León XIV habla catalán y pide ser profetas y constructores de unidad
Sí, el Papa habló en catalán. Lo hizo esta mañana en la catedral de Barcelona, dedicada a la mártir Santa Eulalia, pidiendo unidad, tras aterrizar en El Prat y después del rezo de la Hora Media. No como respuesta a las exigencias de algún político o colectivo de los últimos días puesto que, además, los discursos se cierran con dos o tres semanas de antelación. Dedicó al catalán el 20% del texto, mientras que el castellano estuvo presente en un 80%.
"Estimats germans i germanes", comenzó diciendo León XIV en la seo barcelonesa mientras, en el exterior, miles de personas se agolpaban para recibir al pontífice, que había aterrizado con 40 minutos de retraso.
León es el tercer Papa en visitar Barcelona. Lo hicieron Juan Pablo II en noviembre de 1982 y Benedicto XVI en 2010. En esta ocasión, fue acogido por al arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, y por el decano, que le presentaron la cruz y el agua bendecida para la aspersión.
El pontífice permaneció unos segundos en silencio, rezando, ante el Santísimo Sacramento y continuó por el pasillo central mientras el coro entonaba un canto.
De camino hacia el altar, pasó junto a la pila bautismal, que fue construida en 1433. Fue en ese baptisterio donde los primeros seis indios de América traídos por Cristóbal Colón recibieron el sacramento de entrada a la Iglesia, tal y como recuerda una lápida situada en la capilla.
Dirigiéndose a los presentes el pontífice llamó "esposa amada" a la asamblea reunida: "Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas. Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la comunidad de los santos que está en Barcelona".
A continuación, lanzó su primera invitación: la de renovar "el propósito de caminar juntos" porque "la Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor".
Para León XIV, el "clima que estamos llamados a difundir" en los distintos ambientes "en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación", incluso en "los ambientes de la Curia y en cualquier otro ámbito de vida", es uno de "familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón".
El "ánimo acogedor" catalán
Recordando unas palabras de Juan Pablo II en su visita hace 43 años, en las que hablaba del "ánimo acogedor" a lo largo de la historia de "barceloneses y catalanes" que llevó a "compartir ciudadanía humana y cristiana con innumerables gentes", elogió a los que "se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda polarización". Unas palabras que le llevaron a abordar otro asunto relacionado: el de la unidad y la comunión.
Así, recordó que "trabajar juntos no es una elección de estilo sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia". Por eso, "en la riqueza de los dones recibidos, somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu, el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de comunión para la salvación de todos", sentenció.
Y es aquí cuando hizo su principal reivindicación: "es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día", afirmó el Papa, quien insistió en que los "barceloneses y catalanes" poseen "una vocación y una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad".
Mártires como Santa Eulalia
La propuesta de León XIV fue más allá: alcanzar el martirio por la "concordia" y la "paz", en "un mundo desgarrado por guerras y divisiones" y "en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista".
"Queremos ser mártires, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias", como Eulalia, "dispuestos incluso a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre", recalcó.
Acompañado del cardenal Omella, León se dirigió a la cripta donde oró unos segundos delante la tumba de Santa Eulalia.
Después de fotografiarse con los seminaristas, abandonó la catedral para ingresar en el claustro, visitar la fuente y saludar a algunas autoridades eclesiásticas y civiles. Tras un breve saludo a las multitudes en el atrio de la catedral en el que pronunció en catalán un "buenos días, hermanos y hermanas", les dio las gracias por estar allí y la paciencia de la que estaban haciendo gala.
"Gracias por la alegría y que celebremos todos la fe en Cristo, Jesucristo que nos ha llamado a vivir como un solo pueblo unidos en la fe. Dios bendiga a todos", añadió.
La anécdota llegó una media hora después en el palacio arzobispal. Acompañado por el cardenal Omella, León XIV se asomó al balcón para saludar a las multitudes. Para intentarlo, porque no fue como se esperaba.
Estaba previsto que pronunciara unas palabras, pero el micrófono no funcionaba. El cardenal y el mismo pontífice insistieron dando toques y tirando del cable. León agitó la mano a modo de saludo, sin poder pronunciar palabra, hasta que finalmente el sonido se arregló. El pontífice impartió entonces la bendición ante el júbilo de los congregados.
Viaja en cabina, y se hace "selfies" con la tripulación
León XIV fue uno más de la tripulación en el vuelo que lo trasladaba desde Madrid a Barcelona. Despegó en la cabina, junto al piloto y copiloto. Con los auriculares debidamente colocados. Desde ahí observó al caza F-18 del Ejército del Aire que escoltaba el avión. En las imágenes facilitadas, parece disfrutar y se le dibuja más de una sonrisa. Además, los miembros de la tripulación, que hicieron este viaje de manera voluntaria, tuvieron el privilegio de hacerse una foto con el pontífice y saludarlo. Una de las azafatas le confesó que acompañarle era "el sueño de su vida".