Un desierto irrespirable para el PSOE
En la El PSOE se enfrenta a su peor semana de los últimos años. No es la primera vez que lo hace y, probablemente, vendrán otras aún peores. Las crisis se han ido sucediendo y, cada una, ha sido todavía más grave que la anterior.
El hecho de que Ábalos esté en prisión y, a punto de recibir la sentencia del caso mascarillas, mientras que Víctor Aldama esté en su casa y con previsión de condena mucho menor por colaborar con la justicia, puede suponer un punto de inflexión en su estrategia judicial, algo muy temido en el Palacio de la Moncloa, como se ha sabido a medida que ha avanzado la investigación en el «caso Leire Díez».
Por su parte, Santos Cerdán representa una bomba de relojería para los intereses de Sánchez. Cuando el secretario de Organización del PSOE, presuntamente, organiza toda una estructura en la que se ven implicadas empresas y personas con responsabilidades públicas, no es algo que pueda encapsularse en él y que no afecte a la organización, porque se trata del núcleo de dirección del propio partido.
Sánchez decidió, a modo de emperador, hacerse con el poder aun perdiendo las elecciones. Ordenó los pactos con independentistas, con los herederos de ETA, con nacionalistas y populistas de izquierda. Dictó quienes serían ministros, directores generales o candidatos a presidir las comunidades autónomas.
Configuró su guardia pretoriana con Ábalos, con Cerdán, con Koldo y todo un elenco de Serranos, Isauras, Mercedes y Leires, con los que ocupó el poder político y orgánico. Es difícil equivocarse tanto, más bien parece responder a las preferencias del líder sobre con quién trabajar.
También decidió romper con el PSOE de Felipe González, condenarlo al ostracismo primero y retirarle el carné de izquierdas. Le vino bien José Luis Rodríguez Zapatero, más dúctil que González, porque sus posiciones incomprensibles, como defender la legalidad de unas elecciones cuestionadas por la comunidad internacional o codearse con la élite de un régimen que encarcelaba a quienes se oponían, tenía algunas ventajas para Sánchez, como allanar el terreno con Pablo Iglesias y el mundo podemita.
Se abrazó a Zapatero, y este a él, y ahora no se pueden zafar el uno del otro. El expresidente ha optado por defenderse judicialmente, cerrando la puerta a la explicación política, se intuye de la elección de abogado y de las primeras acciones de este que la estrategia va a consistir en intentar lograr el archivo de la causa invalidando pruebas recogidas por la UDEF.
Desde la calle Ferraz se han jugado todo a que Zapatero resolverá cualquier duda o sospecha en su comparecencia en el juzgado, pero a nadie se le escapa que, según están planteadas las cosas, es bastante complicado y que la estrategia de apelar a errores del procedimiento es, judicialmente, más probable.
El desarrollo de la investigación judicial determinará si hay o no causa para juzgarle y si todo lo contenido en los informes policiales se incorpora al proceso o no, pero lo que es innegable es que Zapatero ha perdido toda la credibilidad política. Más allá de si existen o no los delitos que se le imputan, de si las pruebas son impugnables o de si algún delito está prescrito, las fotografías de las joyas que han recorrido portadas y televisiones de medio mundo, le han enviado al desguace político.
Los cuadros medios han hecho ya el diagnóstico, pero no encuentran una salida al problema. Si exigen elecciones, será un enfrentamiento directo con Sánchez y se les acusará de dejar el partido a los pies de los caballos y darle el Gobierno al Partido Popular, y si no hacen nada, en las municipales de mayo no habrá supervivientes.
Si esto último ocurriese, tampoco habría alternativas a Sánchez después de perder las elecciones generales, que querría seguir siendo secretario general del PSOE y eso no solo tendría consecuencias para el partido, sería un problema de país que, en este momento, está inmerso en un clima de polarización irrespirable y hundido en una crisis institucional sin precedentes en el que el Gobierno ha emprendido una campaña de desprestigio y cuestionamiento del poder judicial.
El resultado es incertidumbre de un país al que se le niegan las urnas y un Partido Socialista herido de muerte y arrojado a un desierto del que no está claro que vaya a lograr salir.