Crítica de 'El caballero de Olmedo': Vueltas y revueltas de un antihéroe ★★★☆☆
Después de un periodo inicial centrado exclusivamente en la gestión y la programación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Laila Ripoll acomete su primera dirección escénica dentro de la institución pública desde que se colocó al frente de ella, sustituyendo a Lluís Homar, en enero de 2025.
Y no se lo ha puesto fácil a sí misma la veterana directora con la elección del título, porque creo, sinceramente, que, entre todas las obras del Siglo de Oro que pertenecen al dichoso canon, y que son más conocidas por el gran público, ‘El caballero de Olmedo’ es la más rara y la más complicada de llevar a escena con buenos resultados. De hecho, confieso que no he visto nunca ningún montaje de esta obra -y he visto a lo largo de mi vida ya unos cuantos- que no me haya resultado un poco aburrido. La razón estriba en que siempre se intenta representar dentro de las coordenadas que consideramos propias del Siglo de Oro, y del teatro lopesco en particular, cuando, en verdad, es un texto que se aparta con extraordinaria originalidad de esos esquemas: la acción es escasa, el argumento es deliberadamente previsible y las pasiones están sometidas a un plan trazado con llamativa inexorabilidad. Los mayores logros de ‘El caballero de Olmedo’ no están, por tanto, en la construcción de su peripecia dramática, que es bastante simple y machacona, sino en el carácter simbólico y poético de un personaje, don Alonso, que precede y modela de manera asombrosa al antihéroe romántico que se desarrollaría literariamente en toda su amplitud 200 años después.
La propuesta de Laila Ripoll, que se ha estrenado en el Festival de Almagro y abrirá la próxima temporada en Madrid, parece atender, curiosamente, esa relación con el Romanticismo en lo que concierne a la estética y a la ambientación (soberbios los trabajos, una vez más, de Almudena R. Huertas en el vestuario, Luis Perdiguero en la iluminación y Álvaro Luna en la videoescena); pero falta decisión a la hora de empujar la trama hacia la propia conciencia del protagonista, porque es ahí, dentro de él y no fuera, donde tiene lugar el verdadero conflicto. En definitiva, de lo que va ‘El caballero de Olmedo’ es de un hombre tratando de hacer valer su libertad individual para desafiar un destino que ya está escrito para él (como vemos, es el mismo gran tema de la literatura romántica); un hombre que, a riesgo de perder incluso la propia vida, se obstina en perseguir un ideal, el del amor verdadero, en un mundo envilecido y cruel al que no podrá nunca vencer (“Palpé la realidad y odié la vida”, podría decir perfectamente a modo de conclusión doña Inés, como Espronceda, al ver el trágico final de don Alonso).
Ripoll, sin embargo, ha soslayado en buena medida esas fuerzas externas, esencialmente poéticas, que vaticinan el triste final de don Alonso y que deberían justificar la lucha interior del personaje, una lucha que no se atisba desde el patio de butacas. Baste añadir a este respecto que se han eliminado en la versión las conocidas seguidillas que anuncian de manera decisoria todo lo que va a ocurrir: “Sombras le avisaron / que no saliese, / y le aconsejaron / que no se fuese / el caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo”.
El resumen, uno asiste como espectador a un nuevo intento, llevado a la práctica con profesionalidad e innegable corrección, de sacar el conflicto fuera de don Alonso, tal vez para hacerlo así más entendible, más dinámico, más “para todos los públicos”. Sin embargo, como ocurre siempre, el resultado se queda un poco soso. Desde luego, es cierto que plantear una propuesta radicalmente distinta, que concentrase toda la acción en la conciencia y la voluntad del protagonista, exigiría contar con un gran actor capaz de hacer emerger en el escenario toda la sensibilidad y la hondura existencial que late en el personaje, algo que no está, de momento, al alcance de Víctor Sainz ni, en general, de esa parte más joven de un elenco que parece configurado con el loable propósito de dar a algunos canteranos de la compañía la oportunidad de foguearse en trabajos más complicados que los que han hecho hasta ahora. Entre estos jóvenes, cabe destacar en el papel de don Rodrigo a Jorge Varandela, quizá el que mejor ha sabido habitar, y mostrar al espectador, los muchos recovecos semánticos y emocionales que tiene el verso de Lope. Mucho más sueltos, cómo no, aunque en papeles secundarios, están los veteranos, entre los cuales hay que mencionar a Gerardo Quintana, a José Luis Martínez y, por supuesto, con mayor peso en la trama, a David Lorente, que es prácticamente ya el gracioso del teatro clásico español por antonomasia.
- Lo mejor: Es una producción muy cuidada y vistosa, con una estética original y acertada.
- Lo peor: Es una obra muy difícil de montar que siempre se queda un poco aburrida.