Dani Carvajal se despide: adiós a la antigua Ciudad Deportiva, adiós a una época
Lo peor para los padres o abuelos, o a quien le tocase llevar a los niños, era el invierno, porque en esa zona norte de Madrid, donde ya termina la Castellana, hace frío de verdad y en aquella Ciudad Deportiva tampoco había muchos sitios donde refugiarse. Quizá podían resguardarse esas dos horas en la cafetería acristalada del recinto, pero no siempre tenía vistas al campo de entrenamiento donde sus hijos o nietos jugaban en la cantera del Real Madrid.
Una Ciudad Deportiva romántica
Allí, en 2002, llegó Dani Carvajal, desde Leganés para jugar en el Alevín B. Dos años antes, Florentino Pérez había sido elegido presidente del club con la promesa de vender esos terrenos y llevar la Ciudad Deportiva a Valdebebas, para profesionalizar la entidad y salvarla de la quiebra. Los campos de entrenamiento en los que empezó Dani Carvajal estaban, pues, en sus últimos días. «Esa Ciudad Deportiva era muy romántica, estabas en el centro de Madrid y los chicos estaban al lado de los jugadores del primer equipo», cuenta David Iglesias, el entrenador del Alevín B al que llegó Dani. «Cuando salías del vestuario estabas al lado del parking de las estrellas y, muchas veces, cuando tenían sesión vespertina o se iban de viaje o jugaban Champions y aparcaban ahí los coches, los niños, que entrenaban por la tarde, les veían».
La Ciudad Deportiva tenía sus zonas para los socios, los vestuarios, sus campos de hierba artificial y, en los últimos tiempos, aún quedaba un campo de tierra, que la memoria de David sitúa cerca de la piscina, casi en desuso. Pero Cristian Sánchez Moraga, compañero de Carvajal en el Alevín B, recuerda que entrenaban allí cuando el partido del fin de semana tocaba contra un equipo que jugaba sobre tierra.
Tres días a la semana, dos horas de entrenamiento
El primer equipo y el filial tenían sus instalaciones, pero el resto de la cantera se cambiaba en el mismo espacio, separados por pequeñas habitaciones. Se veían y convivían, jugaban y competían, porque todos tenían el mismo sueño, casi siempre imposible de cumplir, aunque ellos, con diez años, eso no lo sabían o no lo pensaban. «Íbamos 3 días a la semana, dos horas cada entrenamiento», cuenta Cristian, al que llevaba su abuelo, con gorro y guantes y frío, en invierno. «Luego, a veces, íbamos otro día más y el fin de semana jugábamos los partidos». La rutina de los niños era siempre la misma: «Llegábamos media hora antes y recuerdo que en el vestuario jugábamos al fútbol con lo primero que encontrábamos, hacíamos una pelota con las medias y empezábamos ahí los partidos». Cristian era central. Ahora es profesor de Matemáticas. «Después de juvenil se me juntaron varias lesiones de rodilla, no terminé de recuperar y no me dieron muchas oportunidades. Entre la exigencia de la carrera de Matemáticas y que no me sentía cómodo, no lo vi claro», cuenta. De ese Alevín B, Carvajal es el que ha hecho la carrera más exitosa, pero también Fran Sol, Embarba o Juan Cruz han jugado en a la élite. Otros muchos se han ganado la vida en el fútbol, en diferentes equipos y categorías; los demás, no llegaron.
2002, cantera y Galácticos
El futuro es un misterio imposible de predecir. Pero en 2002, esos niños tenían diez años y jugaban en la Ciudad Deportiva; ese verano el Real Madrid acababa de ganar la Champions con la volea de Zidane en Glasgow y ellos veían a los Galácticos ahí, al lado, saliendo de entrenar, yendo al centro médico, a unos metros, en el mismo espacio, más o menos haciendo su misma vida. Sí, el futuro no está escrito, pero esos días el sueño casi se podía tocar. «Como todos los niños que están en una cantera, y más la del Real Madrid, ellos eran unos elegidos», describe David Iglesias. «Tenían la exigencia de ser del Real Madrid y ganar, pero también tenían una presión familiar y de amigos muy grande». David, ahora, está en Dubai, adonde llegó hace años con Luis Milla y donde ha hecho carrera como entrenador. Con los niños usaba otra mano: «No quería que vinieran con el chándal del Real Madrid, para que no se lo pusieran para ir al colegio, para que, tan niños, no fuesen ya de figuras», les pedía. «Hay que educarles en el orden, la disciplina, en la mejora técnica y el carácter. Hay que encauzar su carácter competitivo para que lo lleven al partido», continúa David. Cada semana, tres o cuatro niños eran los encargados de coger el material y recogerlo, de aprender la disciplina y el orden. «Lo bueno de Carva», añade, «era que son una familia maravillosa, con una educación muy estable».
"Carva tenía algo especial"
Al Alevín B de 2002 subieron jugadores del Benjamín, que jugaba en el campo de fútbol siete de la Ciudad Deportiva, pero también llegaron muchos niños de fuera, los que, como Carvajal, habían pasado las pruebas de acceso. «Todo el mundo que estaba allí tenía algo especial para jugar al fútbol», sigue Cristian. «Yo sé que tenía algo dentro, por supuesto sé que Carvajal lo tenía, pero es que entrenaba todos los días como si fuese un partido».
A veces los entrenadores de niños aciertan, otras, evidentemente, se equivocan. David recuerda haber dicho que no a algún futbolista que ha hecho carrera en la élite porque a esa edad no estaba físicamente formado. «Pero en el caso de Carva, sí que se le veía. Aunque técnicamente había mejores que él, su carácter competitivo y el talento defensivo impresionaban», rememora David.
«Cuando nos atacaban veías que Carva tenía detalles de Puyol. Corregía como lateral derecho a la espalda de los centrales, por velocidad y por visión de juego. Decías: “vaya moto”. Tenía algo especial. Sabías que, por lo menos, iba a tener recorrido en el fútbol. Lo pasamos bien esa temporada», acaba David. Carvajal, como Cristian, como otros compañeros, pasaron del Alevín B al A y después al Infantil B, que es cuando, como el resto de equipos, se mudan a Valdebebas.
El fin de una época
Es otro Madrid, más campos para entrenar, residencias, un edificio entero para la cantera, estructurado por niveles, para que vean cómo van creciendo. Más profesional, más moderno, más efectivo. Más lejos de la primera plantilla, a la que ya no ven. En la Castellana, mientras, se levantaron las famosas torres de oficinas que amenazan el cielo.
Hoy, esa zona, entrada norte de Madrid, es un lío de atascos y esperas porque están construyendo un túnel para peatonalizarla. Dentro de unos meses será tan distinta, que pocos se acordarán de los múltiples carriles de coche que hasta casi ayer dividían la ciudad, como casi nadie se acuerda ya de lo que había antes de las torres. La memoria se diluye, la vida pasa, casi nada permanece.
Dani Carvajal deja el Real Madrid esta noche y con él se dice adiós, para siempre, a otra Ciudad Deportiva, a otro Real Madrid.