Cisma en el PSOE: Ferraz ya no convence a los suyos
El PSOE cerró ayer el curso político con un discurso y un estado de ánimo que ya no coinciden. Mientras la dirección del partido se esforzó en trasladar una imagen de fortaleza, reivindicó la gestión del Gobierno y aseguró que el partido está «preparado» para la batalla electoral de 2027, el clima que describen dirigentes y cargos intermedios consultados por este periódico es muy distinto.
Hasta una decena de fuentes admite que el PSOE termina el año político más preocupado que preparado. «Hay una enorme preocupación por el tema de Zapatero», resume un senador socialista. Ese contraste refleja un cambio silencioso dentro de la organización.
Este último año ha hecho añicos los cimientos de Ferraz. La acumulación de investigaciones judiciales, la caída de Santos Cerdán, la condena al exministro José Luis Ábalos y al hermano de Pedro Sánchez, así como el juicio a su mujer, Begoña Gómez, eran escenarios difíciles pero manejables para la propaganda socialista. «Se podían digerir», explica un alcalde.
El cisne negro es la situación del expresidente Zapatero, porque es la que ha provocado que el relato oficial conserve disciplina en público, pero haya perdido capacidad de convicción en privado. Hace tiempo que los mensajes diseñados por la dirección ya no encuentran el mismo eco que hace un año entre una parte de la militancia. La preocupación se extiende por culpa de dos grandes focos.
El primero afecta al principal marco político que el sanchismo ha construido durante este último año. Los dirigentes consultados explican que el discurso del «lawfare», repetido una y otra vez por la dirección para explicar la acumulación de investigaciones judiciales, ha perdido capacidad de convicción incluso entre una parte de la propia organización. No porque haya desaparecido la desconfianza hacia algunas actuaciones judiciales, sino porque cada nuevo episodio ha hecho más difícil sostener que toda la crisis responda exclusivamente a una ofensiva política, mediática y judicial contra el Gobierno. La segunda cuestión lleva nombre propio: José Luis Rodríguez Zapatero. Y está entrelazada con la anterior.
Si hace unas semanas buena parte del partido confiaba en que las explicaciones del expresidente sirvieran para rebajar la presión y la gravedad del caso, al que también se circunscribía en el «lawfare», el resultado de la entrevista que concedió la semana pasada ha sido muy distinto. «Muchos esperábamos otra cosa», resume un dirigente con responsabilidades orgánicas. La inquietud no reside únicamente en el recorrido judicial de la investigación, sino en el daño simbólico que está provocando a una de las figuras que durante años ha ejercido como principal referente moral del socialismo.
Paradójicamente, donde sí perciben cierto alivio es en la gestión política de los incendios. Varios dirigentes consideran que la imagen de Pedro Sánchez junto al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, coordinando la respuesta con las comunidades autónomas por el PP ha permitido al Gobierno recuperar durante unos días la iniciativa política tras «la salida de [Óscar] Puente», que insultó a la presidenta de la Comunidad de Madrid. «Ahí se ha reaccionado bien», resume uno de los consultados. Aunque dentro del partido admiten que la polarización que provoca Sánchez es contraproducente a la hora de abordar las catástrofes que afectan a los ciudadanos. «No hay quien levante su imagen a estas alturas», zanja un diputado.
La última esperanza sigue siendo la economía. Es probablemente el único punto sobre el que existe un consenso casi unánime dentro del partido. La convicción mayoritaria es que, mientras continúen el crecimiento económico y la creación de empleo, el PSOE mantendrá opciones para llegar con algo de vida al próximo ciclo electoral. «Si la economía aguanta, no esperamos un hundimiento», sintetiza un veterano dirigente.
Ese contraste explica mejor que ningún otro cómo termina el curso político para los socialistas. En la sala de prensa de Ferraz se habló de 2027, de primarias, de fortaleza y de un partido preparado para volver a pedir la confianza de los ciudadanos. Pero en los despachos, en los teléfonos y en los grupos privados de WhatsApp, la conversación es diferente.
La pregunta que sobrevuela todas esas conversaciones es otra mucho más incómoda: cuánto queda todavía de calvario y si el partido conseguirá recuperarse si, encima, empieza a dejar de convencer incluso a una parte de los suyos. «No hay peor enemigo en unas elecciones que un partido desmotivado, sin poder mirar a la gente para pedir el voto porque ni nosotros mismos nos creemos lo que repiten desde arriba», sintetiza un concejal.
Con todo, el PSOE se quiere aferrar a la capacidad de su líder para salir vivo cada vez que se ha visto contra la espada y la pared. Nadie en el partido sabe cuál será el próximo movimiento. Mientras, en esas mismas conversaciones soterradas se debate sobre el momento en el que Pedro Sánchez se atreverá a apretar el botón electoral. Todos los socialistas consultados reconocen que la obstinación de Moncloa por presentar, esta vez sí, los Presupuestos obedece a un «evidente cálculo electoral». Los partidos lo saben y se preparan.