«A todo gas»: un cuarto de siglo acelerando a fondo
Cuando se estrenó «The Fast and the Furious» («A todo gas» se tituló en castellano) hace ya veinticinco años, en junio de 2001 –a España llegó cuatro meses después, en octubre–, nadie pensó, ni por asomo, que aquella película de coches tuneados y tías buenas fuese a convertirse en un fenómeno, en la piedra de toque de una franquicia ya mítica que todavía no ha concluido a la espera de su desenlace, [[LINK:INTERNO|||Article|||6a705668456bb0e44f773583|||«Fast Forever»]], la undécima película de la saga, que llegará a los cines en marzo de 2028. Asimismo, la última entrega hasta la fecha, «A todo gas X», data de diciembre de 2024.
Quienes todavía las tenían menos consigo eran sus hacedores principales, con el director Rob Cohen a la cabeza junto al propio [[LINK:TAG|||tag|||6336155987d98e3342b26c81|||Paul Walker]], protagonista de «A todo gas», quienes venían de trabajar juntos en «The Skulls: Sociedad Secreta» (2000). De hecho, de alguna manera se le dio carta blanca al malogrado actor para que, partiendo de un reportaje del periodista Ken Li, titulado «Race X» y publicado en la revista «Vibe» en 1998, se lo llevase a su terreno. Dicho texto, de «apenas» dos mil palabras, trataba sobre carreras clandestinas de autos modificados en Nueva York.
Walker aportó la idea del agente infiltrado, tomando claramente como referencia la estructura de la película «Point Break» (1991), pero cambiando las olas por los motores, las tablas de surf por los Mitsubishi y Nueva York por la ciudad de Los Ángeles. Bien, las bases estaban sentada, y el presupuesto –38 millones de dólares– tampoco era para tirar cohetes, si acaso un par de bengalas.
Una carrera que se prolongó
La cinta, que lanzó al estrellato a [[LINK:TAG|||tag|||633615d459a61a391e0a1018|||Vin Diesel ]](en el papel del malote Dominic Toreto) y al propio Walker (como Brian O’Conner, un policía arrepentido), fue un rotundo éxito en taquilla: recaudó hasta 200 millones de dólares. Buena parte de la culpa lo tuvieron sus espectaculares y atractivos tráileres. Ahí está la escena del paso a nivel. Sólo en España, por hacernos una idea a escala nacional, hizo 4,8 millones de dólares, superando el millón de espectadores.
Pero, sobre todo, una historia que parecía auto conclusiva –de hecho, esa era la intención inicial– sirvió para dar el pistoletazo de salida a una larga y fructífera saga –eso que llaman «blockbuster»–, aunque por el camino pasaran muchas cosas, se tomasen muchas curvas, como la muerte de quien encarnara a Brian O’Conner –Walker falleció en 2013 precisamente en una accidente de tráfico– o la mutación de la saga hacia una película de atracos, superhéroes y tramas a escala internacional –con la quinta entrega «Fast Five» (2011) como punto de inflexión–, dejando por el camino su esencia primigenia de tunning y tías buenas (Michelle Rodríguez y Jordana Brewster no eran sólo eso, por supuesto); óxido nitroso y macarrismo.
Sin embargo, por contra de lo que pudiera parecer, los seguidores de «Fast and Furious» aceptaron de buena gana esta evolución o mutación del «blockbuster» –de hecho la taquilla global de las diez entregas se estima en unos siete mil millones de dólares–, este pacto de ficción –de suspensión de la incredulidad–, fundamentalmente porque fue ese concepto casi mafioso de «familia» (acuñado principalmente por el personaje de Diesel, Dom) el hilo conductor, la esencia que fundamenta «Fast and Furious» o, si quieren, «A todo gas». Los coches, aunque estén ahí, ya parecen ser lo de menos. Están aparcados.
25 años no son nada, ¿o sí?
Con motivo del cuarto de siglo –¡qué horror, cómo pasa el tiempo!– del estreno de la primera parte de «A todo gas», algunas salas españolas repondrán la cinta remasterizada durante este fin de semana. Una oportunidad fantástica para los nostálgicos de esta saga, de sus comienzos, más precarios, más terrenales, cuya añoranza se apoya en dos pilares: la dramática pérdida de Paul Walker –apenas tenía 41 años cuando el siniestro– y la conservación en formol de un ecosistema, el del cambio de siglo, que hoy vemos como algo obsoleto, lejano, incluso cutre, pero por el que no podemos evitar sentir esa morriña de cuando éramos jóvenes –un chiquillo de nueve años en mi caso– y no había redes sociales, ni teléfonos inteligentes, ni IA, y el Zaragoza jugaba en Primera. Móviles Nokia, gomina, DVD’s y Aznar con bigote.
De hecho, hay algo de esa estética, de la fiebre por el tunning –los alerones, las llantas, las cantosas carrocerías, los tubos de escape como bocas de dragón, etcétera– del auge del hip-hop, los macarras –en España, sobre todo en Andalucía, los canis–, las mujeres como trofeo –eran otros tiempos, en fin–, la preservación de lo analógico y la exhibición de lo proto tecnológico que miramos, al ver de nuevo esta peli que da buena muestra de todo ello, con cierta condescendencia pero, para qué negarlo, con un punto de regocijo y de placer culpable que nos produce este ecosistema conservado en ámbar.
Y ahí, en esa saudade, probablemente esté la justificación y la gracia de la reposición de «A todo gas» décadas después, que, aunque por momento haga que nos ruboricemos nos causa un placer difícil de definir como cuando miramos fotos antiguas, de nuestra adolescencia, en las que nos vemos mal parecidos, con acné, peinados horrendos y ropa hortera. Pero al final somos nosotros; o sea, no seríamos nosotros sin haber sido antes eso de lo que hoy renegamos haber sido.