Felipe II y la empresa de Inglaterra del marqués de Santa Cruz
I. El desencanto de Felipe II
Tras las incursiones piratas de Francis Drake y la ejecución de María Estuardo, Felipe II abrió sus ojos a una hostilidad profunda y sangrante. Tanto tiempo soportando la diplomacia seductora de Isabel I y las palabras y gestos engañosos de su consejero, William Cecil, rompieron la confianza del rey al verse engañado en su sinceridad.
La reina Isabel, a quien salvó la vida en dos ocasiones, cuando Felipe era consorte de la reina de María Tudor, y a la que entregó un trono, se había convertido en su enemigo más implacable.
No podía dar crédito a las matanzas de inocentes en poblaciones desarmadas en los virreinatos americanos de España y, además, sin una declaración de guerra previa, como exigían los usos y costumbres entre naciones. No comprendía la rapiña furtiva de las naves inglesas contra todo lo español. Comportamientos tan mezquinos eran inadmisibles porque reflejaban una sed de maldad, un comportamiento homicida execrable estimulado por la codicia y por la apetencia de destrucción.
Escribe William Thomas Walsh, con una formidable figura retórica, que a Felipe pareció iluminarse como por una antorcha siniestra, por primera vez, la oscuridad inmensa que se extendía por todo el Norte. Y, en ella, las auténticas características del pájaro real que él mismo había incubado y que Cecil había criado, envuelta en sayas vistosas y deslumbrantes.
Felipe había sido educado en los usos de la corte de su padre, el emperador Carlos, en donde la palabra y la gratitud eran divisas respetadas y obedecidas. Se le enseñó la ley de lo franco y directo, pero no la astucia de lo infamante.
II. Primeros planes de invasión .
Tras el triunfo de Álvaro de Bazán en las Islas Terceras en 1583 frente a los franceses, portugueses e ingleses, sugirió a Felipe II la idoneidad de aprovechar los momentos para invadir Inglaterra. En carta que es citada por el académico Agustín Rodríguez en su obra Álvaro de Bazán. Capitán general del Mar Océano, se recoge el siguiente fragmento:
«Las victorias tan cumplidas como ha sido Dios servido dar a V.M. en estas islas, suelen animar a los príncipes a otras empresas, y pues nuestro Señor hizo a VM tan gran Rey, justo es que siga ahora esta victoria mandando prevenir lo necesario para que el año que viene se haga la de Inglaterra, pues será tan en servicio de nuestro Señor y gloria y autoridad de VM, y pues se halla tan armado y con ejército tan victorioso, no pierda SM esta ocasión…y de allí se podrán tener muy ciertas esperanzas de allanar lo de Flandes […]».
El plan fue apoyado por Farnesio y Bernardino de Mendoza, como documenta Menéndez Pidal. El rey acusó recibo de la misiva, pero sin tomar la propuesta y sin dar mayor relevancia.
Transcurridos dos años, Santa Cruz pudo comprobar los daños y la ruina que producían los desmanes de los piratas y corsarios y, de nuevo, escribió al rey, guiado por su patriotismo.
Le comunicó la imposibilidad de mantener la paz con las graves amenazas que se cernían sobre la monarquía desde Inglaterra, desde los Países Bajos como desde las rutas oceánicas, porque «estos inconvenientes y, aun otros, suceden a los Príncipes que se empeñan en guerras defensivas».
Expuso al rey, a continuación, el gran beneficio que había reportado a Inglaterra el empleo de la marina: éxito en las expediciones piratas contra España; ganancia en reputación militar de sus flotas y ruina de los comerciantes españoles. Y, consecuencia de todo ello, el incremento del contrabando con pingues beneficios económicos.
Con estas insinuaciones invitaba al rey a ampliar la fuerza naval española y, de este modo, imprimir un carácter más ofensivo a las flotas para proteger las costas y los envíos de caudales desde América.
Fue también muy explícito sobre el coste de una guerra que resultaba más económica que mantenerse al margen y sufrir los saqueos continuos.
Bazán conocía los recursos, las fuerzas militares y las condiciones particulares de Inglaterra, como las de otros países de Europa. Sobre esta información llegó a una conclusión: el triunfo de España estaba asegurado.
