La normalización del sentido común
Durante décadas, el sur fue el territorio emocional del socialismo español, un espacio donde el PSOE no solo gobernaba, sino que definía el marco cultural y político. Juanma Moreno no lo ha demolido, sino que ha hecho algo mucho más eficaz al vaciarlo de excepcionalidad. Andalucía ha dejado de ser «el feudo» para convertirse en un territorio más del tablero nacional durante su gobierno.
Moreno tiene detrás una trayectoria larga, casi silenciosa, que explica su estilo. No es un líder construido en la confrontación ni en la épica, sino en la organización. Afiliado joven al PP, formado en Nuevas Generaciones, concejal con 25 años en Málaga y, después, diputado autonómico y nacional. Cuando en 2019 accede a la Junta rompe un ciclo de 36 años de gobiernos socialistas, pero lo hace apoyado en una aritmética frágil. Es en 2022 cuando se produce el giro estructural: la mayoría absoluta –58 escaños– que libera al PP de cualquier dependencia de Vox. Este dato no es solo electoral, sino que es el origen de su autoridad política. Desde entonces, Moreno gobierna Andalucía, pero también la utiliza como laboratorio.
Su método es desideologizar para hegemonizar. Una fórmula sencilla y profundamente estratégica: moderación estética y decisiones estructurales. Un discurso de gestión, baja temperatura política y, al mismo tiempo, medidas de fuerte carga ideológica –rebajas fiscales, eliminación de impuestos como el de patrimonio– que redefinen el modelo económico.
El resultado es una paradoja muy eficaz: gobierna como si no hiciera política, mientras cambia el marco político.
Y esta es su aportación al PP nacional. Frente a los liderazgos de choque, Moreno ofrece la alternativa de ganar sin tensión visible. Y eso lo convierte en un activo imprescindible para Alberto Núñez Feijóo. En un momento en el que el líder nacional busca consolidar una mayoría amplia, Andalucía funciona como aval. Y por eso no es casual que Génova deje a Moreno diseñar su campaña con autonomía y reduzca la presencia de figuras nacionales.
Es un reconocimiento implícito al hecho de que el modelo andaluz no necesita tutela. Pero esa relación también tiene una lectura más profunda. Moreno representa el único ejemplo real de mayoría absoluta del PP en un territorio complejo. Es, en términos estratégicos, la prueba de concepto del proyecto de Feijóo.
Y, al mismo tiempo, una advertencia: si ese modelo funciona en Andalucía, debe tomarse como referencia a nivel nacional. Los gurús demoscópicos predican que la necesidad de que PP y Vox lleguen a acuerdos, en este ciclo electoral, es estructural, que se verá en ayuntamientos, y también en el próximo gobierno de España, incluso aunque Moreno ratifique de nuevo la mayoría absoluta. Pero en política todo lo que tiene que ver con mañana está por escribir, y lo que ocurra en Andalucía en las elecciones del 17 de mayo será la tinta con la que se redacte lo que pase después del verano.
Para el PSOE, Andalucía no era solo una comunidad autónoma; sino su columna vertebral electoral y simbólica. La pérdida de ese espacio –y la incapacidad para recuperarlo– tiene consecuencias que van más mucho más allá de lo territorial. Y los datos lo reflejan con claridad. Las encuestas actuales sitúan al PP en torno al 42,8% de los votos y hasta 57 escaños, mientras el PSOE cae al entorno del 21%, es decir, estamos hablando de una distancia que ya no es coyuntural, sino estructural.
Moreno ha conseguido no solo ganar, sino ensanchar, y lo hace sin activar el rechazo clásico al PP. Esa es su gran aportación política: la de reducir la resistencia cultural al voto conservador en el Sur. La normalización del sentido común.