Dos ciudades, un golpe de Estado: Barcelona y Sevilla en 1936
El general que salió del hotel Simón de Sevilla en torno a las 13.15 horas del 18 de julio de 1936 tenía un largo historial a sus espaldas. Gonzalo Queipo de Llano y Sierra había combatido en Cuba en 1898 y contra los rifeños en el protectorado marroquí, había apoyado el golpe de Estado de Primo de Ribera y luego había impulsado una intentona antimonárquica en Cuatro Vientos en 1930, convirtiéndose en uno de los militares favoritos de la República instaurada en 1931. Otro de los que tenía esa misma misión era el general Manuel Goded Llopis, antirrepublicano desde el golpe de Sanjurjo de 1932, quien debía ganar Barcelona para los golpistas y cuya trayectoria, por Cuba y Marruecos, era muy similar a la del primero. Se trataba de un excelente organizador, pero no se encontraba en su destino el día 18, sino en Palma de Mallorca, haciéndose con el control de la capital y de la isla.
El primer paso de Queipo de Llano fue neutralizar al general José Fernández de Villa-Abrille y Calivara, comandante en jefe de la Segunda Región Militar y amigo suyo, que se había negado a actuar contra él a pesar de conocer su intención de rebelarse. Con el mando descabezado, Queipo de Llano procedió entonces a ordenar la emisión del bando de guerra en todas las capitales provinciales andaluzas, con resultados dispares, y a tomar el control de la ciudad. Para ello necesitaba la intervención de las unidades militares, cuyos jefes no estaban a favor de la conspiración, de modo que la intervención de los oficiales subalternos iba a ser crucial. Las tropas fueron saliendo a la calle y a las 18.00 la Guardia Civil se unió a los conspiradores, no así la Guardia de Asalto, cuyos hombres se atrincheraron en el edificio de la Telefónica, en el hotel Inglaterra y en el Gobierno Civil. Iban a ser necesarios los cañones para desalojarlos de allí pero en torno a la media noche todos los edificios oficiales estaban en manos de los golpistas. Quedaba el resto de la ciudad, cuyo control se lograría en los días siguientes por medio de un baño de sangre.
A las armas
Entretanto, Barcelona se agitaba. Aquel día 18 de julio Lluis Companys, presidente de la Generalitat, se negó a armar a los sindicatos, que se lo habían requerido en varias ocasiones, y los militantes comenzaron a asaltar las armerías y a reunir las armas que tenían escondidas. Aquí, casi toda la guarnición estaba en la conjura y durante la madrugada del 19 las tropas empezaron a abandonar los cuarteles para dirigirse a sus objetivos. No tardaron en estallar los combates en el cruce de Balmes con la Diagonal, en la plaza de España, en el Paralelo y en otros muchos sitios. En el palacio de la Generalitat, los guardias compartieron sus armas con la gente mientras los anarquistas, excelentemente organizados, y otras fuerzas políticas leales, desplegaban grupos de combatientes que, junto con los guardias de asalto, atacaron las columnas golpistas desde las azoteas y las paralizaron. Cuando el hidroavión que traía a Goded desde Palma aterrizó en la base aeronáutica, la ciudad era presa del caos y la conspiración estaba fracasando. A las 13.00 horas el jefe de los golpistas entró en la sede de la Cuarta División Orgánica. Ya no saldría de allí hasta su rendición.
Los golpistas estaban perdiendo y Goded llamó a Palma de Mallorca y a Zaragoza para pedir ayuda. También se puso en contacto con la Guardia Civil, pero a diferencia de lo sucedido en Sevilla esta se decantó por la lealtad al Gobierno. A las 14.00 horas, una columna de estos se dirigió hacia la plaza de Cataluña pasando por las cercanías del puerto, con el fin de sofocar definitivamente la revuelta. A las 18.00, con todas las fuerzas militares retirándose hacia los cuarteles, los anarquistas asaltaron el edificio de la división y capturaron a Goded, quien no tardaría en anunciar su rendición por la radio.
Para saber más: