“Amada Moura”, un oasis de tranquilidad en un palacete alentejano del siglo XVIII
Moura, situada en el bajo Alentejo, muy cerca de la gran presa de Alqueva (el mayor embalse de Europa occidental, conocido en Portugal como “O grande lago”) es un pequeño pueblo blanco que respira historia y raíces alentejanas por todos sus poros. Un refugio de tranquilidad donde el tiempo tiene su propio ritmo y la calma parece omnipresente.
En el centro de esta localidad descubrimos un precioso “alojamiento boutique”. Aquí las comodidades y el lujo no son incompatibles con esta casona señorial impregnada de la secular forma de vida de esta región.
Amada Moura (www.amada-moura.com) es sinónimo de descanso. Perfecto para evadirse, por unos días, del ruido y del estrés de la cotidianeidad.
Apenas ocho habitaciones, todas diferentes, distribuidas en tres categorías (Suite Deluxe, Deluxe superior y Deluxe). El número perfecto para sentir el privilegio de estar en un espacio único y exclusivo, sin masificación, en el que el gusto por el detalle y la atención personalizada se aprecian a cada paso.
Poco más de dos años de vida, inaugurado a mediados de 2024, esta gran casa alentejana del XVIII (antiguo “Palacete dos Garcias”) cobra nueva vida para disfrute de sus huéspedes.
Bajo el paraguas empresarial del grupo hotelero que dirige Convento do Espinherio (uno de los grandes hoteles del Alentejo), la remodelación de esta antigua casona ha tratado de preservar el alma y los orígenes de la construcción.
Techos abovedados, salvaguarda de algunos frescos originales, respeto a la distribución de espacios existente o una piscina que mantiene la fuente inicial que existía en el patio, son ejemplos visibles de este meticuloso trabajo arquitectónico y decorativo que, en sí mismo, es un homenaje al pasado del edificio.
El propósito es claro: crear un alojamiento en el que el trato personalizado y la excelencia sean piedras angulares de esta propuesta de descanso.
Un oasis de calma y tranquilidad en un escenario único, donde el blanco inmaculado de paredes encaladas (apenas roto por el verde de puertas, ventanas y marcos) parece envolvernos.
¿Cómo no mencionar su inigualable piscina?
Haciendo un evidente guiño a la antigua fuente que existía en el patio, rodeado de tumbonas y con la solitaria presencia de un viejo limonero, es el epicentro de este palacete y lugar ideal para, además de darse un chapuzón que mitigue los calores estivales, tomar el sol, leer un libro, saborear algún vino de la tierra o, simplemente, dejar pasar el tiempo disfrutando el momento.
Junto a este espacio abierto, en la primera planta, descubrimos también un gran salón dominado por una imponente chimenea de mármol cuya fotografía es casi obligada.
¿Imagina el lector pernoctar en una habitación que cuente con capilla propia?
Así es, conservando este espacio religioso existente del antiguo “Palacete dos Garcias”, una de sus suites mantiene este pequeño altar, evidenciando así el respeto a las distintas estancias del edificio
Amada Moura no tiene restaurante donde comer o cenar, pero sí puede presumir de un extraordinario desayuno; variado y de calidad. Aquí los protagonistas son los productos de estas tierras (quesos, embutidos, dulces, frutas, panes, carnes, zumos, …).
Reponer fuerzas con la primera comida del día en la terraza interior con vistas al patio, con la única compañía del trinar de los pájaros que parecen darnos los buenos días, es otro de los alicientes de este magnífico desayuno buffet.
Amada Moura ofrece un lujo relajado, acogedor y cercano, en nada ostentoso.
Su apertura al público refuerza la ya contrastada apuesta de calidad por el turismo interior de una región que es referencia en ello.
Exclusividad, minimalismo, sencillez decorativa restaurando viejos muebles del palacete, silencio y relajación son algunas de las credenciales de este “alojamiento boutique” tan único, singular y recomendable.
Sin duda, logran crear esa atmosfera de tranquilidad que tanto desea el huésped que se traslada hasta estas latitudes de Portugal.
Me vienen a la memoria, mientras escribo estas líneas, las palabras de una de sus trabajadoras cuando comentaba: “aqui tudo é muito calmo”.
El viajero tiene, entre estos gruesos y centenarios muros, la sensación de que el tiempo es más perezoso, que las agujas del reloj se mueven con inusitada lentitud. Alentejo en estado puro y en una de sus mejores versiones.
Proyectos de este tipo son siempre de agradecer. A pesar de su pequeño tamaño, son grandes “investimentos” que contribuyen a luchar contra la lacra de la despoblación que sufren estos municipios.
Ayudan a crear puestos de trabajo, mantienen y rehabilitan un patrimonio arquitectónico, promocionan las bondades de esta tierra, fomentan el consumo de productos de cercanía y, en definitiva, ayudan a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.
La pregunta final es obvia, ¿por qué no pensar en Amada Moura como nuestro campo base o nuestro punto de partida y descanso si decidimos viajar a esta parte del bajo Alentejo?