Núria Casacuberta ha sabido sacarle partido a la contaminación del océano; la utiliza para descifrar cómo funcionan las corrientes. Se sirve de isótopos radiactivos. «He recibido mails de gente que piensa que soy yo la que estoy ahí echando la contaminación radiactiva para poder estudiar los océanos. Y no», aclara. Empezó a hacer un 'mapeo' general de las corrientes del Ártico y Atlántico en 2021, tras conseguir una beca del Consejo Europeo de Investigación para su proyecto Titanica en Zúrich (Suiza). Ahora vuelve a España gracias al Programa de Retorno del Talento de la Fundación Ramón Areces y completará el trabajo con el proyecto Nautilica. Desde el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC profundizará en las anomalías detectadas, que tienen influencia en el clima de todo el planeta. —¿Por qué mide los isótopos radiactivos en el mar? —Porque son trazadores de corrientes oceánicas, son huellas invisibles que cuando las visibilizamos podemos entender procesos, tiempos de transporte, mezcla de aguas y un poco del rol de los océanos en el clima terrestre. —¿Y de dónde salen estas 'huellas radiactivas' que estudia? —Pueden ser de origen natural y de origen artificial. Las que son de origen natural que utilizamos nosotros se forman en la atmósfera, se incorporan en la superficie del mar y a partir de allí las seguimos. Las que son artificiales tienen distintas fuentes, nosotros utilizamos la radiactividad que se emite en plantas de reprocesamiento nuclear de Europa. Hay una en Inglaterra y una en Francia, y estas dos industrias echan al mar de forma controlada, limitada y legal ciertas cantidades de radionúclidos. —¿Y no tiene ningún efecto nocivo sobre la vida marina? —Se estudió muchos años. Son cantidades que no suponen un riesgo radiológico ni para la biota ni para la población. —¿El océano ha sido tratado como un vertedero global? —Históricamente se trató como un vertedero de residuo nuclear, ahí están barriles radiactivos que se echaron por parte de muchos países en las fosas marinas. Pero esta política cambió y ahora la radiactividad que hay en los océanos es lo que queda de la Guerra Fría, de estos desechos que se echaron, y de los accidentes nucleares. —¿Cómo monitoriza la radiactividad? —Es como seguir patitos de goma. Imagine que está allí donde se vierte la radiactividad, que es donde se echan estos patitos, y nosotros vemos dónde van. Las industrias de reprocesamiento nuclear echan cada año unas cantidades y sabemos las cantidades. Según la cantidad que encontremos en el Ártico, sabemos cuánto tiempo han tardado estas aguas en llegar allí y cómo se han mezclado. —¿Y qué han descubierto hasta ahora? —Hemos puesto edades en las aguas que circulan, que entran en el Atlántico y que hacen todo el recorrido en el Ártico. Sabemos cuántos años tardan las aguas en entrar y en salir y cómo se están mezclando. Esto ha sido en el mapeo general, lo que hemos hecho en Suiza. Ahora lo que estamos empezando a hacer es volver a los puntos donde creemos que están pasando los mayores cambios, analizar los mismos parámetros y ver si están cambiando cosas. ¿Qué podemos ver? Que en algunos puntos la circulación está yendo más lenta, en otros puntos va un poco más rápida y en otros hay más mezcla de aguas. Estamos estimando la capacidad de almacenamiento de dióxido de carbono en el Ártico y estamos viendo que hay un incremento de la presencia de CO2 en las aguas atlánticas que entran en el Ártico. —¿Y cómo nos afecta eso? —Nos afecta porque estamos viviendo un cambio climático, un calentamiento global y esto se traduce en que las aguas atlánticas, sobre todo, se están calentando. Estas aguas penetran en el océano Ártico y al estar más calientes lo están transformando. El Ártico está cambiando cuatro veces más rápido que el resto de los océanos del mundo. —¿Hay riesgo de colapso de las corrientes oceánicas? —No se sabe. Unos modelos predicen una cosa, otros modelos predicen otra. Lo que hacemos nosotros es intentar contribuir a esto. De momento aún no se puede predecir que se va a 'apagar' la AMOC (Atlantic Meridional Overturning Circulation). —Islandia ha clasificado el colapso del sistema de corrientes del Atlántico de amenaza para la seguridad nacional. ¿El resto de países deberíamos hacer lo mismo? —Islandia a lo mejor tiene más conciencia ambiental, pero lo que está claro es que lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico, lo que pasa en el Atlántico no se queda en el Atlántico y lo que pasa en los océanos es un problema de clima global. Nos va a repercutir a todos. —Volviendo a la radiactividad, ¿queda algún tipo de huella del accidente de Fukushima? —En Fukushima estuvimos en el año 2011, cuando hubo el accidente, y hemos estado yendo hasta el año pasado. Los niveles que vemos ahora están como antes del accidente. A lo mejor sale algo ahora que están vertiendo un poco de las aguas que hay recicladas de los tanques, pero queda muy diluido. Yo creo que lo tienen muy controlado. —¿Se subestiman los peligros de la radiactividad de los océanos? —No creo que se subestimen, creo que se entiende mal y se mediatiza mal. A todo el tema de Fukushima se le dio muchísima importancia. Cuando los japoneses anunciaron que echarían las aguas que hay almacenadas en los tanques creó un impacto mediático muy bestia. Pero estas plantas de reprocesamiento nuclear, que son las que nosotros utilizamos como fuentes de trazadores al Ártico, emiten 400 veces o 500 veces más radiactividad que la que se quería emitir en Fukushima con estos vertidos. A la gente le preocupó muchísimo Fukushima, pero si Fukushima es un problema, entonces las industrias de reprocesamiento nuclear de Europa han sido un problema desde hace 70 años. O sea, que si el problema está allí, también está aquí. —¿Cuáles son los mayores misterios que quedan por resolver de la ciencia oceánica? —Queda mucho para entender el rol real de los océanos. Sabemos que los océanos tienen un papel clave en la regulación del clima, pero también sabemos que son vulnerables al cambio climático. Pero, ¿cuál es esta vulnerabilidad? De momento los océanos son nuestro aliado en el sentido de que almacenan gases de efecto invernadero que si están en la atmósfera crearían un incremento de temperaturas mucho más elevado, pero ¿durante cuánto tiempo lo van a almacenar? Y cuando ya no lo almacenen, ¿dónde lo van a dejar, dónde irá y qué pasará? Estas son las grandes preguntas: cuál es la capacidad de los océanos y cuál es su límite en ser nuestros aliados del clima y cuál puede ser la respuesta que tengan más allá de lo que están haciendo ahora.