Quien tiene la moda tiene el poder
Los políticos visten a la moda. No hay más que ver a Yolanda Díaz, vicepresidenta comunista, siempre estrenando modelos caros, al punto de que la llaman «la Fashionaria». Las prendas que se llevan no son una mera cuestión de frivolidad o una demostración de cultura, sino de un lenguaje. La ropa transmite un mensaje político que permite conectar con el electorado, movilizarlo y crear una identidad colectiva. De ahí que salgan con traje y corbata a veces, con un chándal con la bandera de su país, al estilo de Nicolás Maduro, o con ropa que parece donada por «Humana», como se apreciaba en algún político de Podemos de antaño.
La indumentaria ha funcionado durante milenios como escaparate de una idea. Un ejemplo llamativo de este poder simbólico es la gorra roja con el lema «Make America Great Again», popularizada por Donald Trump. Este objeto sencillo, barato y fácilmente reproducible, se convirtió en un dispositivo de eficacia masiva que permitió al republicano conectar con sus seguidores a través de una simplificación visual casi caricaturesca, transformando una prenda cotidiana en un potente marcador de pertenencia ideológica. De hecho, ningún miembro de la oposición política y cultural a Trump que se precie aparece en público con una gorra roja.
Esto se sabía, pero faltaba un estudio que lo analizara de forma amena. Es lo que ha hecho Ana Velasco Molpeceres, periodista, historiadora de la moda y profesora de la Universidad Complutense de Madrid. Ya había dado antes a la imprenta joyas como «La moda en el franquismo: Tul ilusión y arriba España» (2024) y «La moda española 1898-1936: Ballenas, apaches y cocaína en flor» (2025). La autora cuenta en su nueva obra que desde la Antigüedad se han usado elementos visuales con la ropa para resaltar el poder y la jerarquía. La púrpura, por ejemplo, pasó de ser un tinte fétido extraído de miles de moluscos a ser el único color que los dioses y el César merecían. Nadie podía utilizarlo sin autorización. Con el tiempo, este símbolo de exclusividad absoluta se transformó: en España fue color republicano, y las sufragistas británicas lo adoptaron en 1908 para reclamar dignidad. Hoy define el feminismo y lo ha instrumentalizado Podemos en España. También se usa el púrpura en la vestimenta en Estados Unidos para mostrar la indecisión política en las elecciones presidenciales.
En la Rusia imperial, cuenta Ana Velasco, el poder no se consolidaba solo mediante ejércitos, sino a través de un objeto: el gorro de Monómaco, fabricado a finales del siglo XIII o comienzos del XIV. Este casquete de oro y piel coronaba al zar y vinculaba su linaje con el Imperio Romano y Bizancio a través de leyendas construidas para otorgar antigüedad y legitimidad sagrada al Principado de Moscú. Tal era su peso simbólico, dice la autora, que cualquier usurpador que deseara el trono exigía poseer esa prenda llamada «Shapka Monomaja». La vestimenta siempre ha marcado el territorio legal del prohibido, mostrando la catadura moral del individuo que lo portara y la sociedad en la que vivía. El velo femenino, desvela Velasco, lejos de nacer de la necesidad del pudor, surgió en Mesopotamia como un marcador legal de estatus: las esposas libres debían cubrirse para ser identificadas como «respetables», mientras que a las prostitutas se les prohibía el velo bajo penas de azotes, mutilación o derramamiento de brea sobre sus cabezas.
Esta lógica de control continuó en el islamismo, donde el cabello se vio como una «amenaza» que despertaba la concupiscencia, convirtiendo el acto de cubrirse en un mandato moral de sumisión al varón y a Dios. También la ropa sirvió para señalar a las minorías. El sombrero judío puntiagudo o la insignia amarilla, institucionalizados en 1215 tras el Cuarto Concilio de Letrán, tenían como fin evitar la confusión entre personas según su creencia religiosa. Lo que empezó como un distintivo para separar comunidades terminó siendo una herramienta de persecución racial que el nazismo recuperó siglos después para marcar a las víctimas del Holocausto con la estrella de David. La moda también ha tenido su componente violento, como indica la historiadora, tanto en procesos de conquista como de resistencia.
Los egipcios usaban el «shenti» –una faldilla de lino– para distinguirse de los pueblos sometidos, pero los conquistadores españoles en América adoptaron el «escaupil» –un sayo acolchado indígena– por pura necesidad táctica contra las flechas, demostrando que la supervivencia exige adaptaciones que rompen la estética del dominador. El «salacot» filipino, en principio hecho por los nativos con caña o palma, fue adoptado por los europeos como uniforme de autoridad colonial –el típico casco de explorador–. Por cierto, Melania Trump, cuenta Velasco, lo usó en 2018 en Kenia y se llevó las críticas del mundo woke por las supuestas connotaciones de superioridad blanca sobre la nativa.
