Magnicidios de película: cuando el cine dispara contra el presidente de Estados Unidos
La escena de la que todos hablamos –disparos en una velada presidida por [[LINK:TAG|||tag|||6336141fecd56e3616931c8f|||Donald Trump]] rodeado de corresponsales– parece salida de un guión de Hollywood. Y, en cierto modo, lo está: el cine estadounidense lleva décadas imaginando ataques contra su presidente, explorando ese territorio incómodo donde el poder se vuelve tan vulnerable.
El ejemplo más citado es "JFK: Caso Abierto", la reconstrucción obsesiva que [[LINK:TAG|||tag|||63361c191e757a32c790c8b0|||Oliver Stone]] hizo del asesinato de [[LINK:TAG|||tag|||633612595c059a26e23f7571|||John F. Kennedy]]. Más que una película, es una teoría en imágenes: montaje febril, sospecha permanente y la sensación de que la verdad siempre está fuera de campo. Desde entonces, el magnicidio dejó de ser solo historia para convertirse también en género.
Hollywood ha ensayado casi todas las variantes. "En la línea de fuego", [[LINK:TAG|||tag|||633613fb59a61a391e0a0bf8|||Clint Eastwood]] encarna a un agente obsesionado con evitar que la historia se repita: el fantasma de Kennedy sobrevuela cada plano. En "Air Force One", el presidente se convierte en héroe de acción, puño en alto frente a terroristas en pleno vuelo. Más adelante, el asalto directo al corazón del poder se vuelve espectáculo: "Objetivo: La Casa Blanca" y "Asalto al poder" convierten la Casa Blanca en campo de batalla, con el presidente como rehén o símbolo en riesgo.
No siempre hay disparos visibles. A veces el atentado es una conspiración latente, una amenaza que avanza entre pasillos, como en "El mensajero del miedo" –en sus versiones de 1962 y 2004–, donde la idea de manipular al poder resulta tan inquietante como cualquier bala.
Lo interesante es que estas películas no solo buscan adrenalina. Funcionan como termómetro de una ansiedad muy estadounidense: la fragilidad del liderazgo, la sospecha de que el sistema puede quebrarse desde dentro o desde fuera en cualquier momento. El presidente, en la pantalla, deja de ser una figura distante para convertirse en cuerpo expuesto.
Por eso, cada vez que la realidad ofrece imágenes que recuerdan al cine –como lo ocurrido en torno a Trump, quien ya recibió un disparo en la oreja–, la frontera se difumina. No es que la política imite a Hollywood, pero sí que Hollywood lleva años ensayando esos miedos.
Y quizá ahí esté la clave: en Estados Unidos, el magnicidio no es solo un hecho histórico. Es también una ficción recurrente, una pesadilla colectiva que el cine no deja de reescribir.