El accesorio más caro de ‘El diablo viste de Prada' nació de un escándalo en la realeza británica
En el universo de la moda hay accesorios que trascienden su valor material y se convierten en símbolos. Este collar es uno de ellos. Aunque muchos lo recuerdan por aparecer en El diablo viste de Prada, suspendido sobre la impecable camisa blanca de Miranda Priestly, su historia comenzó mucho antes de Hollywood, en medio de un escándalo aristocrático.
Fue concebido hacia 1870 por la casa joyera Hancocks & Co por encargo del entonces príncipe de Gales, futuro Edward VII, para su amante, la actriz y socialité Lillie Langtry. La pieza, exuberante y singular, condensaba la fascinación victoriana por Egipto: escarabajos alados, turquesas, coral, piedras lunares y una gran concha de cornalina tallada componían una joya que parecía más cercana a una reliquia que a un adorno.
Langtry la llevó en escena durante su interpretación de Cleopatra, reforzando el vínculo entre el collar y una idea de teatralidad, seducción y poder femenino que parece haberlo acompañado siempre. En definitiva, Langtry, más allá de ser una amante célebre, fue una figura extraordinariamente moderna para la época: actriz, musa y una de las primeras mujeres en convertir la celebridad en capital cultural.
De un escándalo real a un icono de moda
Quizá por eso resulta tan sugerente que, más de un siglo después, la pieza terminara en otro escenario donde el poder también se representaba a través de la ropa. Cuando la diseñadora de vestuario Patricia Field seleccionó el collar para el vestuario de Meryl Streep en la película, eligió un objeto cargado de historia. Sobre ella, la pieza parecía adquirir una nueva lectura: una forma de mostrar autoridad, igualmente codificada en símbolos.
La trayectoria del collar, sin embargo, es casi tan fascinante como sus apariciones públicas. Permaneció décadas fuera del radar hasta resurgir en una subasta de Bonhams en 2003. Fue recomprado por Hancocks, pasó luego a manos del anticuario Fred Leighton, volvió a subastarse, regresó a Londres, volvió a venderse. La firma lo recuperó cuatro veces, en un movimiento casi obsesivo que terminó convirtiendo el retorno de la pieza en parte de su propia leyenda.
Ahora, coincidiendo con el 175 aniversario de Hancocks, el collar ha vuelto a casa para integrarse definitivamente en su archivo patrimonial, ya que no se venderá.
Su relevancia, más que en su valor económico, está en el recorrido que concentra: un encargo real, una figura clave de la vida social victoriana, el auge del revival egipcio, el teatro, el mercado de subastas y, finalmente, el cine. El regreso del collar a Hancocks además de cerrar una larga cadena de ventas y recompras, también confirma cómo ciertas piezas pueden funcionar como documentos materiales de una época. En este caso, una joya que permite leer, a través de su historia, la relación entre poder, imagen pública y moda.