La reina que quiso ver el cadáver de su predecesora
La fecha: 1699. Mariana de Neoburgo expresó su deseo de ver los restos de María Luisa de Orleans, pese a que habían transcurrido más de diez años desde su muerte.
Lugar: El Escorial. El cuerpo de María Luisa apareció, tras abrir el ataúd, en un sorprendente estado de conservación, pero todavía hoy se ignora por qué la reina quiso verlo.
La anécdota. María Luisa murió el 12 de febrero de 1689 y la rapidez de su enfermedad alimentó rumores de envenenamiento, aunque nunca se ha demostrado.
Mariana de Neoburgo llevaba casi diez años desposada con Carlos II cuando quiso ver el cadáver de la primera esposa de su marido. María Luisa de Orleans había muerto en 1689, mucho antes de que ambas pudieran conocerse, y descansaba en El Escorial. Pero durante una estancia de la Corte en el Monasterio, en otoño de 1699, la reina aprovechó el movimiento de varios féretros reales para satisfacer una curiosidad insólita: pidió que abrieran el ataúd de aquella mujer.
¿Por qué quiso verla? No lo sabemos, y quizá sea esa ausencia de respuesta la que convierte el episodio en uno de los más extraños de la Corte de los últimos Austrias. Mariana nunca había conocido a María Luisa, pero llevaba una década ocupando su lugar. Era la esposa del mismo rey y soportaba el mismo problema que la francesa: tampoco conseguía dar un heredero a Carlos II.
María Luisa había llegado a España en 1679. Sobrina de Luis XIV de Francia, tenía apenas diecisiete años cuando se casó con un rey de salud quebradiza y seis años mayor que ella. La Monarquía necesitaba un heredero y María Luisa no se quedaba embarazada. A medida que pasaban los años, médicos, cortesanos y embajadores vivían pendientes de su salud, mientras Madrid convertía cualquier indisposición en el posible anuncio del nacimiento que garantizaría la continuidad de los Austrias.
Las miradas a la reina
El niño nunca llegó y las miradas se dirigieron hacia la reina, aunque el problema no estuviese en las dos mujeres que compartieron sucesivamente el lecho de Carlos II, sino en el propio monarca.
El último de los Austrias padeció desde niño una salud muy frágil y algunos diagnósticos retrospectivos han apuntado a trastornos compatibles con la infertilidad. Carlos II estuvo casado durante casi veinte años con dos mujeres distintas y ninguna tuvo un hijo suyo. María Luisa murió el 12 de febrero de 1689, con 26 años. La rapidez de su enfermedad alimentó rumores de envenenamiento, aunque nunca se ha demostrado.
Había que buscar otra esposa. La elección de Mariana de Neoburgo no fue casual. Su madre, Isabel Amalia de Hesse-Darmstadt, había quedado embarazada 24 veces y dado a luz a 17 hijos. Para una Corte obsesionada con la sucesión, aquella fecundidad era el mejor aval de la princesa alemana.
Mariana llegó a España para conseguir lo que María Luisa no había logrado, pero tampoco ella pudo. En otoño de 1699, Carlos II tenía treinta y siete años, su salud empeoraba y Europa esperaba su muerte mientras Francia y Austria calculaban quién podría quedarse con la Corona española.
Un ambiente agónico
En aquel ambiente agónico, la Corte se encontraba en El Escorial cuando se produjo el extraño episodio. Entonces se procedió al movimiento y reconocimiento de varios féretros de la Familia Real. Mariana manifestó su deseo de ver los restos de María Luisa de Orleans. Habían transcurrido más de diez años desde su muerte, pero quiso que abrieran el ataúd de la primera esposa de su marido. Y lo abrieron.
Según la tradición, el cuerpo de María Luisa apareció en un sorprendente estado de conservación. Mariana pudo contemplar a aquella joven francesa. ¿Qué buscaba? ¿Simple curiosidad? ¿Deseaba conocer el rostro real de la mujer que había compartido antes que ella la vida de Carlos II? ¿Había escuchado tantas historias sobre María Luisa que necesitaba verla con sus propios ojos? No hay respuesta.
La Historia ha conservado la apertura del ataúd, pero no los pensamientos de la mujer que quiso verlo. Atribuirle celos, rivalidades o cualquier otra emoción sería entrar en el terreno de la especulación. Los hechos bastan para saber que María Luisa no era una muerta cualquiera: había sido la primera esposa de su marido y la primera reina sobre la que recayó la angustia de no conseguir un heredero.
Otro féretro más
La inspección continuó. También se abrió el féretro de Mariana de Austria, madre de Carlos II, cuyo cadáver se encontraba igualmente bien conservado. Después llegó el turno de don Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV y hermanastro del rey. En este caso, el estado de los restos resultó tan desagradable que los presentes tuvieron que retirarse.
Los ataúdes volvieron a cerrarse, pero el problema de los Austrias siguió vivo. Carlos II murió apenas un año después, el 1 de noviembre de 1700, a los 38 años y sin descendencia. Con él desaparecía la rama española de la dinastía y comenzaba una disputa por la Corona que acabaría incendiando Europa en la Guerra de Sucesión.
REGRESO EN ATAÚD
Mariana de Neoburgo sobrevivió cuarenta años a su marido. Apartada de la Corte, pasó parte de su viudez lejos de Madrid y murió en Guadalajara, en 1740. Después regresó a El Escorial. Esta vez, dentro de su propio ataúd. Pero el heredero nunca llegó. Se sucedieron las esperanzas, los rumores y las falsas alarmas. Algunas versiones posteriores atribuyeron a Mariana once embarazos fingidos, aunque esa cifra no cuenta con respaldo documental suficiente para presentarla como un hecho probado. La presión, en cambio, sí está documentada. En 1691 recibió tratamientos destinados a favorecer la concepción y su salud llegó a peligrar. Cualquier indisposición podía convertirse en una cuestión de Estado y cada mes sin embarazo acercaba el final de los Austrias. La ironía es que el problema quizá nunca estuvo en Mariana ni en María Luisa. Durante años, Palacio vigiló a las dos reinas, pero al rey nadie podía señalarlo.