Es categórica, como todas sus frases: «Si dejo la pintura, yo me voy al infierno». La suelta, como quien no quiere la cosa, junto a muchas otras que parecen aforismos, sentencias del maestro al alumno, en 'Luis Gordillo. Manual de instrucciones', el espléndido y didáctico documental que sobre su vida le dedicó el pasado año Sema d'Acosta. Ahí va otra: «Creo que estoy satisfecho. Para la materia prima que manejé de joven, todo ha sido un éxito». Nos reunimos con él en su refugio, un maravilloso estudio ligado a su casa a las afueras de Madrid, en la localidad de Villanueva de la Cañada. Como la vivienda, a la que se refiere como 'La Casa Verde', fue construido –en este caso, hace quince años– por Juan Herreros, el arquitecto-artista, que además es buen amigo. «Y fíjate cómo está concebido para que esté siempre bañado en luz pero que esta no incida directamente en las paredes, y, de ese modo, en las obras», me invita a reparar Pilar Linares, su pareja, su mano derecha, su memoria. Es ella la que nos recibe en la puerta y la que nos acompaña a la estancia en la que, en esta jornada que ya avisa que despunta el verano, Luis dibuja absorto mientras canturrea. Fuera quedan los éxitos profesionales, el reciente reconocimiento por parte de la ciudad de Sevilla de declararle hijo predilecto, la cercana presentación del catálogo de 'Retroalimentación', su última exposición en la Fundación que lleva su nombre en la ciudad hispalense, también junto a D'Acosta... Dentro, los sueños y las inseguridades de todo creador. Los garabatos que darán pie a obras nuevas («Todo comienza en el dibujo –me espeta–. Hago muchos, sobre todo cuando me aburro»); los que emborronan obras antiguas («Ahora rehago más. Es que si no es así, tengo que romper esos trabajos. Y amenazo con hacerlo con muchos, que en realidad no merecen la pena); también la última pintura (que bromea con que llamará 'Pintura', «porque tú no te puedes imaginar la de capas que hay ahí», dice mientras acaricia la superficie del cuadro como el que calma al amigo desasosegado); los libros («toda esta hilera –expresa orgulloso– es solo de mis catálogos»); y las fotos. Las que hace y manipula («¡Yo hago muchas! Hago muchas fotos malas. En este ámbito no doy mucho de sí»); las que recorta de la prensa que no deja de leer en papel; las personales (con sus hermanos, con sus hijas, con sus nietos, esas mellizas y ese Teo que nos devuelven al hombre sensible y desarmado de ironía)... Fotos que reconfortan y que sirven de anclaje contra el olvido, en puntos estratégicos del espacio de trabajo. ««¡Ay, corazón!», le decía su novio, «Ay, corazón», al mirarla tan guapa». La mismísima Concha Piquer se transforma, por Gordillo chaupurreada, en banda sonora de nuestros silencios. Quizás la batalla no esté tan perdida... —¿En qué momento vital y creativo se encuentra, Luis? —Sin duda, 91 años influyen en mi vida negativamente. La vejez es un mal invento. De todas formas, yo sigo defendiéndome y sigo trabajando. Actualmente tengo una exposición en Berlín con la galería Carlier Gebauer con obras sobre papel junto a otros artistas de renombre internacional. Lo que quiero decir es que mi obra está muy admitida y que puedo vivir de las rentas en un amplio sentido. Preparo igualmente una muestra para Sevilla sobre la geometría en mi trabajo. –Le leo en otra entrevista que lleva una vida monacal, entregada a la labor en el estudio. ¿Cómo termina filtrando la realidad exterior en el estudio y en el trabajo, si es que se filtra de algún modo? —Mi vida se puede considerar así, en crisis, por varias causas. Vivo a más de treinta kilómetros de Madrid, en un lugar más bien solitario. Además no conduzco, debido a mi edad. Por otro