El día que los médicos dejen de creer en el sistema sanitario
Hay una preocupante escena que todavía no ha ocurrido, pero cada vez está más cerca. No será una huelga masiva, no habrá pancartas ni titulares alarmistas. Simplemente un día, en silencio, muchos médicos dejarán de creer en el sistema sanitario. Y cuando eso ocurra, el problema no será laboral, será sistémico.
Porque los sistemas sanitarios públicos no se sostienen únicamente con presupuestos, decretos o estructuras administrativas. Se sostienen sobre algo mucho más frágil y difícil de medir: el propósito, la convicción íntima (hay quien lo llama vocación) de quienes los hacen funcionar cada día.
Durante décadas el sistema sanitario español ha vivido de un contrato implícito con sus médicos. Un contrato no escrito donde la medicina exigía mucho: años de formación, guardias interminables, responsabilidades clínicas enormes y una presión asistencial que ningún manual de gestión recomendaría.
Pero a cambio ofrecía algo que compensaba ese esfuerzo: prestigio profesional., estabilidad, autonomía clínica y, sobre todo, la sensación de formar parte de un proyecto colectivo que merecía la pena. Ese equilibrio imperfecto sostuvo el sistema durante décadas.
Hoy ese contrato se está rompiendo. No de forma abrupta sino lentamente, casi sin ruido, a través de miles de pequeñas decisiones acumuladas durante años: más burocracia, menos autonomía clínica, más presión asistencial, menos reconocimiento profesional. Y por medio más discursos grandilocuentes y menos reformas reales.
Y, mientras tanto, seguimos escuchando el mismo diagnóstico superficial: que si los médicos jóvenes ya no tienen vocación. Es un argumento cómodo pero profundamente injusto.
La vocación médica sigue existiendo, lo que está desapareciendo (y muchos siguen sin darse cuenta) es la confianza en el sistema.
Durante demasiado tiempo la sanidad pública ha funcionado gracias a una energía invisible: el sobreesfuerzo moral de los profesionales. Los médicos han sostenido déficits estructurales del sistema con responsabilidad profesional, han absorbido ineficiencias organizativas con compromiso y han cubierto decisiones políticas de corto plazo con sacrificio personal.
Ese capital moral ha sido, durante décadas, el verdadero estabilizador del sistema. Pero ese capital no es infinito. Cuando un sistema exige cada vez más y devuelve cada vez menos, el compromiso no desaparece. Simplemente cambia de lugar.
Hay algo que debe quedar meridianamente claro: los médicos siguen comprometidos con sus pacientes, con su especialidad y con la calidad de su práctica clínica. Pero cada vez menos lo están con un sistema que perciben como incapaz de ofrecerles un horizonte profesional razonable.
Ese es el verdadero riesgo. No que los médicos trabajen menos, sino que empiecen a trabajar sin creer en el sistema. Porque cuando eso ocurre, algo muy delicado se rompe. El sistema sigue funcionando, sí, las consultas siguen abiertas, los quirófanos siguen operando, las urgencias siguen atendiendo. Pero el sistema empieza a funcionar en modo supervivencia. Y un sistema sanitario en modo supervivencia puede aguantar años. Pero ya no mejora, no innova y no atrae talento. Simplemente resiste.
Quizá por eso conviene hacerse una pregunta incómoda antes de que sea demasiado tarde. No si los médicos jóvenes tienen menos vocación sino otra mucho más inquietante: ¿Qué pasará el día que una generación entera de médicos deje de creer en el sistema sanitario?
Porque ese día no habrá manifestaciones pero el sistema habrá empezado a perder algo mucho más importante que un conflicto laboral, habrá empezado a perder su alma profesional. Y cuando un sistema sanitario pierde eso, recuperarlo es mucho más difícil que aprobar cualquier presupuesto.
El problema está en el sistema y cuanto antes tengamos el coraje de reconocerlo, antes podremos empezar a corregirlo.
César Pascual. Consejero de Salud de Cantabria