El futuro es mañana
Es frecuente que se diga, con más o menos entusiasmo, que nada volverá a ser como antes. Y seguramente es verdad. Aunque desde luego todo depende de qué se incluya en ese “nada” y qué cuente como “antes”. En todo caso, es claro que las formas básicas de la política mexicana de los últimos 60 o 70 años no van a cambiar: habrá otros intermediarios a veces, los intercambios serán más ásperos, más volátiles, nada más. El resto puede cambiar.
Va a desaparecer, ha desaparecido ya casi del todo, el régimen de la transición. En primer lugar, el sistema de tres partidos, o dos partidos y medio, que organizaba la representación a partir de un eje de derecha a izquierda. Pero también el arreglo institucional con el que se encauzó el fin del sistema revolucionario. Se había creado, de los 80 en adelante, una especie de exoesqueleto del Estado, pensado básicamente para generar certidumbre a partir de un modelo cuyas piezas básicas eran la economía de mercado, la democracia electoral, la transparencia y el estado de derecho. El propósito era ofrecer un horizonte temporal más largo: eso hacen las instituciones. Su principal debilidad estaba en que ese horizonte no era real para la mayoría. Y para quienes viven al día, o con un horizonte temporal de una semana, una quincena, parece irrelevante la existencia de un fondo para prevenir gastos catastróficos o un sistema de información pública: es mucho más importante contar con 800 pesos más a fin de mes.
No está claro que esto de ahora, aparte de su vis destructiva, llegue nunca a ser un régimen, o algo más que un momento político —no parece que se intente, en realidad. El rasgo más característico del actual gobierno es la incertidumbre. Está buena parte del país, los actores políticos, los empresarios, pendiente de lo que pueda decir el señor Presidente en su divagación de la mañana, porque están todos convencidos de que puede decir cualquier cosa, y que puede suceder cualquier cosa. Por supuesto, es deliberado, porque sin esa expectativa, sus discursos no tendrían mayor interés. El resultado es un sistema en el que la autoridad del Presidente depende de la incertidumbre.
Ese ambiente de inseguridad, en el que todo parece posible, es la condición que garantiza el predominio de la política: sobre la economía, sobre el mercado, pero también sobre la administración, sobre la inercia burocrática. La política, es decir, la voz del Presidente.
Eso significa que no puede delegar autoridad ni ceder la facultad para decidir en nada, no puede permitir ninguna autonomía al aparato administrativo, porque eso implicaría inmediatamente aceptar la autoridad de las reglas. El problema es que se trata de un orden inestable por definición, que socava permanentemente las posibilidades de darse alguna continuidad. Y trabaja también permanentemente para destruir las condiciones que podrían hacer viable cualquier proyecto que pudiera ir más allá de las formas más apremiantes e inmediatas de la rapiña. El futuro es mañana, todo es política: en eso consiste la incertidumbre. Es difícil construir nada a partir de ahí.