lado, mi dependencia tan fuerte de la pintura se debe, primero, a mi interés por la misma, claro. Pero también a que no encuentro otras fuentes con las que emplear mi tiempo. No soy el único: he conocido a otros artistas con el mismo problema. —Aquí vivió aislado durante la pandemia. Han pasado seis años de eso, pero no sé si para alguien que ha vivido tanto fue tan trascendental comparada con otros acontecimientos vitales. —De la pandemia no me acuerdo, ya que mi memoria, en los últimos años, se está diluyendo. De todas maneras, mi taller está a pocos metros de mi casa y eso me permitió aislarme. Debo decir de todos modos que, en esos momentos, yo estaba súper informado de todo lo relativo a la enfermedad. Y fue justo después cuando a mí se me cortó el recuerdo. En cuanto a la realidad exterior, Pilar, mi mujer, dice que no la conozco, que no la vivo, porque mi realidad soy yo mismo y la pintura. No estoy de acuerdo con ella. Pero habría que estudiar este tema: quizás hay muchas realidades posibles. —Entiendo que la vejez obliga a dosificar fuerzas, ¿pero ayuda a trabajar con mayor lucidez? —Sobre eso que dices de dosificar fuerzas, eso es totalmente cierto. Con 91 años hay que ahorrar y afinar mucho las energías. Yo estoy convencido de no dejarse vencer por el desgaste. Por el contrario, no creo que la vejez, al menos en la mía, aumente la lucidez. A mí me ha robado algunos valores y me ha hecho retroceder en ciertas convicciones. Por eso no la recomiendo. —¿Cómo se lleva con la impaciencia? —Con la impaciencia, como con la ansiedad, me llevo mal. Soy muy nervioso y a veces eso hace que no sea fácil trabajar. Sin embargo, en el dibujo, la ansiedad puede ayudarme porque es una labor muy directa, una actividad muy automática. Esta pregunta me introduce en mi mundo psíquico, el cual no me facilita la vida. Durante algunos años estuve relacionado con el psicoanálisis. Si me refiero a este tema es porque siempre he pensado que he estado muy influido por él. —Es cierto que reconoce haber experimentado muchas crisis a lo largo de la carrera, y haberse refugiado en el psicoanálisis como método. Vistas con perspectiva, ¿cómo percibe estas crisis? —He tenido a lo largo de mi vida crisis importantes y casi siempre viviendo en el extranjero. Por ejemplo, en París, en donde estuve dos años, no pintaba y dedicaba el tiempo a estudiar en La Sorbona. En Londres fue por el estilo. Todavía era joven y mi cerebro no estaba bien compensado. Aún no sabía que era un neurótico. Más tarde, ya en España, comencé mis tratamientos psicoanalíticos que duraron muchos años. Siempre he pensado que han podido influir en mi pintura. —Afirma en algún texto que lo más «rabioso y transgresor» de toda su trayectoria fue su primera expo, la de Sevilla de 1959. ¿Cómo es eso posible? —Creo que, visto todo esto desde el presente, lo que afirmo parece exagerado. Pero tiene explicación. En primer lugar, fue la primera exposición de mi vida, y en Sevilla. Debió ser un puro acontecimiento para mí, que, además, poco antes, no era nadie. Expuse material vanguardista. Se trataba de trabajos sobre papel puramente informalistas que para la ciudad de la época debían de ser sorprendentes. En alguna obra había mucha materia y, esta, a causa del calor, empezó a derretirse y a chorrear. La sala era un espacio oficial. Yo no comprendo cómo fui elegido... —Le fue infiel al derecho con la música y con la pintura. Al final 'se casó' con esta última. Desde la atalaya de la edad, con la experiencia que tiene ahora, ¿cómo habría sido el Luis Gordillo abogado y el Luis Gordillo músico? —Esta respuesta podría ser el inicio de una serie para la tele. Una respuesta abundante, llena de precisiones, alusiones