde está el crimen. Nos dice dónde estamos nosotros frente a él.
taniamolina@tmrcr.com
Tania Molina Rojas es criminóloga y escritora. Autora del libro ‘Futuro secuestrado, análisis multidimensional de la inseguridad en Costa Rica’.