‘Aló presidente’ o las vicisitudes de ser ministro en el caudillismo
Los partidos altamente organizados tienen un importante punto en común con los movimientos caudillistas, a pesar de ser tan diferentes como el agua y el aceite. Empecemos con las diferencias. Esos partidos cuentan con estructuras jerárquicas estables, ideología y programa definidos, liderazgos institucionalizados, vida interna con congresos y formación de cuadros, militantes acreditados y fracciones que se despellejan a dentelladas pero sin salirse del canasto. Varios partidos europeos y, ciertamente, los partidos comunistas de China y Vietnam se acercan a este perfil.
En cambio, los movimientos caudillistas son como agarrar aire con las manos: sus estructuras son fluidas, funcionan con base en redes informales de influencia, carecen de ideología y programa claros y sus cuadros son estrellas fugaces, que aparecen y desaparecen. Lo único real en ellos es el (o la) líder, el alfa y omega del movimiento, el oráculo que determina quién es quién y qué debe hacerse (y cómo), objeto de adoración mística, pues se le atribuyen cualidades extraordinarias. Pensemos en el peronismo o el chavismo venezolano (y su variante costarricense), para citar algunos.
Y, sin embargo, organizaciones políticas tan disímiles comparten una capacidad inusitada de premio y castigo a sus miembros. En un partido, el que se opone a la línea partidaria queda “fuera de la foto”, cosa que en el caso del partido chino, puede significar cárcel o plomo. Incluso en partidos democráticos como los ingleses hay una figura llamada el whip (látigo), que asegura la obediencia y ¡cuidado quién no! En un movimiento caudillista, el látigo no está institucionalizado, pero es igual o más fuerte. Depende de la voluntad del líder, quien sube o baja el pulgar a placer. Para ponerlo en palabras del profeta Trump: “El único límite es mi mente y mi moralidad”. Quizá el único matiz es que el castigo puede ser más errático.
Hago esta reflexión a propósito del nuevo gobierno que empieza funciones en menos de un mes. ¿Habrá algún ministro o ministra capaz de decirle que “no” al Gran Jefe si pide algo que es legal o éticamente indebido? ¿Tendremos ministros –rectores de sus correspondientes esferas de actividades– o simples secretarios cuyo puesto está a disposición del caudillo? ¿Podrá la presidenta tener autonomía? Apuesten, señoras y señores, el casino está abierto. La casa siempre gana, por cierto.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.