Iris Murdoch, la filósofa que enseñó a mirar
«El amor es la dificilísima certeza de que algo distinto a uno mismo es real». En esta frase Iris Murdoch (Dublín, 1919-Oxford, 1999) sintetizó lo que toda su obra quiso demostrar. Que reconocer al otro como otro es el trabajo moral más difícil.
Estudió en el Badminton School y en Somerville College de Oxford, donde cursó Mods and Greats (uno de los grados más exigentes del mundo, mezclando clásicas, historia antigua y filosofía). Pasó los años centrales de la guerra como funcionaria del Tesoro británico en Londres, bajo los bombardeos alemanes. En 1944 entró en la UNRRA, la agencia de Naciones Unidas para los desplazados por la guerra, y entre 1945 y 1946 sirvió en los campos de refugiados de Bélgica y Austria. Allí vio a las familias sin patria hacinadas tras la liberación. El desarraigo, la dignidad, las pequeñas heroicidades de quienes lo habían perdido dejaron una huella indeleble a lo largo de su vida.
Las novelas que nacieron del "aburrimiento"
En 1947 marchó a Cambridge para hacer un posgrado y asistió a las últimas clases de Wittgenstein. Al año siguiente regresó a Oxford como tutora de St Anne’s College, donde permanecería casi quince años. En las horas robadas a la cátedra empezó a escribir novelas. En 1956 se casó con el crítico John Bayley, con quien compartió un matrimonio excéntrico, pero profundamente feliz.
Su primera novela, «Bajo la red» (1954), traía una voz nueva en la narrativa inglesa, irónica, asediada por dilemas morales. Le siguieron otras veinticinco, entre ellas «La campana» o «El mar, el mar», ganadora del Booker en 1978. Sus ensayos revelan algo más raro. Filosofía y novela no son géneros distintos, sino aliados. Cada novela examina las tesis del ensayo y cada ensayo se nutre del don de mirar a los seres humanos por dentro.
Aquí está su gran aportación. La ética de su tiempo, que era el existencialismo de Sartre o la filosofía analítica de Oxford, situaba la vida moral en el acto que uno elige. Dar o no dar dinero, decir la verdad o mentir, casarse o marcharse. Murdoch sostuvo algo distinto, más radical en su sencillez. Antes del acto, y a menudo con más peso que él, hay un trabajo silencioso, el de cómo miramos por dentro a las personas con las que nos cruzamos. La vida moral, decía, no se juega tanto en las decisiones espectaculares como en esa atención cotidiana e invisible que damos o no damos a quienes nos rodean.
La suegra que no soporta a la nuera
Lo explicaba con un caso que ella inventó. Una suegra, a la que llamaremos M, no soporta a su nuera D. La encuentra vulgar y pretenciosa, pero por buena educación no dice nada. No hay disputa ni reproche; por fuera, todo va bien. Pasan los años. Un día M se detiene a pensar. ¿Estaré siendo injusta? ¿No me habrán impedido mis prejuicios ver quién es esa mujer? Empieza a mirarla con otros ojos. Lentamente, lo que veía como vulgaridad se le aparece como espontaneidad; la pretensión, como frescura juvenil; la rudeza, como libertad. D no ha cambiado en absoluto. Nadie se ha enterado de nada. Solo M ha hecho un esfuerzo invisible por mirar mejor. Y, sin embargo, sostenía Murdoch, en ese cambio silencioso ocurre lo esencial de la vida moral. La fantasía egoísta que distorsionaba a D se ha disuelto para dejar entrar la realidad del otro.
La mirada justa y amorosa es lo opuesto del juicio precipitado, del prejuicio, de la proyección. Exige paciencia, humildad, una disciplina casi contemplativa que Murdoch piensa. Por eso, también, la novela importa.
En 1987 fue nombrada Dama del Imperio Británico. Pocos años después, el alzheimer comenzó a desdibujarle el pensamiento. John Bayley, que la había mirado durante cuarenta años, la miró entonces con la atención que ella había enseñado a definir. Le tomaba la mano cuando se perdía en una habitación conocida y escuchaba sus frases inacabadas como si tuvieran sentido. En las memorias que le dedicó dejó el retrato de una mujer que había perdido las palabras, pero no la dulzura. Murió en Oxford el 8 de febrero de 1999.
Toda su obra buscó convencernos de que ver al otro tal cual es, con justicia y con amor, era la tarea moral más difícil. Al final no podía leer, ni escribir, ni reconocer del todo a quien le sostenía la mano. Pero alguien sabía mirarla.