Pero Felipe II era un rey que tenía sus tiempos, meticuloso en su forma de despachar y reflexivo en el modo de proceder con los innumerables pliegos que genera la gobernación de un imperio. Desde su gabinete en el Monasterio de El Escorial, una habitación con dimensiones las justas, sin pretensiones. Como ornamento, un zócalo de azulejo vidriado azul claro con fondo blanco que envolvía las paredes. Un escritorio de madera en líneas rectas, sin filigranas, su reloj candil fabricado por su relojero Hans de Evalo y unas carpetas con folios cosidos con cuerda floja, todas clasificadas según su importancia. Sentado sobre un sillón frailero que predisponía al trabajo,
porque comodidad no ofrecía. Sobre la mesa de trabajo, una estantería con libros y pergaminos para su consulta.
Algunas pinturas religiosas en la pared daban algo de color, aunque muy poco calor a esta fría estancia. Así, en este espacio, transcurrían las horas sumidas en el estudio y la reflexión de los asuntos de Estado.
La austeridad más estricta rubricaba la vida del monarca español: ni enjundiosos cortinajes, ni ricos tapices, ni bronces, ni muebles atarazados de maderas preciosas y caprichosas formas.
En el año 1585 se tomó la ciudad de Amberes después de un asedio que obligó a la conquista de varias fortalezas como las de Waes, Doel y Blanwgarn y a la construcción del puente ordenado por Farnesio sobre el río Escalda, obra soberbia de ingeniería de 668 m de longitud. Se la comparó con el construido por Julio César en el Rhin, aunque duplicó sus dimensiones.
III. La estrategia de Bazán
Impulsado por aquellos éxitos y espoleado por estas acciones piratas que comprometían el prestigio internacional de España y fomentaban el desencanto en España, Felipe II convoca a su Consejo de Guerra y, a través de Idiáquez, comunica a Álvaro de Bazán que elabore un plan detallado sobre la empresa de Inglaterra que debía mantenerse en secreto.
Poco tiempo después, el 27 de marzo de 1586, desde Lisboa, remitió un informe muy elaborado, de unos 50 pliegos, en donde desarrolló, pormenorizadamente, el contingente a enviar.
Basándonos en los datos expuestos por el prof. Fernández Álvarez, podemos enumerarlos en los siguientes cuadros:
1. Real Armada.
|
España |
Italia |
Portugal |
otras |
total |
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|
Naos gruesas |
80 |
20 |
20 |
30 |
150 |
|
|
Urcas de carga |
40 |
40 |
||||
|
Naos pequeñas |
200 |
120 |
320 |
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|
Galeras |
20 |
20 |
40 |
|||
|
Fragatas |
20 |
20 |
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|
Falúas |
20 |
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|
Barcas desembarco |
200 |
200 |
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|
Totales buques |
440 |
80 |
340 |
30 |
770 |
2. Gentes embarcadas
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Española |
Italiana |
Portuguesa |
Alemana |
total |
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|
Infantería |
23.000 |
15.000 |
5.000 |
12.000 |
55.000 |
|
|
Caballería |
1.200 |
1.200 |
||||
|
Artillería |
4.290 |
4.290 |
||||
|
Aventureros |
3.400 |
3.400 |
||||
|
Gentes de mar |
24.822 |
24.822 |
||||
|
Galeotes |
9.800 |
9.800 |
||||
|
Total |
66.512 |
15.000 |
5.000 |
12.000 |
98.512 |
Se pedían 98.512 hombres, mucho más que en la batalla de Lepanto.
De estas cifras hay un hecho incontestable, el gran peso que España debía soportar en la empresa.
No solamente la infantería española a la que Santa Cruz confiaba todo el peso de la operación era la más numerosa. También las fuerzas navales eran mayoritariamente castellanas.
Una buena parte de la logística fue suministrada por Castilla: tocino, vino, queso, atún, habas, garbanzos, aceite y vinagre. El bizcocho, carne salada, así como herramientas, parte de las armas, monturas, carruajes y artefactos para sitiar fueron suministrados por Sicilia.
La artillería, procedía de Milán, la mayor parte, pero también de la afamada fundición de Sevilla, que producía cañones de hierro y bronce.
En cuanto a las armas de fuego y armas blancas, eran suministradas principalmente desde Placencia de las Armas; picas y lanzas de Elorrio (Vizcaya) y Bilbao, centros productores de Castilla desde el s. XVI.
Santa Cruz estimaba que la expedición alcanzaría los 3.801.287 ducados.
Si convertimos en euros esta cantidad en atención al precio del oro en 2023, la cantidad hubiera ascendido a la suma de 1.176.000.000 €.
El plan elaborado por el almirante Bazán suponía un ataque directo a Inglaterra desde la Península.
Suya es esta expresión repleta de júbilo entusiasta: «[…] crea V.M. que tengo ánimo para hacerle rey de aquel reino y aun de otros […]».