Sectarismo
Un ejemplo de este deterioro de la calidad de nuestra democracia lo ofrecieron los diputados en el debate sobre el asesinato de Laura Luelmo, la joven maestra de El Campillo. En lugar de intentar analizar con un mínimo de seriedad este trágico suceso, los dirigentes de las principales fuerzas políticas rivalizaron en oportunismo y desatinos.
La intervención más desafortunada fue la de Ione Belarra, portavoz de Podemos, que vino a culpar al PP del asesinato de Luelmo, ya que, según sus palabras, es una formación machista que se complace en los crímenes contra las mujeres. Semejante indigencia intelectual no merece ni comentario, como tampoco las simplezas de Carmen Calvo, que no pierde la ocasión de insultar a la inteligencia.
Tampoco estuvo afortunado Pablo Casado en presentar la prisión permanente revisable como la solución a un problema que es mucho más complejo porque resulta obvio que hay países que tienen vigente la pena de muerte y existe en ellos un mayor índice de delitos sexuales violentos que en España. Es muy dudoso que este fenómeno pueda combatirse sólo con un endurecimiento de los castigos porque quienes asesinan a las mujeres son psicópatas que generalmente provienen de un entorno familiar problemático y desprecian las consecuencias de sus actos.
Para decir la verdad, hay que subrayar que PP, Ciudadanos, PSOE y Podemos han intentado resolver este problema, aunque difirieran en las soluciones, y no han hurtado esfuerzos ni iniciativas legislativas para paliar la lacra de la violencia machista.
Nadie posee una varita mágica para encontrar una receta que acabe con estas agresiones contra las mujeres y, desde luego, Podemos no la tiene, porque aparte de insultar a la derecha, no se le ha escuchado aún ninguna propuesta efectiva.
Pero si los partidos se han dejado llevar por los eslóganes y el sectarismo, tampoco han faltado pretendidos expertos que han llegado a afirmar que los criminales tienen un cerebro distinto que las personas normales. Eso es una fantasía sin respaldo científico porque resulta difícil creer que el asesino de Luelmo posee una genética o unas neuronas distintas a las de sus vecinos. Su problema es que nació en una familia desarraigada, careció de afecto y educación y desde la cuna estuvo rodeado de maldad.
Para poder erradicar de forma progresiva los abusos contra las mujeres, hay que empezar por reconocer que la solución no es fácil y que debemos actuar en diferentes frentes que van desde las reformas legales a la educación. Y, por supuesto, los políticos tienen que renunciar a instrumentalizar este drama con fines partidistas porque nadie tiene el monopolio de la verdad ni de la rectitud moral.