Aulas sin vida
Todos se acordarán de aquel chico que conocieron en clase de historia o de la chica de resistencia de materiales, algunos todavía estarán a su lado y serán los padres de sus hijos, su compañero de trabajo, su amiga del alma que junto a su marido va a cenar a casa una vez al mes. No me preocupa tanto que hayamos perdido horas lectivas, créditos presenciales o prácticas de laboratorio; me atormenta pensar que hemos descafeinado vidas, hemos desbrozado curriculums hasta convertirlos en códigos de barras marcados por la generación que dejó de serlo por la pandemia.
No sé si el año que viene tendremos una generación de peores periodistas, ingenieros, médicos o abogados, lo que tengo claro es que el espacio distópico que hoy es una universidad nos va a afectar como sociedad. No ya por la capacidad para resolver ecuaciones imposibles sino porque la cultura de la vida se nos escapa entre las rendijas de las mascarillas. Las conversaciones de sus cenas a los treintaytantos serán sobre si las clases las dieron en Webex o en Collaborate y nadie recordará las tonterías que hicieron para coincidir a la salida de la facultad con aquel amor imposible del que no sabíamos ni su nombre pero que se convirtió en protagonista de nuestros sueños, cuando todavía soñábamos.
La pandemia nos deparará peores licenciados -de eso no cabe duda- pero peor aún será que nos privará de una generación de titulados en Vida, de esa concreta que sólo salía de las hasta ahora privilegiadas aulas universitarias.