y todo tipo de 'ones'. Me inicié primero en la música porque una profesora de piano venía a casa de mi familia y nos daba clase a los ocho hermanos. Más tarde, mi hermano mayor y yo íbamos a casa de la que había sido profesora de mi madre. Yo llegué a interpretar incluso a Mozart, Debussy y cosas semejantes. Cuando llegó la hora de la universidad, la elección de la carrera de Derecho fue casi normal, como si fuera una continuación del bachillerato, ni deseada, ni odiada, algo mecánica. Y durante los cinco años que duró me permití desear artísticamente tanto la música como lo pictórico. El pintor Santiago del Campo venía a casa de mis padres y yo hacía bodegones guiado por él. Iba a los conciertos. Era de la dirección de Juventudes Musicales y formaba parte del grupo artístico e intelectual de mi generación en Sevilla. Por eso, cuando terminé Derecho, le presenté a mi padre una auténtica resolución concreta sobre lo que iba a ser mi futuro: Estudié dos años de la llamada Escuela de Bellas Artes y tuve la suerte de encontrar a un gran profesor de dibujo vernacular, Miguel Pérez Aguilera. Ese fue el principio de mi profesión, y hasta ahora. Yo no me veo como abogado, y aunque siempre me ha interesado la música como compositor, esa profesión es aún más difícil que la de la pintura. Así pues, soy pintor. Al taller llega Gordillo todas las mañanas. Lo hace después de varios rituales. Primero, desasirse del mal humor por tener que haberse levantado. Luego tomar su cafecito con leche y su pan con aceite y azúcar, para él, como 'comulgar'. Leer a la vez la prensa y, después, paseo por el jardín. Dan las diez de la mañana. «Entonces entro en el estudio, pero ahí empiezan los problemas. La gente se cree que pintar es divertido, pero para mí no es en absoluto la felicidad. Por eso mi obra es «de muchos cojones»». Lo repetirá varias veces, e incluso se ganará la reprimenda de Pilar. Pero no renuncia al epíteto. Nos rodean muchas obras, todas recientes. Gordillo no ha sabido serle fiel nunca a una única. Están las pinturas, también monotipos que prepara para El Prado. Y recortes que le sirven de alfombra y por los que transita cuando se mueve por el estudio. Hasta esa piedra que le acompaña como amuleto desde no sabe cuándo y que solo ahora se ha atrevido por primera vez a plasmar en un lienzo. «Vengo todos los días, pero ahora con la vejez, acabo rendido», confiesa. —¿Está cerrado el estilo de Luis Gordillo? —Creo que mi estilo sigue abierto. Con mi edad, no sé cuántos años me quedan. Solamente puedo seguir con mis últimos trabajos y respirar fuerte. Yo diría, de todas maneras, que mi estilo se caracteriza por el cambio constante, llevado por mi curiosidad, por una necesidad instintiva, como si fuera una serie de televisión por capítulos. Sin embargo, y esto es muy importante, a estas alturas he conseguido que mi estilo sea considerado como algo total. Eso sí: con muchas patas y cabezas. También diría que a mi trabajo no le basta con su primer momento de tipo instintivo, sino que lo que necesita es que ese primer material sea estudiado, ordenado y convertido, entre comillas, en construcción, es decir, que combine gesto y mecánica. —¿Por qué interesa tanto a las jóvenes generaciones de pintores? —Es un hecho cierto que sucedió este fenómeno en los setenta con algunos pintores de una generación más joven que la mía. Curiosamente, ninguno había hecho estudios de pintura. Me refiero a Carlos Alcolea, Chema Cobo, Carlos Franco… cuyas obras se podían parecer a lo mío. También artistas a los que yo admiro, como José María Sicilia o Juan Uslé, me han comentado recientemente la importancia que tuvo mi trabajo en su desarrollo. Por último, me produce