Masculinidad, traiciones e inmigración en un clásico del siglo XX
Aunque han pasado ya más de 70 años desde que Arthur Miller estrenara en Broadway ‘Panorama desde el puente’, el mundo no parece haber cambiado mucho en algunos aspectos. El tema de la inmigración ilegal que sirvió al autor estadounidense como marco argumental para su historia sería igualmente válido ahora para urdir mil tramas contemporáneas. Por eso el dramaturgo y productor Eduardo Galán se ha embarcado en un nuevo montaje de este gran clásico del siglo XX tratando en su versión de ser fiel, nos cuenta el protagonista de la función, a la esencia y al contexto originales.
Ese protagonista es el actor José Luis García-Pérez, encargado de dar vida al ya icónico Eddie Carbone, un estibador de origen italiano y mentalidad un tanto primaria que sobrevive en una zona suburbial de Nueva York junto a su mujer Beatrice y su sobrina Catherine. La llegada a su casa de dos inmigrantes ilegales, Rodolpho y Marco, también procedentes de Italia, trastocará su vida y dejará al descubierto la atracción que siente por su sobrina, hasta el punto de llevarlo a traicionar todo aquello que a priori defendía.
Masculinidad muy mal entendida
Precisamente, es ese plano sentimental del personaje el que García-Pérez ha querido trabajar de manera meticulosa para mostrar en esta propuesta a un Eddie carbone un poco diferente al que hemos visto en montajes anteriores: “Yo no creo que él sea, en principio, un abusador, ni que esté enamorado de su sobrina, ni que solamente la vea con intenciones sexuales, ni que todo en él sean celos; no lo creo -afirma el actor-. A mí me parece que él tiene eso que ahora se llama una masculinidad muy mal entendida, y que no sabe lo que le está pasando. No sabe definirlo. Él, en su ego, cree equivocadamente que hace lo correcto, y no escucha razones. Y ahí es donde empiezan sus errores, en no atender lo que los demás piensan, sienten o quieren. Por eso, uno de mis retos como actor ha sido intentar que los espectadores empaticen con Eddie al principio de la función; luego irán viendo cosas más raras, más oscuras de este personaje. Pero creo que es un buen hombre; un buen hombre que acabará, por sus errores, destrozando todo lo que le rodea, empezando por su familia, por él mismo, por su barrio, por su círculo, por su sociedad. En cuanto a su sobrina, sí, le pasan cosas; cosas que no sabe definir; pero creo que lo que él siente o piensa con respecto a ella va más allá de lo sexual”. Esa complejidad no significa, admite el intérprete, que la atracción haya sido radicalmente eliminada: “Hay miradas puestas en lugares que no se deben poner, y hay manos puestas en lugares que no se deben estar”.
Una ambiciosa producción
Enmarcada en una ambiciosa producción, la obra cuenta en el elenco, acompañando a García-Pérez, con María Adánez, Ana Garcés, Pablo Béjar, Francesc Galcerán, Rodrigo Poisón, Manuel de Andrés y Pedro Orenes. Y, por si no fuera suficiente con el reparto, hay otro gran reclamo que despertará el interés de los más mitómanos. Se trata del director. Después de ver su nombre vinculado a algunas actividades recientes organizadas por la Academia de las Artes Escénicas, el hispanoestadounidense Javier Molina, actual codirector artístico del mítico Actors Studio de Nueva York, se mide por primera vez con el público español en esta propuesta que podrá verse en el Teatro Fernán Gómez de Madrid a partir de esta noche. Con respecto a la manera que tiene Molina de trabajar, asegura García-Pérez que “su búsqueda fundamental está en la verdad, en la verdad actoral más absoluta, sin impostar, sin que la forma esté por encima del fondo”. Y, en esa búsqueda, el director ha tomado algunas decisiones que tal vez resulten arriesgadas, como el hecho de incorporar a lo largo de la representación una cámara que recoge y proyecta no tanto lo que el protagonista dice y hace en cada escena como las reacciones que suscitan sus palabras y sus comportamientos en el resto de los personajes. “Los primeros planos no son de mi personaje, sino de los que escuchan -confirma García-Pérez-. Creo que es algo muy poderoso para la función porque permite al espectador ponerse en la piel no solamente del protagonista, sino de los demás. Y creo, además, que refuerza algo que tiene Arthur Miller, que es su formidable capacidad de poner un espejo gigantesco en el escenario para que tanto los espectadores como los propios actores nos sintamos reflejados en esos personajes”.