El buen fin(al) de El Buen Fin
Me queda claro que no hay nada más lejano que eso. Que el día en que “El Buen Fin” cuelgue los tenis será el acabose para muchas empresas que sacan la puerca del mal año con esta promoción anual. Aunque estoy seguro que de más antes que después a alguien se le ocurrirá la forma de recetarnos otra zarandaja como esa. Y sé que el apocalipsis del show está lejos de hacerse presente porque, seamos honestos, a la raza le fascina la gastada, incluso si no tiene o corre el riesgo de no tener; el estreno, a pesar de que sean cosas que no necesita, y el endeudamiento a manos llenas, no obstante que carezca de los medios para liquidar sus compromisos.
Por eso entiendo que, de los creadores de clásicos como “Debo no niego, pago no tengo” y “Ya se verá qué comemos en enero”, surja el sostén de un fin de semana como el que acabamos de experimentar, disfrutar y, sí, padecer. Porque ciertamente el instantáneo, pero al fin y al cabo placentero, ritual de gasta y gasta es un bálsamo que coadyuva a olvidar muchas penurias cotidianas, pero además es catastrófico por cuanta demanda provoca.
Todo resumido a una lógica irrebatible: Centros comerciales con aparadores repletos de “gangas” en apariencia imperdibles y una horda de incautos haciendo interminables filas, acabaron sucumbiendo al fin de “El Buen Fin”, es decir, engrosar los bolsillos de los comerciantes y de las empresas proveedoras. ¿Y el cliente? Bien, gracias. Se trata de un mal necesario. Pero de ahí en fuera, si no resultara así, podría prescindirse de los gastalones, de los rituales de compra-venta y de la incomodidad que sugiere marabunta en busca de todo y de nada a la vez.
El común denominador más allá de quienes iban en pos del aparato electrónico, pantalla plana, teléfono celular o cualquier otro gadget de moda fue andar por ahí con cara de “¿qué-compraré?, ¿en qué me gastaré lo que aún no gano o lo que me acaban de adelantar, precisamente para que le dé mate?” Luego de ocho años de dispendio irracional “El Buen Fin” me sigue pareciendo una treta del gobierno en contra de quienes sostienen al mercado, los consumidores, los mismos que acaban sucumbiendo a un juego perverso de consumo de productos y servicios que satisfacen necesidades creadas por el gobierno y las propias empresas, y dejan enormes deudas por cubrir.
Y todo en favor del puñado de privilegiados cuya pobreza es tan grande que solamente les lleva a tener dinero. Así es “El Buen Fin”, una copia barata, mal tropicalizada y trasnochada del Black Friday gringo. Con la diferencia de que los descuentazos aquí son de risa, con mala entraña, con triquiñuelas y retorcidos cuentos y, desde luego, que aquí no pagamos con dólares ni vivimos en el primer mundo. Casi nada
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