La silla plegable de Feijóo
Rafa Latorre tiene razón: el enredo de Feijóo con la mal llamada “ley de nietos” parece un gag de Pepe Viyuela. Los más jóvenes quizá no recuerden que el hoy actor de prestigio empezó a hacerse un nombre en la televisión encarnando un personaje cómico que era incapaz de completar tareas físicas aparentemente sencillas. La más famosa de ellas era manejarse con una simple silla plegable. El personaje de Viyuela acababa enredado en todo tipo de interacciones con el mueble. Cualquier cosa menos lograr usarlo para sentarse.
No nos ha terminado de quedar claro qué se denunciaba exactamente. Deja una sensación de exceso de énfasis. Sospechas mejor o peor razonadas elevadas a categoría. Quizá, lo que pedía este caso era una fiscalización más silenciosa que sólo pusiera el tema sobre el tapete cuando hubiera descubierto algo tangible y concreto que denunciar. Era previsible que existiera hemeroteca que desnudara contradicciones. (Aunque esto último ha perdido bastante valor en la Españba de hoy después de doce años de Sánchez en la primera línea). Sabes que has cometido un error político cuando tienes que matizar al día siguiente lo que dijiste la víspera.
La precisión terminológica ha dejado que desear. Anson tuvo que aclarar en este diario que, mientras el voto del nacionalizado en cuestión fuera verdadero, no cabía insinuar la idea del “pucherazo”.
Vuelve a quedar de manifiesto que el PP tiene una gran dificultad para colocar temas en el debate. No es una maña fácil pero se da la circunstancia de que sus dos competidores principales -PSOE y Vox- la manejan con soltura llamativa. A veces parece que en Génova sintieran lástima por las escaletas de los espacios más beligerantes contra ellos. (No es menos cierto que nos pasamos la vida criticando que nunca sacan nada propio y cada vez que lo hacen se lo arrojamos a la cara de vuelta. Qué le vamos a hacer).
Lo sucedido es interesante porque nos conecta con uno de los aspectos más fascinantes que presenta el centroderecha sociológico actual. Lo decía ayer en estas páginas Sergio Barbosa: el gatillazo de las generales de 2023 es un trauma todavía no digerido. A raíz del mismo, se ha generado una suerte de mito que dibuja a Pedro Sánchez como un personaje político virtualmente indestructible, capaz de salirse con la suya echando mano de todo tipo de artes más o menos visibles. Con frecuencia escucho a personas nada proclives a desear que revalide el cargo absolutamente convencidas de que, llegado el momento de votar, conseguirá dar con la tecla que le permita retener una mayoría para seguir durmiendo en Moncloa.
Esto nos lleva a uno de los elementos más esgrimidos por aquellos que defienden que este asunto merecía situarse en el centro del debate en los términos en los que lo ha hecho el líder del PP. El de que Sánchez es capaz de cualquier cosa dentro de un plan deliberado de colonización institucional. Son ocho años ya jalonados de ejemplos que ratifican esa tesis. Es posible que se haya ganado esa presunción de culpabilidad. Pero aquí se ha entrado en un terreno que rebasa la línea finísima que separa el no pasarle ni media a un Gobierno con poner en duda el andamiaje institucional que está por encima de él. No es lo mismo, pero rima con las ya totalmente desinhibidas críticas que la izquierda dedica al poder judicial.
Entroncando con lo anterior, existía además el problema de transmitir una cierta sensación perdedora. ¿Por qué un jefe de la oposición al que se le supone en posesión del más ilusionante proyecto alternativo parece decirnos que no se ve capaz de seducir a toda esa nueva masa de posibles votantes incorporados al censo?
Por fortuna para Feijóo, la situación actual del Gobierno hace que todos sus males sean más bien efímeros. Para cuando usted tenga este texto ante sus ojos, de todo este lío se hablará tirando a muy poco. La imputación de la directora general de la Guardia Civil es casi lo de menos. Lo de más está en el hecho de que el Ejecutivo tardara segundos en ratificarla en el puesto. De nuevo la jugada del Fiscal General para insistir en el mismo mensaje: “nos da igual lo que digan los jueces”.
Siempre acaba llegando alguien a ayudarte a poner bien la silla plegable.