Triángulo de Amor Bizarro: los pilares de la rabia
Las primeras palabras dicen: «Dioses digitales inundan mis manos / hacen que olvide mi naturaleza». Así canta Isa Cea en el arranque de «Mi catedral» (Sonido Muchacho), nuevo disco de la banda gallega Triángulo de Amor Bizarro, uno de los grupos indiscutibles de la escena del rock español de este siglo. «Dioses digitales bloquean mi pensamiento / hacen que no me importe ni de dónde vengo», continúan en una canción que retrata la alienación cibernética de nuestro tiempo dejándonos una patada en la espinilla: «acabo de verlo / y no recuerdo nada» es, quizá, resumen perfecto de una cotidianeidad que se experimenta en «scroll» infinito. Tras dos décadas de actividad, Triángulo inician nueva etapa como trío después de la salida de Zippo, teclista y guitarrista, lo que ha obligado al grupo a redefinir su sonido. «No tenía sentido buscar un sustituto, porque sería peor que él siempre. Así que decidimos probar como trío. En parte, habíamos llegado al máximo que podíamos conseguir de sonido como cuarteto», cuenta Rodrigo Caamaño sobre la seña de identidad del grupo: un imponente muro de sonido, radical, extremo, tanto que espantó y horrorizó a unos cuantos cuando la banda hizo su aparición.
Porque cuando Caamaño dice «el máximo sonido» no es una forma de hablar. No es una de esas frases huecas de los músicos. Es que habían llegado a una saturación y un peso que les había convertido en un Panzer sonoro. En cambio, con un miembro menos, las cosas cambiaron. «Perdíamos cierto componente de muro, de capas, pero ganábamos contundencia, concreción en los arreglos, relación entre instrumentos –explica Caamaño cuando le mencionamos que en su nuevo trabajo se perciben las melodías–. Antes los instrumentos peleaban por su espacio, había muchos solapes y no salían. El cambio nos permitía liberarnos, centrarnos en las relaciones entre instrumentos. Las melodías siempre estuvieron, pero la configuración era diferente». El guitarrista de la banda hace una confesión: «Había un cierto cansancio de ese sonido y no renegamos de él en absoluto. Nosotros lo hacíamos cuando nadie más se le ocurría cosa semejante, pero ahora sí se ha puesto algo más de moda. Quisimos recuperar el planteamiento de los discos de los 90, con una mesa, de forma intuitiva, un ecualizador, una reverb y punto. Creo que en aquella época los grupos hacían un esfuerzo para sonar bien. Ahora la tecnología te da el lujo de que no importa cómo suenes en directo. Con el Pro Tools puedes crear la simulación del espacio, el ambiente. Pero eso te lleva a la búsqueda de la perfección continua, y yo creo que los discos deben tener crudeza y realidad. Así que nos quisimos reiniciar para reflejar esa realidad, no algo artificial», explica.
La forma lleva al fondo: porque el nuevo disco del trío habla precisamente del mundo de las apariencias y las falsedades, de la alienación, de una realidad asfixiante. «Si haces algo que vaya en contra de lo que favorece el algoritmo, no existes. Y eso es cada vez más fuerte. A mí, que me critiquen no me detiene. Pero claro, si pones una foto determinada, te borran. Tienes que entrar en su modelo corporativo o desapareces de las redes. Creo que cualquier grupo legendario de la historia de la música, con las premisas de ahora, no habrían conseguido llegar a un mínimo público para transmitir su mensaje. Hay demasiados peajes de compañías que lo único que hacen es, como vampiros, absorber y dirigir el contenido cultural hacia ideas –porque son muy ideológicas– que van contra todos los contratos sociales. Contra acuerdos y convivencia que ya estaba aceptado por todos. Hacer un grupo ahora como lo hicimos nosotros en su día, sería inviable».
Poderosos como niños
«Matar a un Rey» habla, en buena medida, de las consecuencias de ese modelo: magnates todopoderosos que dirigen el mundo gracias a sus negocios cibernéticos. Ya conocemos sus nombres: Musk, Bezos, Zuckerberg... «Hablamos de personajes que tienen tanto poder como los emperadores de Roma y, además, hay varios a la vez. Los monarcas absolutos, desde luego, no tenían tanto poder como estos CEO. Nadie les controla: los reyes tenían una corte que manejaba su desvarío, pero a esta gente nadie les lleva la contraria», explica Rodrigo. A su lado, Mallo asiente: «Es gente que no tiene un poso intelectual ni nada. Y les da igual la responsabilidad que tienen. El mundo es un patio de colegio para ellos, se comportan como niños pequeños. Y se enfadan por cualquier cosa y explotan poniendo en peligro a todo el mundo. Son tan ricos y poderosos que solo les importa su ego».
«Mi catedral» no evoca el nuevo y vano espiritualismo de moda en el pop español. «No, es algo etéreo, una evocación. Hace referencia a muchas cosas, pero una de ellas es reivindicar la idea de banda clásica. Una banda no es un artista y dos tipos en el fondo, sino la idea psicodélica de disolución del ego. Nos flipa la idea de Can, que todos hacían solos ¡y los tocaban a la vez!. Esa idea musical era muy potente y solo cabe en formato de banda, no en solista con acompañamiento. Y el título equipara cualquier forma de expresión, yo creo que es un poco blasfemo, porque supone decir: nuestro disco y nuestra banda son una catedral». Una levantada con mucho ruido.