Historias sin fin con los Miuras en insoportable modo San Fermín
Casi sesenta años lleva Miura pasando por los Sanfermines cada año, con sus miedos y con esa marca tan indiscutible de la casa. Desde Zahariche, tierra sevillana, hasta la mismísima Navarra. Con todo su misterio y su leyenda a cuestas, a las ocho de la mañana corren por las míticas calles del recorrido sanferminero, poniendo a prueba a los corredores más preparados. Y por la tarde llega la verdad más verdadera.
“Andaluz” abrió plaza y Manuel Escribano se fue a portagayola. Marca de la casa también en este caso del torero. De “Andaluz” a andaluz. El sevillano lució un vestido que homenajeaba a su ciudad. El toro se dejó hacer después. Embestía a media altura y con poca entrega. Pero en esa medianía no se comió a nadie. Decoroso Escribano, sin apretar al toro ni la faena. En el tercio de banderillas brilló junto a Colombo. La estocada hizo que cayera la primera oreja de la tarde.
Se la jugó en el tercio de banderillas ya con el cuarto y en solitario y en la portagayola. A la muleta llegó el miura bajo mínimos de emoción e ímpetu y la faena de Escribano fue eterna para el poco contenido y transmisión de lo que ocurría en el ruedo. La media honda alivió la espera. Se le pidió el trofeo (no concedido).
Pasó apuros la cuadrilla para banderillear al segundo. Cortaba el toro. Después, Pepe Moral tuvo la paciencia necesaria para ir haciéndolo por el pitón izquierdo y por ahí construyó la labor de naturales, alargando la embestida del toro a media altura, pero a más. No era fácil, pero sacó los recursos. Por el derecho se quedaba muy corto.
Descastado fue el quinto al que Pepe Moral se impuso con verdad y sobriedad. A fuerza de oficio y de hacerle las cosas bien le alargó las cortas arrancadas al descastado toro. Supo medir los tiempos, maravilla, y falló con la espada la sobria actuación.
Colombo sacó un capote en el que podía leerse “Fuerza Venezuela”. Y nos unimos. Terrible terremoto. Dureza extrema. Se entregó y arriesgó en banderillas, y el toro llegó a la muleta con muy poco dentro y con alguna que otra mirada que te pedía el carné del valor, sobre todo al principio. Luego claudicó. Acabó pasando por la muleta sin más y Colombo tiró de oficio en un trasteo infinito. Tanto, que sonó un aviso sin haber entrado a matar. Tremendo. La efectividad con la espada y su complicidad constante con el tendido hicieron posible la concesión de un trofeo. Valía todo. Mientras nosotros nos derretíamos arriba.
Para el sexto Colombo echó el resto llamando la atención del público en todo momento. Lo que viene siendo: vendiendo la mercancía. Y entonces vino el quite por lopecinas, el interminable tercio de banderillas dirigiéndose a las peñas primero y la misma línea con la muleta. Tuvo buen pitón izquierdo el miura descolgaba y la quería tomar. Menos intención tenía por el derecho. Lo mismo daba. Colombo tenía una misión clara: descararse con las peñas una y otra vez y entre una cosa y la otra pegar pases para aquí para allá en faena infinita. Como la tarde. Y qué tarde. La virgen. Se había puesto un modo festivo que resultaba indecoroso. Moral, sin espada, quiso hacer el toreo de otra manera.
FICHA DEL FESTEJO:
Lunes 13 de julio de 2026. Plaza de toros de Pamplona. Novena de San Fermín. Lleno de "No hay billetes".
Se lidiaron toros de Miura, de gran caja y enormes. 1º, de media arrancada sin humillación ni maldad; 2º, mirón, incierto y agradecido; 3º, paradote; 4º, media arrancada sin emoción; 5º, descastado; y 6º, más vivo y de corto recorrido, bueno por el izquierdo.
Manuel Escribano, de azul noche y oro, estocada desprendida (oreja); y aviso y media honda (vuelta tras petición).
Pepe Moral, de blanco y plata, estocada corta, descabello (silencio); y pinchazo, metisaca, estocada y tres descabellos (silencio).
Jesús Enrique Colombo, de burdeos y oro, aviso, estocada (oreja); y aviso, estocada trasera, segundo aviso, descabello (saludos).