Pedro Sánchez: el «actor global» del «No a la guerra» rueda peli en Barcelona
Hubo una vez un alto cargo en Moncloa que para vender a los periodistas la influencia internacional de Pedro Sánchez se refirió a él como «actor global». Fue hace casi cuatro años, pero me acuerdo como si fuera ayer. En cuanto lo escuché, se me dispararon las alarmas porque España no deja de ser una potencia media con un poder más que limitado en el mundo. Ni tenemos un arsenal militar impresionante ni un gigante mundial que juegue de tú a tú en la liga de las grandes tecnológicas del planeta.
El gran activo de España es, en verdad, su poder blando; su influencia cultural. Los españoles caemos muy bien. Pero, por aquel entonces, en la cabeza de aquel asesor del Gobierno teníamos un presidente poderoso. Reconozco que en ese momento me pareció una loa desmesurada, más propia de un pelota que de un cargo gubernamental.
Es verdad que Sánchez se desenvuelve bien en la arena internacional, pero de ahí a comparar su influencia con la de los grandes líderes del mundo había un trecho. Y lo sigue habiendo. Ahora, años después, Sánchez ha sido capaz de marcar tendencia. Su «No a la guerra», que en verdad es un «no» a Trump, le ha dado cierta notoriedad internacional.
Lo cierto es que Sánchez se ve ya como un superhéroe con capa cuya única misión es librar al mundo del mal «ultra» que se extiende como la peste. La historia es vieja, la verdad. Pero el presidente quiere rodar su propia película. Es que se la cree. Y, por eso, los días 17 y 18 de mayo ha citado en Barcelona a todos los «progresistas del mundo» para mirarse al espejo, reconocerse.
Bajo el paraguas de la llamada Global Progressive Mobilisation, la izquierda internacional intenta hacer algo que lleva años prometiendo: ponerse de acuerdo antes de que la realidad le pase por encima. El diagnóstico es conocido –la derecha avanza y la ultraderecha se coordina–. Y la receta también: o se ordenan o se diluyen como un azucarillo.
Se trata de una red en construcción, como la que ha tejido en los últimos años Donald Trump. Y que aspira a conectar gobiernos, líderes, activistas y centros de pensamiento bajo una misma lógica. Dicho de otro modo: es una suerte de internacional progresista beta, más definida por la intención que por los resultados.
La iniciativa, impulsada por Pedro Sánchez y arropada por nombres como Lula da Silva o Stefan Löfven, llega con ambición declarada. «Va a ser gordo, un actazo», venden en Ferraz. La izquierda lleva tiempo reuniéndose para coordinarse… y coordinándose para volver a reunirse. La duda es si esta vez será diferente o si acabará engrosando la larga lista de proyectos que nacieron para cambiar el tablero… y se quedaron en el titular, como le pasó a la Alianza de Civilizaciones que se inventó el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y que permanece olvidada en los cajones de la ONU.
Pero más allá de eso, cabe preguntarse si alguien le compra la película a Sánchez. Porque los españoles, tras meses de escándalos de corrupción y prostitución, reconocen más su Gobierno en Torrente presidente que en la batalla ideológica que está planteando. Y ya no solo se trata de que le compren la película los españoles, que se la compren sus propios compañeros. Sánchez ha demostrado, ascendiendo a Carlos Cuerpo, que es implacable y que el futuro del «sanchismo» es él.
Pero en el PSOE le culpan de haber engordado a los ultras. Por varias vías y de diferentes formas. Por eso, que ahora quiera ser el que les frene provoca alguna que otra carcajada en su partido. Él, mientras, a lo suyo.
Los únicos grandes que aterrizarán en Barcelona esos días serán los presidentes latinoamericanos: Lula y Petro. Aunque el PSOE trabaja para cerrar más; incluso una delegación del Partido Demócrata de Estados Unidos. Es posible que se vea por allí al recién elegido alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.
Cuantos más actores mejor. Cuanto más internacionales, mejor. Sánchez vive obsesionado, desde el mismo día en que se sentó en el despacho de Moncloa, con la impronta histórica que dejará. Hoy, toda la producción de su gabinete está destinada a esta película. Igual por eso la ministra Elma Saiz hace ahora recomendaciones culturales.
Compre palomitas y vaya al cine. Hay cositas en la cartelera, como Altas capacidades. Si le ha gustado a Carlos Boyero, merece una oportunidad.