«El Rey no tiene con Mohamed VI la sintonía que había entre su padre y Hassan II»
Las complicadas relaciones bilaterales con Marruecos siguen alumbrando libros y ensayos para ver si las entendemos de una vez o, mejor dicho, nos entendemos. Dice Alberto Masegosa (Madrid, 1957), ex corresponsal en Rabat de Efe, que aún no hay en España una estrategia respecto al vecino del sur y que seguimos yendo a rebufo. En «Miradas cruzadas» (Tirant humanidades), escrito a cuatro manos con Mohamed Siali, se dan las dos versiones de lo que ocurre a ambos lados del Estrecho.
¿Cuál ha sido el principal cambio en la relación bilateral de los últimos treinta años?
El cambio más importante ha sido el giro que ha dado el Gobierno español respecto al Sáhara Occidental. La decisión de Pedro Sánchez de respaldar la postura marroquí rompió una política de equilibrio que España había mantenido prácticamente desde la independencia de Marruecos. Existía la percepción de que a España le interesaba que el conflicto saharaui permaneciera sin resolver porque se temía que, una vez cerrado ese frente, Marruecos centrara sus reivindicaciones en Ceuta y Melilla. Desde el punto de vista estratégico, ese es el principal cambio. Por lo demás, continúan las tensiones, la desconfianza y el recelo mutuo.
En el libro mencionan a los llamados «marroquinólogos», expertos a los que acude cada gobierno. ¿España sigue sin entender a su vecino del sur?
La mentalidad es muy diferente. Marruecos es un país cercano geográficamente y con numerosos vínculos históricos y culturales, pero no hemos profundizado realmente en su forma de pensar. Además, la identidad española se ha construido históricamente mirando hacia Europa y América, no hacia el sur.
La frase de Azaña, «Ciego estará quien no advierta que los moros influyen más en España que nosotros en Marruecos», ¿sigue vigente?
Completamente. La reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla sigue siendo el principal problema estratégico para España. Los sucesivos gobiernos han preferido evitar el debate porque saben que existen pocos mecanismos políticos para afrontar una cuestión tan delicada.
Sin embargo, parece que Ceuta y Melilla han perdido parte de su relevancia estratégica.
Ceuta sigue siendo una pieza clave porque controla uno de los accesos al Estrecho de Gibraltar. Melilla tiene hoy menos importancia estratégica y, en cuanto a los peñones y otros enclaves, su utilidad es prácticamente simbólica. Si Marruecos impulsara una campaña para reivindicar estos territorios, probablemente respondería más a necesidades de política interna que a razones defensivas.
¿Cree que España tendría margen para defender sus intereses?
Lo fundamental es que cualquier solución tendría que contar con la voluntad de los habitantes de esos territorios. Son ciudadanos españoles y el Estado está obligado a defender sus derechos e intereses.
¿El peso simbólico de Al-Ándalus sigue fuerte en Marruecos?
Sí. Para muchos marroquíes, Al-Ándalus representa una especie de paraíso perdido. Y no solo en Marruecos: en buena parte del mundo islámico se considera una de las etapas más brillantes de la historia del islam. Durante siglos, Córdoba fue un referente cultural y científico. Esa memoria permanece viva y ser descendiente de andalusíes sigue siendo razón de prestigio.
¿La religión sigue marcando diferencias profundas entre España y Marruecos?
Más que de religión hablaría de cultura política. El islam ha influido en la evolución política de los países musulmanes de una manera distinta a como el cristianismo influyó en Europa occidental. En Marruecos existe además un islam popular bastante más tolerante que el de otros países de Oriente Medio, pero las diferencias en la concepción del poder siguen siendo notables.
Se repite con frecuencia que España no tiene una estrategia definida respecto a Marruecos.
Es que el conflicto territorial condiciona toda la relación. Militarmente, Ceuta y Melilla son difíciles de defender y existe la sensación de que Marruecos utiliza esa reivindicación como instrumento de presión para obtener concesiones en otros ámbitos. España tiene más recursos económicos y diplomáticos, pero nunca ha resuelto cómo afrontar este desafío de fondo.
En el libro abordan el giro de Sánchez sobre el Sáhara.
Lo único que sabemos con certeza es que los teléfonos del presidente del Gobierno y de varios ministros fueron infectados con Pegasus. Todo lo demás son hipótesis. Lo cierto es que la decisión rompió décadas de equilibrio diplomático y tampoco fue explicada ni al Parlamento ni a la opinión pública.
¿Cómo se llevan el Rey y Mohamed VI?
Da la impresión de que no existe la sintonía personal que sí hubo entre Hassan II y Juan Carlos I. Mohamed VI apenas ha visitado España en las últimas dos décadas y no hay señales de una comunicación especialmente estrecha con Felipe VI.
¿Podría cambiar esa situación con el actual príncipe heredero?
Es difícil saberlo. Marruecos sigue siendo un país muy opaco. Quienes lo conocen destacan que el príncipe heredero tiene una imagen positiva y que recuerda a su abuelo, Hassan II. Habla español, además de árabe, francés e inglés. Pero su futuro papel sigue siendo una incógnita. Lo que sí parece evidente es que el estado de salud de Mohamed VI alimenta las especulaciones sobre una futura sucesión.
¿Cómo valora las últimas negociaciones sobre el Sáhara Occidental?
No parece que estén avanzando de forma significativa. La nueva propuesta marroquí de autonomía es algo más concreta que la de 2007, pero sigue estando muy lejos de los niveles de autogobierno existentes en España. Además, Marruecos tendría dificultades para justificar concesiones al Sáhara que no está dispuesto a ofrecer a otras regiones, como el Rif.