Steinmeier redefine la neutralidad presidencial ante el avance populista
Frank-Walter Steinmeier habló en su entrevista de verano con la televisión pública ZDF de una forma poco habitual para un presidente federal alemán. No anunció que vaya a abandonar la neutralidad de su cargo ni quiso presentarse como un actor más dentro de la pelea partidista, pero sí dejó claro que ese papel ya no puede limitarse a mirar desde arriba cuando crecen fuerzas que no solo compiten por el poder, sino que cuestionan las reglas sobre las que se sostiene la democracia alemana.
“La cuestión de la imparcialidad ya no es suficiente, hay que tomar posición”, defendió Steinmeier. La Presidencia federal, vino a decir, debe seguir por encima de los partidos pero no puede ser neutral ante quienes atacan el sistema que permite que esos partidos existan. Una frase con peso porque en Alemania el presidente ocupa un lugar muy distinto al del canciller. No gobierna, no dirige ministerios y casi nunca entra en la disputa diaria. Su autoridad es más moral que ejecutiva y por eso cada palabra se mide con una prudencia que forma parte del propio decorado institucional.
Steinmeier explicó que hace veinte años el presidente podía parecer alguien que flotaba por encima de los partidos, entre izquierda y derecha, entre verdadero y falso, entre opciones distintas pero aceptadas dentro de un mismo marco. Ahora, añadió, hay una parte del electorado que ya no vota solo contra un Gobierno, sino contra el sistema democrático.
Ahí sitúa Steinmeier el límite de su neutralidad. No en una preferencia partidista, sino en la defensa del terreno común. El presidente alemán no puede apoyar a un Gobierno contra la oposición, pero tampoco puede colocar en el mismo plano a quienes aceptan las reglas constitucionales y a quienes las utilizan para debilitarlas desde dentro. Esa es la línea que intenta trazar. Una línea incómoda, porque cualquier intervención visible desde Bellevue despierta enseguida la sospecha de que el jefe del Estado quiere hacer política. Steinmeier responde, en el fondo, que callar también puede ser una forma de tomar partido. ,
No habló en abstracto. El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ha dejado de ser una fuerza de protesta limitada a ciertos territorios para convertirse en un actor capaz de disputar el primer puesto en algunos sondeos nacionales y de llegar muy fuerte a las elecciones regionales del este. Steinmeier evitó dar por hecha una victoria de la extrema derecha en Sajonia Anhalt en septiembre, porque la campaña ni siquiera ha empezado, pero el aviso estaba ahí y a su juicio, cuando alguien entra en una cabina electoral no decide solo entre partidos, decide también si quiere conservar el sistema democrático o abrir espacio a alternativas autoritarias. Esa idea explica que el presidente no se arrepienta de algunas de sus frases más discutidas. Durante la pandemia, criticó las protestas contra las restricciones sanitarias y advirtió de que aquellas marchas ya no podían verse como simples expresiones de malestar ciudadano, porque en ellas se mezclaban también teorías conspirativas y grupos radicales. Preguntado ahora por si lamentaba aquella afirmación, respondió que no. Para sus críticos, ese tipo de intervenciones lo acercaron demasiado a una parte del debate político pero para el presidente el problema aparece cuando una protesta deja de ser solo una protesta y empieza a servir de plataforma a quienes niegan la legitimidad de las instituciones.
Steinmeier combinó esa advertencia con una defensa del paquete de reformas acordado por la gran coalición de Friedrich Merz. “Por fin ha ocurrido algo”, dijo sobre las medidas pactadas por conservadores y socialdemócratas. Incluso recurrió a una imagen futbolística y aseguró que la coalición había dejado la pura defensa para pasar “al juego de ataque”. Steinmeier cree que el Gobierno puede haber superado su “autobloqueo”, pero avisó de que las reformas estructurales no buscan primero poner más dinero en el bolsillo de los ciudadanos, sino estabilizar los sistemas sociales. Steinmeier no es un presidente de gestos espectaculares ni un orador pensado para incendiar una plaza. Habla como alguien que todavía cree que la República puede defenderse con paciencia institucional, reformas y una idea muy alemana de responsabilidad. Puede sonar insuficiente en una época más brusca. En la Villa Hammerschmidt de Bonn, lejos del Bellevue en obras y del ruido diario del Bundestag, no cambió formalmente las reglas de la Presidencia federal, solo recordó que la distancia institucional deja de ser virtud cuando empieza a parecerse demasiado al silencio.