«Gracias por llevar las cargas de los crucificados»
El Santo Padre eligió Gran Canaria para mantener el único encuentro en España dedicado específicamente al clero y la pastoral local, es decir, a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y catequistas. Eligió a los geográficamente más alejados como un signo de que, en la Iglesia, no importa cuán grande sea el océano que separa a sus hijos porque «In Illo uno unum», «en el único Cristo somos uno», como reza el lema de León XIV.
En la catedral de Santa Ana, el Pontífice conoció de primera mano a los obreros de la mies canaria. Muchos otros se quedaron fuera porque en el templo ya no cabía un alfiler. Son los pastores y el rebaño que ponen manos y corazón para hacer de la Iglesia isleña una casa de puertas abiertas.
León llegó al templo desde el puerto de Arguineguín tras el conmovedor acto en memoria de quienes se dejaron la vida en la temible ruta atlántica. Recorrió en Papamóvil la distancia que separa el muelle y la plaza de Santa Ana repartiendo saludos y bendiciones a lo largo del camino.
Al entrar, tres niñas vestidas con el traje que Néstor Martín-Fernández de la Torre diseñó en los años 30 para subrayar la identidad canaria le recibieron con flores. Mientras, distintos coros de la isla unieron sus voces para cantar el himno «Alza la mirada». El Papa recibía un fuerte aplauso y se dirigía directamente a la capilla para postrarse frente al sagrario.
El obispo de la diócesis, José Mazuelos, fue el primero en tomar la palabra para agradecer a León su presencia en Gran Canaria. Desde que en septiembre de 2024 el Papa Francisco anunciara su deseo de viajar al archipiélago para acercarse a la realidad de la inmigración y la acogida en el archipiélago, la Iglesia local lo esperó como agua de mayo. León no quiso viajar a España sin recoger el testigo de su predecesor.
José Mazuelos enumeró algunas de las esperanzas y dificultades de su diócesis, como la precariedad laboral, el impacto del turismo, las dificultades del acceso a la vivienda, la soledad de los ancianos y, por supuesto, el drama migratorio. «Ante ello, la Iglesia intenta mantenerse cercana, ofreciendo escucha, acompañamiento y ayuda concreta a quienes más sufren». El prelado elogió además la religiosidad popular que «siguen sosteniendo la esperanza de nuestro pueblo y ofreciendo espacios de encuentro con Dios».
A continuación, el Papa escuchó dos testimonios. El sacerdote claretiano Santiago Cerrato le advirtió de que le podría pasar lo que a san Antonio María Claret, o el Padrito Claret, cuando se fue de Canarias y exclamó: «Estos canarios me han robado el corazón». A finales del siglo XIX, Claret pasó 13 meses evangelizando la tierra canaria y por eso, hace 75 años, Pío XII lo declaró copatrono de Canarias junto a la Virgen del Pino.
El padre Cerrato habló con el Papa de la soledad de la vida del sacerdote o consagrado y de las dudas y el cansancio. «Rece por nosotros y llévenos siempre en ese corazón gigante y misionero que le ha regalado Dios. Gracias por estar en Canarias, Papa León» terminó el claretiano.
De parte de los laicos comprometidos con las parroquias, Enélida Hernández, secretaria de Pastoral y vicecanciller de la diócesis, explicó a León que cultivan la sinodalidad. Trabajan para que la parroquia, «lejos de una estructura meramente administrativa, se convierta en un ámbito de viva comunión y en un centro de constante envío misionero».
León XIV sigue promoviendo activamente la sinodalidad. No hay que olvidar que, cuando se presentó al mundo un 8 de mayo de 2025, en San Pedro aseguró: «Queremos ser una Iglesia sinodal». Su Limosnero apostólico, el arzobispo español y agustino Luis Marín de San Martín, fue subsecretario del Sínodo de los Obispos y promotor activo del camino sinodal iniciado por Francisco. Luis Marín de San Martín forma parte del séquito vaticano que ha elegido León para este viaje junto a otro español destacado en la Curia vaticana, el cardenal salesiano Ángel Fernández Artime.
Tras escuchar los testimonios, el Pontífice se presentó «como un padre y hermano en la fe», y dio las gracias a todos los asistentes por ser «reflejo de una Iglesia viva en cuyo corazón resuenan los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo, de los pobres y de cuantos sufren».
León empleó el mar como metáfora de la vida cristiana y la misión. Indicó que el mar puede provocar nostalgia y es, a veces, sinónimo de distancia y de separación, «de desafío y de camino por recorrer». Tiró de san Agustín para recordar que, en medio del mar de este mundo, el leño que Dios nos puso para capear el temporal es la cruz. Por eso, instó a los presentes a abrazarla para superar «las tempestades de la existencia», como hicieron los santos que «supieron llevar a Jesús en sus barcas». Así lo hizo «el buen pastor canario», el venerable Antonio Vicente González, sacerdote de ese clero bien conocido al que León puso como ejemplo en su propia tierra.
«La primera ‘‘pauta de navegación’’, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta generosa labor de caridad y misericordia», señaló el Pontífice.
También les invitó a «cultivar una espiritualidad eucarística», entre otras cosas, custodiando las devociones populares. Porque significa ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor». «Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: ‘‘Que todos sean uno para que el mundo crea’’, les exhortó, como su lema papal indica.
Por último, les pidió que no se olviden de una regla de oro del Evangelio: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». En Mateo 25, la Iglesia canaria es graduada cum laude.