una gran satisfacción la admiración y cariño que recibo de ciertos pintores jóvenes como Miki Leal, Rubén Guerrero o Secundino Hernández. —Pero a usted, que tanto ha transitado por el dibujo, por la fotografía, ¿hay que considerarlo un pintor? —Los pintores han sido siempre también dibujantes. No son estas materias tan diferentes. Yo dibujo constantemente. Hay para mí en ello un quehacer de placer, de juego divertido, lo opuesto en mi trabajo a lo que es el cuadro. Hay muchos artistas que pintan como yo dibujo, libremente, sin tapujos. Deben de ser más felices que yo. Mis cuadros pueden ser labor de muchos meses. Es algo bastante duro. La foto, por su parte, ha tenido un papel protagonista en lo mío como pintor. En la exposición que tengo ahora en Sevilla en la Sala Luis Gordillo, comisariada por Sema d'Acosta y que se titula 'Retroalimentación', se explica muy bien la relación fundamental entre foto y pintura en mi obra. —Ahora que lo menciona, no le he preguntado aún por el documental que le dedicó el propio Sema. ¿Cómo se vio? —Me ha sorprendido positivamente el 'personaje Gordillo' del documental. Aunque yo convivo con él todos los días muy íntimamente, es algo más complicado. Mi relación en los últimos años con Sema d'Acosta ha sido de una enorme complicidad. Él ha sido comisario de importantes exposiciones mías, lo cual facilitó mucho 'mi actuación' en 'Manual de instrucciones'. —¿Le gustó como le veían los demás en la película? —Lo sentí como una densa ducha de vitaminas. —¿Es usted la persona que mejor le conoce? —Creo que me conozco bien, aunque eso no significa gran cosa porque en mí hay otro yo que duda de ello. Estos campos están llenos de baches. —Entonces es que hay otra persona… —Mi mujer, Pilar Linares, con la que llevo viviendo más de 40 años, me conoce ampliamente como artista y como persona, con mis 'grandezas' y patologías. Ella es quien hace realmente que mi vida sea posible. —Acaba de recibir el reconocimiento del pueblo sevillano a través de sus instituciones. ¿Es una manera de, no tanto hacer las paces con su ciudad natal, pero sí de reencontrarse con ella? —El ser nombrado hijo predilecto de Sevilla me ha producido una enorme alegría, aunque he estado la mayor parte de mi vida fuera de la ciudad. Mi vínculo con esta capital ha ido creciendo con los años. Tengo allí tres hermanas con las que mantengo una buena relación y conservo amigos más jóvenes. Hace unos años, la Fundación Luis Gordillo inició un proyecto de colaboración con el Ayuntamiento que para mí ha sido muy gratificante. En una de las primeras reuniones, yo le dije al entonces concejal de cultura, don Antonio Muñoz, que «necesitaba a Sevilla». Él me contestó que Sevilla necesitaba a Luis Gordillo. Esta voluntad la seguimos manteniendo con el actual Consistorio. El cariño que tengo por la ciudad como ser colectivo y complejo es profundo. Algo de ópera tarareará Gordillo antes de que salgamos de allí y nos despida desde la puerta. Cerca, se planea ya un tercer edificio, también de Herreros, que será el que se dedique a almacén. «Se necesitarían tres gordillos para organizar todo lo producido», asume en el documental, en el que también apunta: «He tenido éxito. Eso te da fe en lo que haces. Yo soy dubitativo y eso te fortalece. Es medicina afectiva». Queda una pregunta en la recámara, en forma de más material nutritivo: —Luis, ¿cómo quiere ser realmente recordado dentro de cien años, cuando ni usted ni yo estemos ya aquí? —Me gustaría ser recordado como un artista que a lo largo de toda su vida se dejó la piel en su trabajo, buscando siempre un nivel de exigencia máximo a pesar de unas condiciones psíquicas complicadas, que por otro lado, han sido su motor.