Investigación y valores
Este artículo fue publicado originalmente en El Día.
Henri Poincaré (Nancy, 1854 – París, 1912), el último de los polímatas –matemático, físico, científico teórico y filósofo de la ciencia–, es una buena referencia para abordar el tema de la ética científica, con fines de enhebrar propuestas tendentes a solucionar las causas de la “artificiosa”, y “precaria”, investigación científica nacional.
Fue un científico poliédrico, sutil, encantador; un profesor convencido de que enseñar por analogía nos encauzaría hacia la verdadera práctica de la ciencia. Hoy, algunos países han llevado a cabo su revolución metodológica y tecnológica. Su fórmula fue: “Con la lógica se demuestra, con la intuición se innova”.
Pero resulta que hay dos investigaciones, además de la clasificación formal de las ciencias. Una que está en poder de las élites, que no está en crisis, sino todo lo contario, está adecuada a intereses económicos muy efectivos; la otra investigación es aquella que se fractura en el modelo educacional colonial, fiel reflejo de la crisis de la sociedad que vivimos y a la que sirve.
Aún en los niveles de la educación superior, la sola mención de la frase “investigación científica”, (vg. monografía, programa de maestría, doctorado), resulta una calamidad, olvidándose asaz de los principios de Poincaré. Si lo ponemos en perspectivas de la naturaleza educativa nacional, diremos que la actual crisis de la ciencia dista mucho de convertirse en un asunto que ayude a perfeccionamiento social, a la economía de nuestra nación.
Es una cuestión compleja, pero llamamos investigación a resultados repetidos, datos secundarios, previamente ya documentados, con referencias bibliográficas, que no representa ni siquiera la visión de los temas estudiados. Sin embargo, el valor propio de una investigación así, todavía cuenta con la abnegación de sus profesores y estudiantes.
Las raíces de la fórmula de la “investigación científica” laica oficial, que representa todavía el viejo el modelo educativo de nuestras instituciones de educación superior, vale poco, y no se ha familiarizado con los valores verdaderos de la ciencia.
Helos aquí. Así, al considerar que existe una deontología del investigador científico, de los que algunos autores han escrito sus decálogos, la ciencia debe demostrar, y para lograrlo debe experimentar. No hay, pues, razón de excluir la hipótesis, ya que “la ciencia por la ciencia” es una concepción absurda, toda investigación se debe a la selección de los hechos, lo que se considera más bien aquello que permite lograr lo útil, que puede mejorar al hombre.
Sabemos que los valores son la fuerza impulsora de la ciencia, y que la ciencia como persecución de la verdad puede introducirse en la esfera de los valores. En el estado actual de la ciencia, ni los hechos ni las hipótesis pueden estar aislados: existen dentro del cuerpo general del conocimiento científico.
Las características del método científico pueden hacer variar una investigación, pero el componente ético siempre debe estar siempre en el protocolo.
El método científico tiene reglas; los científicos tienen moral científica; debe considerarse una forma de adquirir un conocimiento general, y también un conocimiento ético. La ciencia, en su último ideal, consiste en una serie de proposiciones dispuestas en orden jerárquico; la ética, se basa en generalizaciones.
La ciencia se hace muy difícil, pero da sentido práctico al investigador. El método científico impone límites al investigador (ética).
Deseo concluir, por ahora, enarbolando un grito de reclamo a que la sociedad civil, los grupos sociales, los gobernantes, valoren si de verdad merece manifestar más atención al investigador local, si la investigación científica es, con justicia, considerada un problema estatal.
La publicación Investigación y valores apareció primero en El Día.