La Guerra Civil, el "colapso social" que aún divide a los españoles 90 años después
Rodolfo Martín Villa observa la historia desde un lugar muy privilegiado: el recuerdo. Fue ministro de Carlos Arias Navarro y Adolfo Suárez, y vicepresidente de Leopoldo Calvo-Sotelo. Es decir, fue franquista y demócrata. Ahora es el único que queda vivo de los tres gobiernos y la edad, aunque le ha traído achaques, también le ha dado una perspectiva que a la mayoría le resulta imposible adquirir.
Por eso, cuando habla de algunos asuntos, sus palabras como que pesan más. Y por eso importa cuando hace unos meses se lamentaba, en las páginas de este periódico, sobre que los políticos de ahora "eligen ser nietos de la Guerra Civil en vez de hijos de la Transición".
Razón no le falta.
Hay muchos ejemplos para apuntalar su argumento. Cuando Pedro Sánchez llegó a la Moncloa en 2018, en su primer mes de mandato ya anunció que exhumaría a Francisco Franco del Valle de los Caídos y, desde entonces, ha convertido la lucha contra el franquismo en una parte casi fundamental de su capital político. Lo desarrolla en leyes, discursos, celebraciones, aniversarios... Pero el Gobierno no es el único que coloca estos asuntos encima de la mesa de la discusión política.
Esta misma semana, el martes, el PP volvió a reafirmar su compromiso de derogar la Ley de Memoria Democrática en el primer Consejo de Ministros que celebre Alberto Núñez Feijóo. El miércoles, Vox lanzó una ofensiva en el Parlamento Europeo y en la Comisión para frenar la llamada "ley de nietos" que busca conceder la nacionalidad a los descendientes de los exiliados por la Guerra Civil. El jueves, la Junta Electoral Central se tuvo que pronunciar sobre la posible falta de seguridad jurídica en ese proceso de nacionalización. Y, ayer, se conoció que el PNV recibió su palacete de París, que fue sede del Gobierno vasco en el exilio durante la Guerra, en contra de lo que recomendaban los informes de Hacienda. Todo eso, en sólo una semana.
90 años después y los nietos de la Guerra Civil siguen a garrotazos. Sin embargo, hay quien defiende que esto entra dentro de toda lógica.
"Spain is not different!", asegura el historiador Ángel Bahamonde, parafraseando el célebre reclamo turístico promocionado por Manuel Fraga. Cuenta, en conversación telefónica, que España no es el único sitio del mundo en el que un conflicto interno del pasado se atraganta en el presente. De hecho, es la norma. Sucede en Estados Unidos, donde siguen hablando de su guerra y sacando a pasear la bandera de la Confederación más de 160 años después, y en países como Grecia o Italia. Incluso en Francia, que vivió una especie de guerra civil encubierta en 1944, sigue hoy a vueltas con ella.
"No somos únicos. Una guerra civil es tan dura y tan fratricida que hacen falta muchas generaciones para superarla. Más en casos como la nuestra, que no fue territorial, sino ideológica. Fue de vecinos contra vecinos", comenta Bahamonde. En una línea idéntica se pronuncia el también historiador Enrique Moradiellos: "Pensar que sólo pasa aquí es muy hispanocéntrico", dice, "ningún país que es legatario de un colapso social y que tiene en su origen inmediato un trauma de estas características, tan divisivo, deja de sufrir, de tener que ajustar cuentas tan pronto".
Subraya que apenas han pasado tres generaciones enteras y que la España de ahora todavía tiene padres, abuelos y bisabuelos que lucharon en la guerra o que fueron víctimas de ella. Normal que de vez en cuando se cuele en el Congreso de los Diputados o en los mítines de unos y otros. "Hay que tener en cuenta, además, que la guerra no dio lugar a un tiempo nuevo, sino que se institucionalizó la victoria hasta 1975, cuando murió Franco, que fue caudillo de la victoria hasta su muerte", añade Moradiellos.
Sin embargo, el hecho de que sea lógico que todavía haya heridas abiertas no resta al hecho de que la clase política actual utilice este asunto con fines espurios. A fin de cuentas, se trata de una cuestión identitaria, que moviliza, una bandera... Y lo cierto es que los partidos políticos siempre andan en busca de esas banderas, de elementos con los que frotar la emoción a ver si de repente pare un voto.
"La Guerra Civil se utiliza actualmente como un recurso identitario, sobre todo de la izquierda y de los nacionalistas, contra la derecha", asegura Jorge Vilches, sociólogo e historiador. "Se instrumentaliza para crear un relato político moral que polarice, y que sirva tanto para la movilización de los propios, como para justificar el apartamiento del adversario", añade.
Bahamonde coincide en que la clase política utiliza el conflicto que estalló en 1936, muchas veces sin comprenderlo bien, por "conveniencia política" y "oportunismo". Aunque él cree que sucede "a derecha e izquierda". En cualquier caso, "una guerra civil implica que hay vencedores y vencidos y los herederos de unos y otros siempre tendrán algo que echarse en cara", dice.
Eso sí, los tres historiadores consultados coinciden en que los intentos que se han llevado a cabo para intentar pacificar el recuerdo, por decirlo de alguna forma, no han sido todo lo fructíferos que deberían. Hablamos de la Ley de Memoria Histórica de 2007 y la de Memoria Democrática de 2022. Las dos fueron impulsadas por gobiernos del PSOE y las dos levantaron ampollas en la exacta misma dirección: la derecha (el PP primero y luego PP y Vox) les acusó de reabrir heridas de manera innecesaria, mientras que las asociaciones de memoria consideraron que se quedaban cortas porque, por ejemplo, no permitían juzgar crímenes cometidos durante el franquismo.
Habla Vilches: "Las dos leyes han podido ayudar en lo humanitario con las víctimas, pero en lo político son leyes que buscan la confrontación, no el consenso en cuanto a un pasado doloroso". Además, acusa a los dos gobiernos, el de Sánchez y el de José Luis Rodríguez Zapatero, de "imponer la memoria sin el acuerdo de la oposición". Habla ahora Moradiellos: "Alguna medida legal de unificación era necesaria, no es normal que todavía haya fosas comunes con enterrados, de los dos bandos. Enterrar a los muertos dignamente es la mejor forma de acabar con el trauma". "Pero las medidas para restañar heridas deberían haber contado con más consenso político, transpartidista y transgeneracional del que contaron", añade.
Si hay pactos de Estado en materias como la violencia de género o el terrorismo, que también generan posturas enfrentadas, ¿por qué no iba a haberlos sobre la Guerra Civil? "Creo que ni unos ni otros querrían pactar, ese es el problema. Desde el punto de vista político, no les viene mal mantener cierto rescoldo", lamenta Bahamonde.
Y la siguiente pregunta es casi obligatoria: con la creciente polarización de la sociedad española, con tanto descalificativo al adversario político, con cloacas y colonización de las instituciones, con el regreso de populismos... ¿estamos remotamente cerca a cómo estábamos en 1936. La respuesta es que no.
"No. No estamos en el ambiente político y social de la década de 1930. Es importante que la gente rechace la demagogia guerracivilista para que no la manipulen", asegura Vilches. "Los paralelismos son forzados y simplones. Es cierto que, si no los entendemos, podemos caer en errores del pasado. Pero somos un país mesocrático y aunque la clase media lo esté pasando regular, no estamos como entonces", apunta Bahamonde. Moradiellos coincide: "Antes, el hambre era solemne, real. Ahora, el sobrepeso es una de las principales causas de muerte evitable. Una sociedad con tanto problema cardiovascular no acaba matándose así. Eso sí, jugar con fuego es peligroso".