Marlene Dietrich, la vamp que quiso ser mujer fatal
La actriz que hizo obsoleta a la vamp del cine mudo fue Marlene Dietrich con su interpretación de Lola Lola en «El ángel azul» (1930). El filme de Sternberg era una adaptación de una novela alemana, «Der blaue Engel», de Heinrich Mann, hermano de Thomas Mann. El protagonista es un viejo profesor de instituto que se enamora de una cantante de cabaret, Lola Lola, quien lo degrada hasta convertirlo en un payaso del club nocturno donde ella canta. En este punto es cuando el personaje difiere de la tradicional vamp: primero lo seduce; luego lo engaña con otro y finalmente, ante su indiferencia, acepta ser su esclavo para poder seguir junto a ella.
En su estudio «De Caligari a Hitler», S. Krakauer calificó como «estudio del sadismo» a «El ángel azul», añadiendo que «era una justa apreciación de la situación psicológica de aquellos tiempos». La vamp (vampiresa) es una seductora que arruina la vida de su enamorado, un hombre honrado y rico, por el mero placer de destruirlo. Es un arquetipo que representa a mujeres sexualmente emancipadas, bellas pero malvadas, que explotan económicamente a sus amantes exigiéndoles joyas y dinero hasta arruinarlos. Vista desde esta perspectiva histórica, Lola Lola parece responder al estereotipo de la vamp, pero carece de la intencionalidad de arruinar económicamente al viejo profesor enamorado. Lo seduce y lo abandona por desinterés. Ella es una insaciable sádica y necesita la admiración y la seducción de nuevos amantes, no su dinero.
En cierto sentido, enlaza con la seductora del poema de Keats «La Belle Dame sans merci». Al final del poema, dice: «Vi pálidos reyes, y también princesas, y blancos guerreros, blancos como la muerte; y todos ellos exclamaban: ¡La Belle Dame sans merci te ha hecho su esclavo!» Lola Lola es el punto de inflexión de la vamp en su evolución hacia la «femme fatale», a medida que pasa de moda en los años 30 y se hace preponderante en los 40 con el cine negro. El filme de Josef von Sternberg es un caso singular porque en su siguiente filme en Hollywood, Marlene Dietrich interpreta a otra cantante de cabaret en Marruecos que se enamora de un legionario. En «Marruecos» (1931) sigue la tónica de las grandes amantes del cine, como Greta Garbo, que al final pierden su independencia y poderío sexual sobre hombres y mujeres y, en un acto de sumisión, siguen al legionario por el desierto con el resto de mujeres.
Sobre la exuberancia sexual de Ammy Jolie, escribe en su autobiografía Josef von Sternberg: «Yo había visto a mujeres alemanas vistiendo indumentaria masculina, con sombrero de copa en un baile de Berlín, y me propuse que apareciese así en una secuencia de la película, en la que tenía que cantar en francés en un café y mientras caminaba entre el público tenía que besar a otra mujer. El frac le confería mucho encanto. Yo sólo pretendía imprimir a su manera de caminar un ligero toque lesbiano (…)».
Fantasías del director
No hay que recurrir al feminismo de la segunda ola para comprender que los personajes que interpretaba Marlene Dietrich eran fantasías del director. Parafraseando a Flaubert, Sternberg llegó a decir que Marlene Dietrich era él. Había creado un mundo vaporoso, onírico, en el cual una figura femenina se movía como una fantasía hecha realidad fílmica. Ese ensueño fantasmático de Sternberg sólo podía habitarlo un ser creado por el cine y para el cine, para disfrutarlo en la oscuridad de la sala proyectado en la inmensa pantalla frente a cientos de espectadores.
Lo mismo que con Gilda, a Marlene Dietrich la confundían con su reflejo mítico de mujer fatal: «Todos los hombres que he conocido se van a la cama con Gilda y despiertan conmigo». Soñaban con la aventurera que recorre países exóticos en busca de un amante que la tiene atrapada en una penitente esclavitud amorosa. Es famosa la escena final de «Fatalidad» (1932), en la que interpreta a una espía cuando, ante el pelotón de fusilamiento, un cadete la quiere vendar y ella coge la venda y le enjuaga los ojos. Luego se pinta los labios, se sube una media y, sonriendo, recibe la descarga. Los personajes que interpretó Marlene Dietrich definieron, en resumen, el tránsito de la anticuada vamp a la mujer fatal, de la que ella fue el emblema del naciente cine negro.