El vehemente llamado a la cordura lanzado por León XIV
En tiempos atravesados por la incertidumbre global, la aceleración de los conflictos geopolíticos y la creciente normalización de discursos beligerantes, resulta no solo oportuno sino necesario detenernos a reconocer aquellas voces que, con claridad moral y valentía ética, apuestan por la cordura.
El reciente mensaje del papa León XIV, en el que se pronuncia con firmeza contra las guerras y cuestiona las posturas agresivas promovidas desde ciertos liderazgos políticos, constituye un ejemplo luminoso de ese compromiso con la paz.
Este pronunciamiento no puede leerse como una mera intervención diplomática ni como una opinión aislada dentro del complejo entramado internacional. Es, ante todo, una expresión profunda del mensaje cristiano en su esencia más pura: la defensa de la vida, la dignidad humana y la primacía del amor sobre la violencia.
En una tradición que ha insistido durante siglos en el valor del prójimo, incluso en contextos de conflicto, la voz del Papa se alza como un recordatorio de que la fe no puede desvincularse de la responsabilidad ética frente al sufrimiento humano.
El mensaje cristiano, en su núcleo, propone una lógica radicalmente distinta a la de la confrontación. Invita a buscar la reconciliación, a reconocer en el otro –incluso en el adversario– a un ser humano digno de respeto. En ese sentido, la advertencia del Pontífice frente a una escalada bélica no solo interpela a los líderes mundiales, sino que también cuestiona a las sociedades que, con frecuencia, se dejan arrastrar por narrativas de miedo, enemistad y supremacía.
En contraste con esta visión, resultan preocupantes las actitudes y discursos que, desde posiciones de poder, fomentan una lógica de imposición y dominio. La retórica adoptada por figuras como Donald Trump, caracterizada por su tono confrontativo, su simplificación de escenarios complejos y su inclinación hacia respuestas de fuerza, refleja una actitud que puede calificarse como despótica. Este tipo de liderazgo no solo erosiona los espacios de diálogo, sino que también contribuye a la deshumanización del adversario, facilitando así la justificación de la violencia.
La historia ha demostrado en múltiples ocasiones que las decisiones tomadas desde la arrogancia del poder, sin consideración por las consecuencias humanas, suelen desembocar en tragedias difíciles de revertir. La tentación de resolver tensiones mediante la fuerza, alimentada por discursos nacionalistas o intereses estratégicos, ignora las lecciones más básicas del siglo pasado. Frente a ello, la voz de León XIV introduce una pausa necesaria, una invitación a la reflexión y, sobre todo, un llamado a la responsabilidad compartida.
Agradecer este tipo de intervenciones no es un gesto menor. Implica reconocer que la cordura, en contextos de alta tensión, no es sinónimo de debilidad, sino una forma activa de resistencia frente a la barbarie. Es afirmar que la prudencia, la empatía y el compromiso con la paz son valores que deben ser defendidos con la misma firmeza con la que otros promueven la confrontación.
Asimismo, este reconocimiento nos obliga a revisar nuestras propias actitudes como ciudadanos. En un mundo hiperconectado, donde la información circula con rapidez y los discursos polarizantes encuentran eco inmediato –algo que también es evidente en la actual coyuntura de nuestro país–, cada individuo tiene la responsabilidad de discernir, de no reproducir el odio y de apostar por narrativas que construyan en lugar de destruir. El mensaje del Papa León XIV, en este sentido, no se limita a los despachos del poder: resuena también en la conciencia de quienes están dispuestos a escuchar.
En definitiva, en medio del ruido ensordecedor de la política internacional y de las tensiones que amenazan con escalar hacia escenarios irreversibles, la claridad moral se convierte en un bien escaso y profundamente valioso. La intervención del Papa nos recuerda que siempre existe una alternativa a la violencia; que la paz no es una utopía ingenua, sino una construcción posible, y que el verdadero liderazgo se mide no por la capacidad de imponer, sino por la voluntad de preservar la vida.
Que este mensaje no pase inadvertido. Que sea, más bien, un punto de inflexión desde el cual replantear prioridades, cuestionar discursos y reafirmar el compromiso con un mundo donde la dignidad humana esté por encima de cualquier cálculo de poder. Porque, al final, es en esa apuesta por la cordura donde reside la esperanza más auténtica de nuestro tiempo.
Como dijo el papa León XIV: “La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. ¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!”.
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Alberto Morales Bejarano es pediatra; fue fundador de la Clínica del Adolescente del Hospital Nacional de Niños y su director durante 30 años.