María Jesús Montero, la gran ausente del sanchismo en su hora más difícil
Mientras Óscar López denuncia a los jueces, Óscar Puente insulta a la oposición en las redes sociales y Félix Bolaños lidera la defensa jurídica y política del Gobierno, María Jesús Montero guarda una calculada equidistancia. La exvicepresidenta, número dos del PSOE, ha desaparecido de la primera línea justo cuando el partido atraviesa la mayor crisis de la era Sánchez. Y en una organización donde todo el mundo se fija en todo el mundo, su silencio no está pasando inadvertido.
Si bien es cierto que la exvicepresidenta ha reiterado en los últimos días su confianza en el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y se ha desvinculado de Santos Cerdán y de la exmilitante Leire Díez, en su partido hay quien echa en falta una mayor exposición por su parte. De hecho, varias fuentes socialistas recuerdan que Cerdán, a quien el PSOE busca echar toda la culpa del "caso cloacas", no tenía solo a Sánchez como superior jerárquico. También a María Jesús Montero.
Nadie en el PSOE cree que la exvicepresidenta esté moviendo ficha contra Sánchez. Pero cada vez más dirigentes observan otra cosa: que tampoco parece dispuesta a seguir inmolándose con él, después de haber sido designada candidata en Andalucía sin haberlo pedido expresamente. Tras casi ocho años en Moncloa, la dirigente socialista ha aprendido que tan importante es saber cuándo mostrarse como cuándo apartarse. Y ahora ha elegido apartarse tras haber llevado al PSOE a su peor resultado histórico en su tierra, la federación más grande de España que controla como secretaria general.
Lo cierto es que su comportamiento durante esta mega crisis está siendo observado con especial atención. No porque haya cuestionado al presidente. No lo ha hecho. Tampoco porque se haya desmarcado públicamente de él. Pero sí porque ha evitado seguir vistiendo el uniforme de combate. Mientras otros dirigentes han asumido el papel de firmes escuderos, ella -ya fuera del Gobierno y del Congreso- ha preferido mantenerse al margen de las trincheras. El lunes estuvo en Ferraz, en la reunión de la ejecutiva, pero volvió a Sevilla. “Está escondida. No hace ni actos”, concede una destacada socialista. “Está más en tono de que ella ya se ha comido suficiente como para ahora tener que dar la cara por otros”, explica otro miembro del partido.
Esa posición resulta llamativa porque Montero siempre fue una dirigente de combate. Durante años ejerció como una de las defensoras más eficaces del presidente tanto en el Gobierno como en el partido. Sin ir más lejos, le tocó defender a Santos Cerdán en público y en privado antes de que cayera. Y le tocó poner cara de circunstancias después, además de lamentar que el Gobierno iba “a ciegas” ante las investigaciones de la Guardia Civil y de la Justicia. Su capacidad para asumir el desgaste político nunca estuvo en duda. Y, precisamente por eso -como admiten los cargos consultados-, su actual discreción adquiere relevancia.
Algunos socialistas interpretan que simplemente está concentrada en Andalucía, donde aún debe concretarse un pacto que alumbre gobierno autonómico, pendiente de un posible pacto entre el PP y Vox. Otros creen que existe una lectura más profunda. Montero pertenece a una generación de dirigentes acostumbrada a pensar en términos de ciclo político. Y cada vez son más los cuadros del partido que perciben que el sanchismo ha entrado en fase de disolución. A nadie se le escapa de que Montero tendrá mucho que decir llegado el momento precisamente por controlar una federación clave en la arquitectura política del PSOE.
Cabe reseñar que Montero ha conseguido eludir el debate sobre su propia continuidad al frente del socialismo andaluz pese a que dentro de su organización se habla abiertamente de iniciar un nuevo proyecto con nuevas caras. El tsunami de escándalos que sacuden al Gobierno ha opacado el hecho de que el creciente sector crítico del PSOE pidiera su dimisión en un comunicado que se hizo público el día que el juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama investigó formalmente al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.
Montero ha dejado un gran vacío dentro de Moncloa. La exvicepresidenta formaba parte del núcleo político más importante. Pero la sucesión de crisis que asola al Ejecutivo ha dinamitado ese primer círculo de poder, donde llevan semanas observando los movimientos de cada dirigente. Sánchez ha abierto una especie de escrutinio interno sobre el grado de compromiso de unos y otros. En Moncloa se toma nota de quién sale a defender al jefe del Ejecutivo, quién asume el desgaste de la batalla política y quién, por el contrario, opta por mantenerse en un discreto segundo plano mientras arrecia la tormenta.
Varios miembros del Gobierno interpretan el momento actual como una prueba de fuego para el sanchismo. «Ahora es cuando se ve quién está de verdad», resume una fuente con acceso al círculo más estrecho del presidente. En los sectores más próximos a Sánchez existe desde hace tiempo la convicción de que las grandes crisis cumplen una función reveladora: permiten distinguir entre quienes mantienen la lealtad al proyecto y quienes se limitan a acompañarlo mientras el viento sopla a favor.
La investigación que afecta al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y al propio partido por el caso cloacas, ha intensificado esa lógica hasta extremos desconocidos. El Gobierno siente que se encuentra en una posición defensiva permanente y asume que el presidente vuelve a afrontar un momento decisivo. De ahí que cada silencio, cada ausencia y cada gesto de respaldo estén siendo observados con una atención inusual. En la Moncloa consideran que las crisis no solo ponen a prueba la resistencia de los líderes. También la de quienes los rodean. Pero Montero ya no está.
En verdad, la andaluza no quiso volver a cruzar Despeñaperros antes de que el presidente se lo encomendara. Hace tiempo que dejó claro que solo lo haría si se lo pedía Pedro Sánchez. Y así terminó siendo. Ese movimiento desató todo un murmullo dentro de la M30. El exvicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, que conserva su olfato político, comenta con sorna en las tertulias en las que se prodiga que Pedro Sánchez, en verdad, la desterró a la Siberia andaluza por asomarse al balcón principal de Ferraz durante los cinco días de reflexión del líder, en los que él estuvo ausente y dejó al partido sin un rumbo claro.
Hay quien piensa que el paso al frente de Montero aquellos días le penalizó por mostrar sus cartas en la sucesión del líder. Montero, según explican fuentes que la conocen bien, sufrió mucho aquellos días de abril de 2024. Es más, estuvo sometido a un estrés brutal. No sabía si, de la noche a la mañana, se iba a convertir en la primera mujer presidenta del Gobierno de la historia. No lo fue.
Ahora, dentro del PSOE, algunos dirigentes han empezado a formular una pregunta que hace apenas unos meses habría parecido impensable. No si Montero sigue siendo leal a Sánchez (o si se lo puede seguir permitiendo). La cuestión es otra: si la número dos del partido está empezando a prepararse para un escenario en el que el futuro del partido ya no dependa exclusivamente de Sánchez.