En Occidente nació la escarapela, un pequeño trapo que se prendía en la chaqueta. Es cierto que se usó en la Revolución Norteamericana, pero quien lo popularizó fue la Francesa de 1789. El adorno se transformó en un símbolo de ciudadanía universal, en un modelo que se seguiría en otros lugares como España o Italia, e incluso en Argentina, Chile o Perú en sus procesos de independencia para distinguirse visualmente de las tropas realistas españolas, que usaban la cucarda roja.
La carga política
Es el turno de las camisas. Ana Velasco cuenta también que el uso de esta prenda ha tenido una carga política variada. Los soldados españoles en Flandes realizaban las «encamisadas», en referencia a incursiones nocturnas vistiendo camisas blancas sobre sus corazas para reconocerse en la oscuridad. Siglos después, Giuseppe Garibaldi adoptó la roja como emblema de la unificación italiana. Sin embargo, en el siglo XX, los totalitarismos pervirtieron este simbolismo: Mussolini instauró la camisa negra para proyectar disciplina paramilitar; Hitler adoptó la parda de las SA por un excedente de uniformes coloniales; y en España, la camisa azul de la Falange se convirtió en el elemento de legitimación del régimen franquista.
Frente a estos uniformes de obediencia, grupos juveniles se vestían para mostrar su disconformidad. En EE UU fueron primero los «Zoot Suiters», que llevaban unos trajes enormes. Y, en Alemania, los «Swingjugend» –los «jóvenes del swing»– imitaban con sus vestimentas a norteamericanos y británicos como un modo de oponerse a los nazis. Lo mismo pasó en el lado comunista. En la URSS fueron los «Stilyagi», que se vistieron como yanquis bajo la dictadura soviética como una forma de resistencia y desafío a la uniformidad impuesta por el Estado.
Pero no todo va a ser totalitarismo en la moda, también en los sistemas representativos. Roma impuso la «toga candida», blanqueada con yeso para que el aspirante a magistrado destacara y proyectase una honestidad que dio origen al término «candidato». Luego, EE UU se ha llevado la palma. Franklin D. Roosevelt ocultó su parálisis mediante trajes de cortes estratégicos que proyectaban una fortaleza inexistente. John F. Kennedy inauguró la era televisiva en su debate contra un Nixon sudoroso, utilizando una vestimenta juvenil y la sofisticación de una Jackie Kennedy a la moda para crear el «mito de Camelot», dice Ana Velasco. Y, antes de Trump, Obama utilizó un clasicismo moderado en el vestir, con elegancia, para mostrar su clase social y nivel académico. Además, incorporó un diseño contemporáneo –como el cartel electoral en tres colores con su rostro y el lema «Hope»– para transmitir tradición y modernidad racial.
Reino Unido es el país de los complementos de moda como instrumentos políticos poderosos de reconocimiento universal. Chamberlain usó el paraguas para simbolizar su particular «no a la guerra» por el acuerdo de Múnich con Hitler. No le salió bien, a pesar de lo cual unos franceses despistados lo adoptaron en 1940 para desafiar al régimen colaboracionista de Vichy. Churchill también se convirtió en un icono a través de la moda: portaba grandes gemelos y puños especiales para demostrar fuerza y autoridad. Años después, Thatcher usaba el bolso como complemento al traje y la blusa con lazada para proyectar control y tranquilidad. Finalmente, el libro llega al presente y analiza cómo el liderazgo sigue siendo visual. Desde el traje pantalón de Hillary Clinton como símbolo de autoridad profesional femenina y empoderamiento después de que se supiera la infidelidad de su marido, hasta la irrupción de Bad Bunny en la Super Bowl de 2026 vistiendo de Zara para mandar un mensaje sociopolítico de apoyo a la diversidad y la identidad latina.
Personalidad española
¿Y España? Felipe II puso de moda el negro lujoso y cuellos blancos con gorgueras. Luego, la influencia francesa lo desplazó todo y nuestros políticos intentaron vestir al último grito parisino. Ya en el siglo XIX hizo furor la escarapela roja y amarilla entre los patriotas. Después, los totalitarismos hicieron de las suyas: la gorra entre los izquierdistas, y el sombrero entre los derechistas. Por supuesto, los milicianos iban con su uniforme para distinguirse y los falangistas con la camisa azul. Después, en la Transición, cambiar de partido era «cambiar de chaqueta»: los «progres» vestían con pana y cuadros para diferenciarse de los «burgueses», que vestían como sus padres. Ahora, mientras algunos izquierdistas usan ropas para mostrar sus ideas, como la kufiya palestina o para salir al campo, otros derechistas prefieren mimetizarse como «cayetanos».