Estos eran los únicos pueblos que había en la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos
Hubo un tiempo en la Península Ibérica en el que Roma todavía no mandaba, no había provincias ni carreteras imperiales, y el mapa era un auténtico puzle de pueblos que vivían entre alianzas, guerras y territorios cambiantes. Y sí, eran mucho más complejos de lo que solemos imaginar hoy.
Antes de Roma: un mosaico de pueblos en la Hispania prerromana
Los pueblos prerromanos de España suelen agruparse en íberos, celtíberos y celtas, pero esa clasificación viene sobre todo de fuentes romanas y de la historiografía posterior. No era un sistema político real ni identidades cerradas como las entendemos hoy.
En la práctica, cada comunidad funcionaba como una especie de pequeño estado independiente, organizado en torno a castros, oppida o ciudades fortificadas. Se aliaban entre sí cuando convenía y también entraban en conflicto con la misma facilidad.
Roma supo aprovechar esa fragmentación para avanzar en su conquista entre los siglos III y I a.C., en un proceso que acabó con la romanización de la península. Con ella desaparecieron muchas lenguas y formas artísticas indígenas, aunque algunas tradiciones religiosas y culturales sobrevivieron durante siglos.
Gran parte de lo que sabemos hoy gracias a autores clásicos como Estrabón, Tito Livio o Plinio el Viejo, que describieron los pueblos que habitaban España antes de su integración en el Imperio.
Andalucía: Tartessos, íberos y contactos mediterráneos
En el sur peninsular convivían varias tribus íberas con una fuerte influencia fenicia, griega y cartaginesa. Andalucía era una zona muy conectada al Mediterráneo desde muy temprano.
Entre los pueblos destacaban los bastetanos, oretanos, turdetanos y los antiguos tartésicos. Estos últimos fueron de los primeros en entrar en contacto con los fenicios de Gades, pero acabaron absorbidos por los turdetanos tras la decadencia de Tartessos.
Los bastetanos, situados en zonas de Granada, Almería y parte de Murcia, destacaron por sus oppida fortificados como Basti (actual Baza). También dejaron piezas icónicas como la Dama de Baza, con claras influencias mediterráneas.
Aragón: entre celtas, íberos y resistencia celtíbera
En el actual Aragón convivían varios pueblos: jacetanos, ilergetes, ilercavones y celtíberos.
Los jacetanos ocuparon el Pirineo aragonés, mientras los ilergetes dominaron zonas del Somontano con ciudades como Ilerda. En el este estaban los ilercavones y, en las zonas montañosas del Sistema Ibérico, los celtíberos.
Algunos de estos pueblos participaron en conflictos clave como la Segunda Guerra Celtíbera, que terminó con la caída de Numancia en el 133 a.C., un punto de inflexión en la expansión romana.
Noroeste peninsular: galaicos, astures y cántabros
Galicia, Asturias y Cantabria fueron de las últimas regiones en ser conquistadas por Roma.
Los galaicos habitaban el noroeste y tenían una cultura castreña muy marcada, con fuertes conexiones atlánticas. Se organizaban en tribus como los ártabros o los cilenos.
Los astures se dividían entre transmontanos y cismontanos, con asentamientos como Lancia. Por su parte, los cántabros ocupaban la franja oriental del norte peninsular y vivían en castros fortificados, con una fuerte tradición guerrera y religiosa.
La Meseta: el corazón celtíbero
El centro de la península estaba dominado por pueblos celtíberos, muy influidos tanto por culturas celtas como íberas.
Destacan los arévacos, vacceos, vetones, carpetanos y otros pueblos como turmogos o lusones. Cada uno controlaba valles y territorios concretos, normalmente delimitados por ríos o montañas.
Los vetones, por ejemplo, dejaron huella con esculturas como los Toros de Guisando. Los carpetanos ocuparon la zona del actual Madrid y el Tajo medio, mientras que los vacceos dominaron amplias zonas agrícolas del valle del Duero.
Este peninsular: íberos y ciudades avanzadas
Cataluña, Comunidad Valenciana y Murcia estaban ocupadas principalmente por pueblos íberos con un desarrollo urbano bastante avanzado para la época. Destacan los indigetes, layetanos, edetanos o contestanos, además de enclaves como Ullastret o la región de la Cerdaña, habitada por los cerretanos.
Esta zona tuvo muy pronto contacto con fenicios y griegos, lo que impulsó el desarrollo de ciudades, comercio y arte, como muestra la famosa Dama de Elche.
Norte y valle del Ebro: vascones y pueblos fronterizos
En el área del norte interior convivían los vascones, berones, pelendones y otros pueblos con identidades culturales y lingüísticas propias.
Los vascones ocupaban buena parte de Navarra y el Pirineo occidental, con una lengua diferente a la de sus vecinos celtíberos. Un ejemplo clave de su cultura es la Mano de Irulegui.
En La Rioja y zonas del Ebro vivían pueblos como berones y pelendones, mientras que en el País Vasco occidental se distribuían autrigones, várdulos y caristios, con fuertes contactos con cántabros y vascones.
Antes de Roma, nuestra Península no era un territorio unificado, sino un mosaico de pueblos diversos, con culturas, lenguas y estructuras políticas propias. Esa diversidad, lejos de desaparecer de golpe, fue la base sobre la que Roma construyó su dominio y, en parte, la identidad histórica posterior del territorio.