"Mamá, siento que está temblando": juegos y miedo entre los niños desplazados por el terremoto en Venezuela
Más de dos semanas después de que un doble sismo sacudiera la costa caribeña de Venezuela, cientos de niños siguen reviviendo el temblor en su memoria. Muchos de ellos fueron a parar al Parque del Oeste Alí Primera, en Caracas, un espacio verde convertido en refugio improvisado para las familias evacuadas de La Guaira, el estado litoral más golpeado por la catástrofe. Allí, entre tiendas de campaña y colchones donados, la infancia intentó abrirse paso pese al trauma reciente. Un espíritu que se ha mantenido ahora que han sido reubicados a refugios más estructurados, como instalaciones escolares o deportivas.
Sofía Valentina es una de las niñas que sobrevivió al derrumbe de su vivienda. Su relato mezcla el candor propio de su edad con el peso de lo vivido. "Cuando yo estaba en la casa cayeron los tanques y se botaron, habían escombros, tragué polvo", recuerda. El instante en que su familia logró salir con vida quedó grabado en su memoria a través de la reacción de su madre. "Mi mamá se echó a llorar, lloró de la felicidad porque salimos vivos. Si hay algún otro terremoto tírense al piso o váyanse a la calle", recomienda la pequeña, que no deja de sentir que el piso se sigue moviendo.
"Mamá siento que está temblando"
El hijo mayor de Mariela García todavía la despierta algunas madrugadas. "Mamá, siento que está temblando, muévete", le dice aunque no haya temblor. Vivían en el urbanismo Hugo Chávez, que quedó prácticamente destruido, y donde pasaron algunas noches más antes de ser reubicados. "Mis hijos piensan que está temblando todo el tiempo, todo esto es terrible. En la noche era peor, veíamos cómo alumbraban desde los edificios pidiendo ayuda, uno me decía ‘mamá, vamos a sacarlos’, pero cómo yo ayudo con mis hijos pequeños y esos edificios que se estaban cayendo".
Ese tipo de testimonios se ha vuelto habitual en los refugios venezolanos, donde el miedo se filtra incluso en los juegos infantiles. Algunos niños han comenzado a representar el sismo con sus muñecas, que "corren" ante temblores imaginarios o escapan de escombros de juguete. Para los adultos que los acompañan, revertir esa imagen mental que no cesa se ha convertido en una tarea tan urgente como repartir comida o ropa.
Con ese objetivo, distintos grupos de artistas, músicos y docentes han organizado, de forma independiente, actividades recreativas dentro del parque. Erick Sandoval, director de una escuela de circo social y funcionario del Ministerio de Cultura, coordina la programación cultural del campamento, que combina música, títeres, pintacaritas, cuentacuentos y magia. "La intención es mantener una agenda permanente e incorporar una parte formativa para mantenerlos ocupados en medio de esta situación", explica Sandoval.
"Abrazo en armonía"
Por su parte, el cantautor y multiinstrumentista David Domínguez impulsó desde redes sociales una convocatoria bautizada "Abrazo en Armonía", que reunió a docentes y músicos voluntarios dispuestos a llevar percusión corporal y canciones a los campamentos. "Estamos viniendo a hacer actividades recreativas y musicales en los refugios. Vemos mucha emotividad", cuenta Domínguez, quien asegura haber encontrado en los niños "diferentes caras y diferentes reacciones" ante su presencia.
Entre las voluntarias está Adriana Martínez, docente de educación especial, quien recorre las carpas pintando caritas y jugando con los más pequeños. Para ella, la prioridad va más allá del entretenimiento. "Y tratando de dar esa sonrisa que ahorita a los niños les hace bastante falta", resume Martínez, que trabaja junto a un grupo de veintisiete educadores voluntarios llegados desde el interior del país.
La atención, sin embargo, no se limita al juego. En el refugio también se ha priorizado la alimentación, las revisiones médicas y, en algunos casos, el apoyo psicológico para los menores que llegaron tras perder sus hogares. Elizabeth Galvis, madre de un niño menor de diez años, describe la respuesta que han recibido desde su llegada al campamento. "Nos han presentado la ayuda muchos recreadores que han venido, comida, los han afeitado también, han llegado las ayudas y nos han ayudado a todos", relata Galvis, quien destaca el trato recibido pese a las condiciones precarias del alojamiento temporal.
680.000 niños necesitan asistencia
La magnitud de la emergencia humanitaria que enfrenta la infancia venezolana quedó reflejada en la cifra divulgada por Unicef, que estima que unos 680.000 niños necesitan asistencia en el país tras el terremoto. El organismo de Naciones Unidas para la Infancia enmarca así una tragedia que, según los últimos balances, ha dejado más de 2.200 personas fallecidas y unos 12.000 heridos en poco más de una semana.
Mientras los venezolanos continúan con las labores de búsqueda de cuerpos, y las autoridades muy poco a poco van prometiendo que reubicarán a las familias afectadas, el trabajo silencioso de decenas de voluntarios busca sostener, aunque sea por unas horas al día, algo parecido a la normalidad para los niños que perdieron su casa, su barrio y, en muchos casos, la sensación de seguridad que su hogar y su entorno les permitían.