El fenómeno Zack Polanski, el nuevo agitador de la izquierda británica
En 2013, mientras trabajaba como hipnoterapeuta en Londres, Zack Polanski realizó una sesión de hipnosis a una periodista de The Sun asegurándole que podía aumentar el tamaño de sus pechos. Hoy, alejado de aquellas consultas, pide perdón y sostiene que la sociedad debería mostrar “compasión” ante los errores del pasado.
El Partido Laborista cree que el episodio puede acabar pasándole factura en unas elecciones generales. Pero las encuestas revelan una realidad muy distinta. Al menos de cara a los decisivos comicios del 7 de mayo, donde están en juego los ayuntamientos en Inglaterra, el Parlamento de Escocia y la Asamblea de Gales en juego. Polanski se ha convertido en la gran irrupción de un ecosistema político británico donde el bipartidismo agoniza ante el auge de nuevas figuras que prosperan alimentadas por el hartazgo popular hacia el establishment.
Actor, gay, judío, ex hipnoterapeuta y activista, Polanski, de 43 años, encarna una figura difícil de encasillar. Cuando asumió el liderazgo de los Verdes el pasado septiembre, podía caminar por la calle sin ser reconocido. Hoy necesita guardaespaldas, adolescentes le paran en el metro y sus mítines se llenan de simpatizantes que lo miran con fervor casi mesiánico. La militancia ha pasado de 60.000 a 226.000 afiliados.
Su apuesta es construir un movimiento de “ecopopulismo” de masas capaz de competir directamente con la derecha radical de Reform UK, el partido del irreverente Nigel Farage, con quien disputa las primeras posiciones en los sondeos. Sus detractores ven en ambos dos caras de una misma moneda: populismo de derechas frente a populismo de izquierdas. Pero populismo, en cualquier caso.
Los paralelismos también se trazan con el laborismo de Jeremy Corbyn, considerado en su día el Pablo Iglesias británico, cuya ola de entusiasmo juvenil subió con fuerza, pero se desinfló con rapidez. Muchos se preguntan si Polanski corre el mismo riesgo. Pero, por ahora, se ha convertido en una amenaza real para el Gobierno de Keir Starmer, cuya carrera política podría terminar si el Laborismo sufre el batacazo que pronostican las encuestas.
En lo económico, Polanski defiende que la crisis climática no puede abordarse sin responder antes a la desigualdad. Propone impuestos más altos a los multimillonarios, incluido un impuesto sobre el patrimonio, la renacionalización de las compañías de agua y una regulación más dura de las grandes empresas. Defiende además una línea abiertamente proeuropea y plantea sacar al Reino Unido de la OTAN, aunque con matices.
Su carrera política no empezó en los Verdes. En 2015 se afilió a los Liberal Demócratas y se presentó como candidato al Ayuntamiento de Camden y posteriormente a la Asamblea de Londres. Pero en 2017 cambió de filas y se unió a los Verdes. Tras un intento fallido de entrar en Westminster en 2019, logró un escaño en la Asamblea de Londres en 2021 y fue elegido vicelíder del partido en 2022. Ese pasado ha sido utilizado por los laboristas para alimentar la idea de que Polanski es ideológicamente inconsistente o más preocupado por su carrera que por sus convicciones.
Su posición sobre Gaza tampoco ayuda a rebajar la polémica. Como judío abiertamente antiisraelí, se ha convertido en blanco de críticas constantes. “Ser judío y estar a favor o en contra del Gobierno israelí son dos cuestiones completamente diferentes. Y lo que yo veo es a un Gobierno cometiendo un genocidio, según lo han definido muchos expertos”, sostiene.
Sus palabras tras el atentado de la semana pasada en Golders Green, al norte de Londres, donde dos hombres judíos fueron apuñalados, desataron una tormenta política. Polanski acusó al Gobierno de instrumentalizar “el dolor de la comunidad judía” para restringir el derecho a la protesta pacífica, en respuesta al endurecimiento del discurso de Starmer contra las marchas propalestinas. Además, el comisionado de la Policía Metropolitana, Mark Rowley, le acusó de avivar las tensiones por difundir denuncias de brutalidad policial durante la detención del sospechoso.
La polémica no termina ahí. Al menos seis candidatos verdes han sido señalados por compartir comentarios antisemitas en redes sociales. Dos han sido detenidos bajo sospecha de incitación al odio racial.
En la conferencia de primavera del partido se presentó una moción para declarar que “el sionismo es racismo”. Fue bloqueada, pero volverá a debatirse en otoño. Polanski evita alinearse claramente. “La manera en que nuestros miembros votan políticas es un principio democrático importante. Pero también creo que esa moción es una distracción de lo que está ocurriendo en Gaza”, afirma.
Su propia historia personal ayuda a entender parte de su narrativa política. Zack Polanski no nació siendo Zack Polanski. Nació como David Paulden, en la comunidad judía de Salford, en Manchester. Sufrió el divorcio de sus padres y el acoso escolar por ser judío y gay. A los 18 años cambió de nombre, recuperando el apellido familiar que sus antepasados abandonaron al huir de los pogromos en Europa del Este.
El teatro fue su refugio y también su puerta de entrada a la política. Formado en Aberystwyth University y curtido en el “Teatro del Oprimido”, una tradición política nacida en Brazil, Polanski pasó de actor a activista y de activista a político.
Hoy es una criatura de las redes sociales, del podcast y de la política convertida en espectáculo. Se inspira en figuras como Zohran Mamdani, quien hizo historia en enero al convertirse en el primer alcalde musulmán de la ciudad de Nueva York y el más joven en más de un siglo.
Sus cambios de opinión, su etapa como actor e incluso sus cambios de nombre son utilizados como munición, para argumentar que Polanski es resbaladizo, poco auténtico. Es una crítica que rechaza con firmeza. Quiere que “la gente haga ese mismo viaje”. “Mi trabajo desde ahora hasta las elecciones generales es demostrar a la gente que se ha gastado mucho en propaganda para hacerles creer que las cosas no son posibles, que las cosas no pueden ser diferentes. Y, en realidad, las cosas pueden cambiar”, señala.